Cuando florezca tu nombre

Capítulo III: El eco de las amigas

El día empezó como cualquier otro: el sol filtrándose entre las hojas del jardín, el aroma del pan recién horneado colándose por los ventanales y el murmullo del pueblo despertando lentamente. Pero hoy no estaba sola. Eso ya era un cambio.

Kendra y Lina llegaban cada lunes por la mañana, siempre puntuales, siempre con risas que se filtraban en mi restaurante como pequeñas ráfagas de viento que me movían de lugar. Mientras barría la terraza, escuché primero sus voces, y por un instante me pregunté si quería abrir la puerta o quedarme detrás del vidrio, como siempre. Al final, el impulso de la cortesía fue más fuerte: abrí.

—¡Diana! —dijo Kendra con su habitual energía contagiosa, desplegando la sonrisa que parecía desafiar cualquier tristeza —. ¡Mira esto!

Traía entre sus manos un pequeño ramo de flores silvestres, recogidas de algún lugar del pueblo que yo jamás visitaba. Lina se quedó atrás un momento, observando con la serenidad de quien ve más allá de lo que dice, y finalmente entró con un libro bajo el brazo, sus ojos fijos en mí, como si estuviera intentando descifrar mi expresión.

—Buenos días —dije, apenas levantando una esquina de los labios —. Pasen.

Se acomodaron en la terraza, entre las mesas, y yo regresé al mostrador, ajustando los platitos y revisando que los pasteles no tuvieran imperfecciones. La presencia de ellas me hacía sentir algo extraño: una mezcla de incomodidad y alivio. No me gustaba que me vieran vulnerable, pero tampoco podía ignorar la calidez que traían consigo.

Kendra se inclinó hacia adelante, señalando los pasteles:

—¿Vas a hacer algo especial para el festival? —preguntó, sus ojos brillando con curiosidad.

Suspiré. Preparar los postres del festival significaba exponerse al mundo, y mi mundo se siente demasiado grande y ruidoso cuando me atrevo a mostrarlo.

—Sí… algo pequeño —respondí, sin mirar directamente a sus caras —. No quiero que sea demasiado llamativo.

Lina cerro el libro con cuidado y me miró a los ojos, serena y directa:

—A veces lo que más miedo nos da es justamente lo que necesitamos.

Sus palabras se quedaron flotando en el aire, como un eco que no esperaba, y por un momento no supe qué decir. Me limité a continuar acomodando los pasteles, mientras sentía que algo dentro de mí se removía.

Kendra, siempre perspicaz, percibió la tensión y decidió cambiar de tema:

—¿Y cómo va la poesía? ¿Todavía escribes tus cosas en secreto? —dijo, sonriendo con complicidad.

Solo asentí, sin palabras. La poesía era mi refugio, y hasta ahora, el único lugar donde podía dejar que mis emociones existieran sin que nadie más me juzgara. Pluma seguía siendo un secreto bien guardado. Ni ellas, ni nadie, sabían que los versos que ellas tanto mencionaban en conversaciones que leían en línea, eran míos.

Mientras ellas charlaban, mis manos seguían trabajando. Mezclaba chocolate con mantequilla, aromatizaba la masa con vainilla, y poco a poco sentía que la cocina me devolvía algo de la calma que la conversación me quitaba. Sin embargo, no podía evitar escuchar su risa, el roce de sus voces, y sentir que tal vez podía ser parte de algo que no estuviera hecho de rutina y silencio.

—Deberías venir a la feria el día del festival —dijo Kendra, mirándome con intensidad —. Hay música, y… bueno, también hay gente nueva. Quizá algo te sorprenda.

Mi instinto fue replegarme, negar con la cabeza, pero algo en su mirada me hizo dudar. Tal vez no todo lo desconocido es peligroso, pensé. Tal vez hay lugares donde los muros que construimos pueden volverse puentes.

Lina sonrió, calmada:

—No tienes que decidir ahora. Solo piensa en ello. A veces basta con observar primero.

El día trascurrió entre clientes, aromas y movimientos de rutina. Cada pastel que salía del horno era un pequeño triunfo, cada sonrisa de un cliente, un breve alivio. Y, aun así, cuando miraba por los ventanales hacia el jardín, me sentía extraña: parte de mí quería salir a la plaza, caminar entre la gente, dejar que los aromas y las voces me alcanzaran, y la otra parte solo deseaba permanecer en mi refugio, detrás del mostrador, invisible.

Mientras guardaba los últimos utensilios y limpiaba el mostrador al final de la tarde, pensé en Kendra y Lina. Su llegada hacia sido como un eco: algo resonó dentro de mí que normalmente estaba dormido. No era una emoción completa, ni un vínculo profundo todavía, pero algo me decía que podía dejar que otras presencias compartieran mi espacio, aunque fuera un poco, aunque solo fuera por unas horas.

El solo se ocultaba detrás de los árboles del jardín, tiñendo de naranja y purpura las flores y los senderos de piedra. El murmullo de la gente en los puestos cercanos empezaba a apagarse, pero yo permanecí un rato más en la terraza, observando cómo la luz caía sobre todo y sentí que, quizá, mi rutina no estaba tan fija como creía. Algo podía cambiar, aunque todavía no sabía qué, ni cómo.

Mientras cerraba la puerta del restaurante, guardé mis pensamientos como siempre: en silencio, en secreto, pero con un pequeño hilo de esperanza. Esa esperanza, tenue pero real, era el eco de algo que comenzaba a moverse en mi vida, un susurro que prometía que quizá, solo quizá, el mundo exterior no era solo ruido, sino también un lugar donde podía aprender a escuchar, a sentir, y tal vez, mostrarme tal como soy.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.