El aire abandonó mis pulmones.
Sentí el golpe antes de entender qué acababa de pasar.
Mi cuerpo perdió el equilibrio y, durante un instante, solo fui consciente del roce áspero de la cancha contra mi mano y de un brazo sujetándome con firmeza para impedir que terminara de lleno contra el suelo.
Abrí los ojos.
No había recibido el pelotazo, había chocado contra Archie.
Su mano seguía aferrada a mi brazo mientras permanecía inclinado frente a mí, apoyando la otra sobre el cemento para sostener parte de nuestro peso.
Entonces una pelota volvió a pasar silbando sobre nuestras cabezas, otra rebotó contra la malla metálica y una tercera salió despedida hacia la cancha contigua.
—¡Apaguen esa máquina!
Las voces comenzaron a mezclarse a nuestro alrededor.
Vi a varios jugadores apartarse por instinto mientras los entrenadores corrían hacia la lanzapelotas, Arthur, entre ellos, reaccionó apenas un segundo después, alcanzándolos para ayudarlo a desconectarla.
El ruido cesó.
—Hazel.
Parpadeé.
Archie seguía observándome.
Su expresión era distinta; no era esa calma casi desesperante con la que solía mirarlo todo; había algo más, algo que apenas duró un instante, pero que alcancé a reconocer antes de que volviera a esconderlo.
Preocupación.
Sus ojos recorrieron mi rostro con rapidez, después descendieron hasta mis hombros, mis brazos y mis manos, como si estuviera comprobando que seguía completa.
—¿Te golpeó?
Tardé un segundo en reaccionar.
—No... creo que no.
Su ceño no se relajó.
—¿Estás segura?
Asentí despacio.
Todavía sentía el corazón latiéndome con fuerza.
Solo entonces aflojó la presión sobre mi brazo.
—Bien.
No hubo tiempo para decir nada más.
—¡Hazel!
Arthur llegó hasta nosotros casi sin aliento y se agachó inmediatamente a mi lado.
—Mírame.
Él sostuvo mi mirada durante unos segundos.
—¿Ves doble?
—No —negué con la cabeza.
—¿Te mareaste cuando caíste?
—Tampoco.
—¿Te duele el cuello? ¿La cabeza?
Moví ambos lados con cuidado antes de responder.
—No... Estoy bien.
Arthur dejó escapar el aire lentamente.
Fue un gesto casi imperceptible, como si hubiera estado conteniendo la respiración desde que la máquina comenzó a disparar.
—Menos mal...
Se incorporó despacio y dirigió la vista hacia la lanzapelotas, donde el otro entrenador seguía revisando el panel de control.
—Sáquenla de la pista. No quiero volver a verla encendida hasta que la revise mantenimiento —exclamó, con voz firme.
Esperó a que comenzaran a mover la máquina antes de volver a mirarme.
—Lo siento mucho, Hazel.
Negué enseguida.
—No fue nada...
—No.
Sacudió ligeramente la cabeza.
—Esto ocurrió durante mi entrenamiento. La responsabilidad es mía.
Antes de que pudiera responder, una voz habló detrás de mí.
—No es suficiente con admitirlo —no necesitaba girarme para saber quién era—. Tu responsabilidad abarca revisar que cada máquina esté en perfectas condiciones
Arthur levantó la vista.
Archie ya estaba de pie.
Tenía las manos a los costados, los hombros tensos y esa inexpresión que, por alguna razón, siempre resultaba más intimidante que cualquier otra cosa.
Arthur lo observó durante un par de segundos antes de responder.
—Y créeme que es lo primero que voy a revisar.
Archie negó apenas una vez.
—Casi le rompes la cabeza —soltó Archie, sin apartar la vista de Arthur.
El ambiente empezó a tensarse cada vez más.
Arthur respiró despacio, no parecía dispuesto a discutir.
—Fue un error.
—Que estaba bajo tu supervisión.
Arthur apretó apenas la mandíbula.
—Pero no pasó a mayores.
—Por muy poco.
Las palabras quedaron suspendidas entre los dos.
Ninguno había elevado la voz del todo y, sin embargo, tenía la absurda sensación de que, si alguno de los dos decía una palabra más, terminarían olvidándose por completo de que yo seguía allí.