Llevaba dos semanas en la ciudad. Mi rutina era quirúrgica: café a las 8, diseño en la computadora hasta el mediodía, caminatas largas por barrios industriales donde nadie me molestaba, y lectura en el parque al atardecer. Era una existencia ordenada, casi clínica. Me sentía seguro en mi invisibilidad.
Eso cambió un martes, en la pequeña papelería técnica donde compraba mis materiales.
Estaba concentrado en elegir el gramaje de un papel especial para unos bocetos cuando escuché un estruendo. Un carrito de suministros artísticos había colisionado contra una estantería de marcadores, enviando una lluvia de colores por todo el suelo.
-¡Genial, **Katherine**! Otra vez logrando el equilibrio perfecto -dijo una voz femenina, cargada de un sarcasmo divertido.
Me giré. Una chica de cabello revuelto, con manchas de pintura en los dedos y una chaqueta llena de parches, estaba de rodillas, tratando de recoger una docena de marcadores que rodaban por todas partes. No se veía mortificada; se veía como si ese tipo de caos fuera su estado natural.
Sin pensarlo mucho, me agaché para ayudarla.
-Aquí tienes -le dije, extendiéndole un marcador azul que se había deslizado hasta mis pies.
Ella levantó la vista. Tenía una energía expansiva, un contraste absoluto con mi calma contenida. Sus ojos brillaron al verme.
-¡Eres un salvador! -exclamó, arrebatándome el marcador-. Deberían prohibir que estos estantes sean tan inestables, o prohibirme a mí acercarme a ellos. Soy **Katherine**, por cierto. Y tú eres nuevo, ¿verdad? Te tengo visto, siempre estás por aquí con esa cara de estar analizando la estructura del edificio.
Me quedé un poco descolocado. Nadie me había hablado con tanta franqueza en años.
-Soy Julián -logré decir, intentando recuperar mi compostura.
-Julián... -dijo, poniéndose de pie de un salto y sacudiéndose las rodillas-. Pues, Julián el Analista, me has salvado de la humillación total de pedirle ayuda al dueño, que tiene menos sentido del humor que una piedra. ¿Qué diseñas? ¿Arquitectura? ¿Gráficos? ¿O simplemente te gusta el olor del papel?
Su rapidez me abrumó, pero, sorprendentemente, no me hizo querer huir. Su intensidad era magnética, casi agotadora, pero se sentía genuina.
-Diseño gráfico -respondí, dándole una respuesta corta-. Estoy... trabajando en proyectos personales.
-¡Proyectos personales! -Katherine soltó una carcajada-. Eso suena a "estoy diseñando algo increíble pero me da miedo enseñarlo". Te entiendo. Yo pinto murales. Bueno, pinto desastres en paredes que la gente llama arte cuando les pago el café suficiente.
Ella no esperó a que yo le respondiere. Empezó a caminar hacia la salida y, sin darse cuenta, me hizo un gesto con la mano para que la siguiera.
-Vamos, Julián el Analista. Ya que me has ayudado a no morir aplastada por los marcadores, te debo un café. O un té, o lo que sea que beba la gente seria. Mi taller está a dos calles.
Me quedé un segundo parado en medio del pasillo. Mi parte lógica gritaba: *No lo hagas, es una variable incontrolada*. Pero mi parte humana, la que estaba empezando a despertar tras años de letargo, sintió una chispa de curiosidad que no había sentido nunca.
Caminé tras ella. Katherine hablaba sin parar sobre el clima, sobre los perros del barrio y sobre por qué el color amarillo era el más incomprendido de la paleta. Yo solo escuchaba, y por primera vez en mi vida, no estaba observando desde fuera. Estaba caminando a su lado.
El silencio, al menos por hoy, había terminado.