El silencio en la habitación no era una ausencia de ruido; era una presencia física, una capa de polvo que se asentaba sobre los muebles y sobre mí. Miré el café sobre el escritorio. Una fina película se había formado en la superficie, una pequeña membrana que separaba el líquido frío del resto del mundo. Igual que yo.
Eran las tres de la tarde. La luz de la tarde entraba sesgada por la ventana, iluminando las partículas de polvo que danzaban en el aire, ajenas a mi inmovilidad. En la pantalla de mi ordenador, los píxeles de mis diseños esperaban una instrucción que nunca llegaba. Había dedicado horas, noches enteras, a construir esos gráficos, a pulir cada curva, a ajustar el kerning de una tipografía solo para que alguien, en algún momento, me diera una validación que nunca llegó. O peor aún: que me usaran para el trabajo sucio y luego se olvidaran de invitarme al cierre.
Me quedé observando la pantalla hasta que los bordes empezaron a difuminarse. A veces, ser un observador es una maldición. Veía cómo el resto del mundo encajaba con una facilidad insultante. Veía las sonrisas que se compartían en grupos de los que yo estaba excluido, escuchaba las bromas que se cortaban al instante si me acercaba demasiado. Era como vivir detrás de un cristal grueso, viendo una fiesta a la que no había sido invitado, pero en la que me obligaban a recoger los platos rotos.
Sentí un pequeño zumbido en el bolsillo. El celular.
*"¿Julián? Sí, que se encargue él, igual no tiene nada mejor que hacer".*
El mensaje no me dolió. Esa es la parte más aterradora de la depresión: no es una explosión, es un apagón lento. Una desaturación. Los colores del mundo simplemente se deslavan hasta que todo se vuelve una escala de grises, y uno se termina convenciendo de que ese es el color natural de la existencia. Me sentí pequeño, un accesorio decorativo, un mueble más en la oficina de la vida de los demás.
Me levanté despacio. El suelo crujió bajo mis pies, el único sonido en todo el apartamento. Fui al baño y me apoyé en el lavabo, con los nudillos blancos de tanto apretar la cerámica fría. Me miré en el espejo. No vi a un diseñador, ni a un joven con proyectos. Vi a alguien que llevaba demasiado tiempo pidiendo permiso para ocupar un espacio, para respirar el mismo aire, para ser simplemente humano.
-Se acabó -susurré.
Mi voz sonó hueca, desincronizada, como si la hubiera escuchado a través de una pared muy gruesa. No hubo rabia. La rabia requiere energía, y yo ya no tenía ninguna guardada. Solo había una lógica fría, técnica, impuesta por años de ser ignorado.
Volví a la habitación. El cursor en el monitor seguía parpadeando, esperando. *Pum, pum, pum.* Como un corazón que late fuera de tiempo. Moví el mouse con una lentitud deliberada. Abrí la carpeta de proyectos. *Seleccionar todo.* Mis dedos temblaban apenas, un movimiento casi imperceptible. Pulsé *Eliminar*.
La barra de progreso se llenó lentamente, un proceso agónico, como si estuviera borrando los últimos años de mi vida uno por uno. Cerré redes sociales. Desinstalé cada aplicación que me conectaba con esa ciudad, con esas risas, con esos rechazos silenciosos.
Finalmente, tomé el celular. La tarjeta SIM era pequeña, un trozo de plástico que contenía los hilos invisibles que me ataban a un sistema que me estaba asfixiando. La puse sobre el borde de la mesa y, con la presión exacta, la partí por la mitad. Un *clic* seco. El silencio se hizo total.
Me senté en el suelo. La habitación, de repente, se sintió inmensa. La neblina seguía ahí, esa pesadez que no me dejaba moverme, pero por primera vez, no intenté luchar contra ella. Me dejé envolver. Empaqué lo mínimo necesario en la maleta que estaba en el rincón. No sabía a dónde iba, ni quién sería en el lugar al que llegara.
Apagué la luz. La oscuridad no me dio miedo. Al contrario, sentí por primera vez que el espacio estaba finalmente libre de todo lo que me había hecho pequeño. Cerré los ojos y, en medio de aquel silencio, sentí un vacío que, por primera vez, no me dolió. Era solo el espacio necesario para empezar de nuevo.