Cuando el marcador miente

15

Llegué a las canchas de la universidad convencida de que era temprano. No era algo que me ocurriera con frecuencia, normalmente calculaba los tiempos con suficiente precisión como para aparecer exactamente cuando debía hacerlo, ni un minuto antes ni uno después, pero en esta ocasión algo parecido a la ansiedad, picaba dentro de mí.

El sol de la tarde todavía caía con fuerza sobre las pistas, arrancando destellos de las líneas blancas pintadas sobre el cemento. A esa hora las canchas universitarias siempre estaban llenas, algunos equipos entrenaban al fondo, un grupo de estudiantes ocupaba una de las canchas de vóley y el sonido constante de las pelotas golpeando raquetas se mezclaba con conversaciones dispersas y silbatos de entrenadores.

A lo lejos divise a Archie, estaba sentado en una de las gradas más cercanas a las canchas de tenis, con una botella de agua a un lado y una raqueta apoyada contra la banca. Tenía la cabeza inclinada hacia el celular, aunque levantó la mirada apenas escuchó mis pasos.

—Llegaste.

La simpleza del comentario me hizo sonreír.

—Eso iba a decir yo.

Dejé la mochila sobre una de las bancas libres y observé el reloj de mi muñeca.

—Pensé que sería la primera.

—Pensaste mal.

Había algo casi ofensivamente seguro en la forma en que decía ciertas cosas.

Archie guardó el teléfono en el bolsillo de su sudadera y se puso de pie.

—Pensé que tenías otro plan.

—¿Practicar no cuenta como plan?

Me miró, dudando por un segundo.

—…Cuenta

Giró la raqueta entre los dedos mientras caminaba hacia la cancha.

—Aunque habría sido más fácil si me decías desde un inicio que querías practicar.

Seguí sus pasos hasta mi posición en la cancha.

—¿Quizás no hubieras aceptado si te lo decía de esa forma?

Esta vez giró la cabeza.

Sus ojos se encontraron con los míos durante apenas un segundo.

—Hazel… no soy un cruel villano, receloso de sus técnicas.

¿Receloso? No. Competitivo, eso sí. Muchísimo.

Y claro que no era un villano; aunque, si alguna vez decidía convertirse en uno, probablemente sería el tipo de antagonista que haría cuestionar el criterio de cualquiera, una sonrisa y todos olvidarían que debían desconfiar de él.

Negué para mis adentros y aparté la mirada antes de seguir por ese camino. Pensar demasiado en Archie nunca terminaba en algo conveniente.

—Bueno...—levanté la raqueta con una mueca de falsa seriedad—. Lo tendré presente para la siguiente oportunidad.

La comisura de su boca se curvó apenas un instante. No llegó a ser una sonrisa completa, pero fue suficiente para que algo se agitara incómodamente en mi pecho, y decidí, muy sabiamente, concentrarme otra vez en la cancha.

………………..O

Los primeros minutos transcurrieron entre intercambios tranquilos.

Pelotas largas.

Ritmo cómodo.

Movimientos destinados más a entrar en calor que a competir, pero el tenis tenía una forma curiosa de transformar las cosas, porque bastaban unos cuantos golpes bien colocados para que ambos empezáramos a exigirnos más sin necesidad de decirlo.

Un intercambio se convirtió en dos, esos dos en cinco y finalmente esos cinco en algo mucho más serio.

La pelota cruzó la red una y otra vez.

Cada vez más rápida, precisa.

Obligándome a moverme de lado a lado.

A reaccionar.

A decidir.

A confiar en mis instintos.

Y por primera vez en mucho tiempo descubrí algo que había echado de menos.

No estaba pensando.

No estaba corrigiéndome mentalmente.

No estaba analizando cada error antes de cometer el siguiente.

Simplemente estaba jugando.

Cuando el intercambio terminó, me encontré respirando más fuerte de lo que esperaba.

Apoyé las manos sobre las rodillas mientras recuperaba el aire.

Al otro lado de la red, Archie atrapó la pelota antes de que rodara fuera de la cancha.

—No esperaba esto.

Levanté la cabeza.

—¿Qué cosa?

La giró entre los dedos antes de responder.

—Que me hicieras correr tanto.

Una sonrisa apareció sola.

—¿Te estás quejando?

—No.

Su mirada permaneció fija en la mía.

—Todavía no.

Negué con la cabeza, pero la verdad era que escuchar eso resultaba extrañamente satisfactorio, porque Archie no era alguien que alabara a la ligera y tampoco era alguien que necesitara fingir esfuerzo cuando no lo había. Si estaba admitiendo que lo estaba obligando a trabajar, era porque realmente estaba ocurriendo.




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