La tarjeta de Pablo se convirtió en un objeto radioactivo sobre mi escritorio. Durante los siguientes tres días, no salí de mi habitación. Me encerré en un ciclo de autoflagelación que conocía demasiado bien: apagué las luces, cubrí la ventana con una manta y me senté frente a la pantalla de mi computadora, buscando cualquier excusa para convencerme de que mi reacción en el centro cultural había sido la correcta.
*Si no lo intentas, no puedes fallar,* me decía esa voz familiar que habitaba en los rincones más oscuros de mi cabeza.
Mi habitación, que antes me parecía un refugio de paz, ahora se sentía como una celda de aislamiento. Cada notificación que entraba en mi teléfono me provocaba un sobresalto. ¿Y si era Pablo? ¿Y si era Katherine? No quería enfrentar la decepción en sus ojos. Me sentía como un impostor que finalmente había sido descubierto, incluso aunque nadie más supiera la verdad.
El hambre dejó de ser una prioridad. Solo bebía café, dejando que la cafeína avivara mi ansiedad en lugar de mi creatividad. Empecé a revisar mis viejos archivos, los que guardé en un disco duro externo antes de irme. Vídeos, logos, propuestas de broadcast que en su día fueron rechazadas con crueldad. Los miraba una y otra vez, buscando los errores que "ellos" habían señalado, tratando de encontrar la justificación perfecta para mi propia mediocridad.
"Rígido", decían. "Sin vida", insistían.
Al cuarto día, el silencio de mi habitación se volvió insoportable. No era el silencio creativo de los primeros días, era un silencio opresivo, cargado de estática emocional. Entonces, un golpe seco resonó en la puerta.
-Julián, sé que estás ahí -la voz de Katherine era firme, atravesando la madera como una cuchilla-. Puedes ignorarme todo lo que quieras, pero tengo dos opciones ahora mismo: o tiro esta puerta abajo, o espero a que el dueño del edificio venga con la llave maestra. No me hagas elegir la segunda, porque mi paciencia se terminó hace exactamente setenta y dos horas.
Me quedé helado. No respondí. Me hice el muerto, esperando que se fuera. Pero Katherine no se movió.
-¿Crees que escondiéndote vas a borrar lo que pasó? -continuó, su voz ahora más cerca de la puerta-. ¡Julián, te dio una oportunidad! Y sé que te aterra, sé que el miedo te está quemando las entrañas, pero te juro que si te dejas vencer ahora, habrás ganado la batalla de la seguridad, pero habrás perdido la guerra de tu propia vida.
Escuché cómo se sentaba en el pasillo, justo detrás de la puerta.
-¿Sabes qué es lo peor de todo? -dijo ella, bajando el tono-. Que tienes un talento que duele verlo. Cuando vi lo que hiciste en ese mural, vi a alguien que estaba listo para tomar el control. No dejes que la voz de gente que ya ni siquiera conoces decida qué es lo que puedes crear. Ábreme la puerta. No te voy a juzgar, solo quiero que hablemos como personas normales
.
Esa vulnerabilidad en su voz me desarmó. Durante años, me escondí tras una máscara de indiferencia porque nadie se había tomado la molestia de intentar derribarla. Y ahí estaba ella, agotando su propia energía para sacarme del abismo.
Lentamente, me levanté del suelo. Mis piernas estaban entumecidas. Crucé la habitación, sintiendo que cada paso era una traición a mis miedos. Mis manos temblaban al girar la cerradura. Al abrirla, encontré a Katherine sentada contra la pared opuesta, con una bolsa de papel en las manos y una expresión que mezclaba cansancio y una profunda, inquebrantable determinación.
-He traído comida -dijo ella, levantándose y sin esperar invitación para entrar-. Y he traído una noticia que, si decides ser un cobarde, te va a arrepentir de por vida.
Se adentró en mi pequeño cuarto, ignorando el desorden de cables y cuadernos, y dejó la bolsa sobre la mesa. Me miró a los ojos, y por primera vez, no vi lástima. Vi un desafío.
-Pablo me ha llamado. Quiere que presentemos una propuesta formal para el proyecto del centro cultural. Tiene una reunión mañana por la tarde. Y si no estás ahí, Julián, no solo te estarás fallando a ti mismo. Me estarás fallando a mí, porque yo también puse mi nombre en ese mural.
El aire en la habitación parecía haberse agotado. La realidad me golpeaba de frente: no era solo mi futuro, era también el de alguien que había creído en mí cuando yo mismo no podía hacerlo.