Cuando el silencio termina

CAPITULO 4: EL CAOS ORGANIZADO

El taller de Katherine no era un lugar, era una invasión sensorial. Al abrir la puerta, el olor a trementina, café recalentado y madera vieja me golpeó de golpe. Las paredes estaban cubiertas de lienzos, bocetos a medio terminar y recortes de revistas que parecían haber sido pegados en un ataque de inspiración frenética.

-Bienvenido a mi desorden -dijo Katherine, lanzando su chaqueta sobre un taburete que milagrosamente no se cayó-. Aquí las reglas son simples: no toques lo que tiene pintura fresca y, si ves algo que te gusta, siéntete libre de criticarlo. Odio la gente que dice "qué bonito" solo por compromiso.

Me quedé cerca de la entrada, sintiéndome desubicado. En mi antigua vida, el orden era mi escudo; si todo estaba en su lugar, nadie podía señalarme un error. Aquí, el error parecía ser la materia prima de todo.

Katherine se movió hacia una pequeña mesa donde una cafetera italiana empezaba a silbar.

-Entonces, Julián el Analista... -dijo, sin dejar de moverse-. ¿Por qué alguien que parece tener su vida tan milimétricamente organizada decide esconderse en un barrio como este?
Su pregunta me tomó por sorpresa, pero lo que más me impactó no fue la intrusión, sino el hecho de que ella ya había notado mi máscara.

-No me escondo -mentí, aunque la mentira sonó débil incluso para mis oídos-. Solo buscaba un cambio de escenario.

Ella dejó dos tazas sobre una mesa llena de manchas de acrílico y me miró fijamente. No era una mirada juzgadora, era una mirada curiosa, como si estuviera intentando descifrar un código que yo había dejado a medias.

-Todos los que vienen aquí buscan algo -dijo, encogiéndose de hombros-. Algunos buscan fama, otros buscan huir, otros simplemente buscan alguien con quien hablar para no volverse locos. Tú tienes cara de haber dejado algo muy pesado atrás.

Me acerqué a una de las paredes donde había un mural inconcluso. Eran líneas angulares y colores saturados que se entrelazaban con una precisión matemática. Sin pensarlo, mis ojos empezaron a rastrear la estructura.

-La composición está descompensada en el cuadrante inferior derecho -dije, antes de que pudiera frenarme.

Katherine se acercó a mi lado, mirando el mural. Hubo un silencio largo. Pensé que se había ofendido, que era el momento en que me pediría que me fuera.

-Tienes razón -susurró ella, y una sonrisa genuina se dibujó en su rostro-. Llevo tres días intentando entender por qué se sentía "mal". ¿Cómo lo viste tan rápido?
-Es... es como diseño broadcast -expliqué, ganando confianza-. Si el flujo visual no dirige la mirada hacia el punto de interés, el espectador se pierde. Es puro equilibrio de pesos.

Katherine me miró con una intensidad que me hizo querer apartar la vista.
-Julián, no sé qué demonios hicieras antes, pero tienes un ojo increíble. ¿Por qué estás sentado en una computadora trabajando en "proyectos personales" cuando podrías estar creando algo que realmente importe?

Esa noche, mientras caminaba de regreso a mi habitación, el silencio de la calle ya no se sentía como un vacío. Por primera vez en mucho tiempo, tenía algo en lo que pensar que no fuera mi propio dolor. Tenía una conversación, un desafío y, sobre todo, la sensación de que, quizás, alguien empezaba a ver no solo a Julián el invisible, sino a Julián el que sabía cómo equilibrar el caos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.