Cuando el marcador miente

17

Sachi regresó a la habitación con un enorme pote de helado apoyado contra la cadera y una cuchara atrapada entre los dedos. Cerró la puerta con el pie antes de dejarlo sobre la cama.

Yo seguía exactamente igual que cuando había llegado.

Acostada boca arriba, con la cabeza colgando por el borde del colchón y las piernas apoyadas contra la pared, cruzadas a la altura de los tobillos.

Sachi me observó durante unos segundos, como si estuviera ordenando toda la información que acababa de escuchar.

Luego abrió el helado, metió la cuchara y finalmente habló.

—A ver si entendí bien...

Hizo una pausa y entrecerró los ojos, como si estuviera reconstruyendo una escena del crimen.

—Casi te revientan un ojo con una pelota de tenis...

Levantó un dedo.

—Archie Corney se lanzó para apartarte.

Otro.

—Después resulta que terminaron ambos en el piso.

Un tercero.

—Y, por si fuera poco, casi se pelea con Arthur porque no estaba de acuerdo con la forma en que estaba manejando todo después de su irresponsabilidad.

—No se peleó con él. Solo… tuvieron un intercambio de palabras un poco intenso.

—Hazel, si dos hombres están discutiendo después de que uno de ellos acaba de salvarte de que le revienten la cara a una pelota, eso cuenta como pelea.

Levantó otro dedo.

—Y cuando por fin terminaste de hablar con Arthur, ¿qué hizo?

No respondí.

Sachi sonrió lentamente.

—Esperó.

Señaló el último dedo.

—Se quedó ahí esperando a que terminaras de hablar con el entrenador que evidentemente no le cae bien.

Hizo una pausa, disfrutando demasiado de su propia narración.

—Y después de todo ese drama, en lugar de despedirse e ir por su lado como cualquier persona normal...

Me miró directamente.

—Te cargó la mochila.

No pude evitar bajar la mirada, porque dicho de esa manera... sonaba mucho peor.

—Y no solo eso —continuó Sachi, cada vez más indignada—. Te acompañó hasta mi departamento.

Se quedó mirándome unos segundos, con la cuchara suspendida en el aire.

—¿Archie Corney? —preguntó más para sí misma que para mí, todavía procesando todo su propio análisis.

Asentí lentamente.

—¿El mismo Archie Corney que no puede estar cinco minutos en una cancha contigo sin buscar una manera de llevarte la contraria?

Le quité el pote de helado de las manos antes de que pudiera seguir.

Porque, a ver, tampoco era tan así ¿verdad?

Sachi me observó un segundo antes de continuar, cada vez más convencida de que acababa de descubrir algo importante.

—¿El que parece tener una guerra personal contigo?

Hizo una pausa, achinando cada vez más los ojos.

—O, mejor dicho, ¿por ti?

—¡Basta, Sachi!

Su imaginación estaba escalando a una velocidad preocupante.

Ella soltó una carcajada.

—Hazel, por favor. Al principio, cuando apenas te conocía, prácticamente tuvieron que arrastrarlo para que pisara una cancha contigo y, después de todo, ¿me dices que terminó salvándote de un pelotazo?

La miré por encima del pote de helado.

Le había contado la historia con algunos vacíos, y ahora podía ver perfectamente cómo su imaginación se había encargado de rellenarlos.

—Esta vez nadie tuvo que arrastrarlo —confesé antes de sacar una gran cucharada de helado—, yo lo invité a jugar.

Sachi se quedó quieta.

—¿Tú lo invitaste?

—Sí.

—¿Y aceptó?

—Sí.

La expresión de su rostro cambió lentamente.

—Peor.

—¡¿Peor qué?!

Me quitó la cuchara de la mano.

—ACEPTÓ, por su propia voluntad, sin que nadie lo obligara, sin que nadie lo amenazara y, por lo que me cuentas, sin siquiera quejarse demasiado.

—Sí se quejó —contradije.

—Pero fue.

No encontré una respuesta para eso.

Sachi sonrió, satisfecha consigo misma, engullendo una bocanada de helado.

—… Bueno y después esta la otra parte.

Hice una mueca.

—Basta.

—No, no basta.

Se acomodó sobre la cama, cruzando las piernas frente a mí.

Cerré los ojos.




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