Cuando florezca tu nombre

Capítulo V: El sabor de una voz

El festival comenzó con una mezcla de aromas y risas que parecían envolver todo el pueblo. Desde temprano, el jardín estaba lleno: niños corriendo con globos, mujeres con vestidos coloridos, hombres cargando cajas, y los jóvenes, con sus teléfonos listos para grabarlo todo. Yo observaba desde la terraza del restaurante, con el delantal puesto y una taza de café entre las manos.

El aire olía a pan tostado, a frutas frescas, a café recién molido… y también a algo más, algo que no sabía nombrar.

Mi puesto estaba listo: los postres acomodados con precisión, el letrero hecho a mano, y los manteles blancos que tanto me gustaban. Todo tenía que estar en orden, impecable, como si cada pastel fuera una pieza de mi alma que no debía caerse ni un milímetro.

No me gustaba la multitud, pero el festival era una tradición. Y aunque mi restaurante tenía una buena reputación, participar en la feria significaba mostrarme, dejar que la gente viera un poco más allá de los sabores. Y eso… eso siempre me asustaba.

Kendra y Lina habían ido a recorrer los puestos, prometiendo volver pronto. Yo preferí quedarme. Me sentía más cómoda detrás de la mesa, como si el mantel blanco fuera una frontera que me protegía del mundo. Aun así, me gustaba observarlo: el movimiento de los colores, la música que venía del escenario central, el murmullo constante de las conversaciones. Era como ver un río pasar, sin necesidad de entrar en él.

Elisa ya había cantado, lo sabía porque algunos visitantes hablaban de “la chica de la voz dulce que hizo llorar a más de uno”. No la había visto ni escuchado directamente esa vez. mi puesto estaba demasiado lejos del escenario, pero esa mención bastó para que una parte de mí sintiera una curiosidad tonta, como si quisiera ponerle rostro a esa voz que había atravesado el jardín días atrás.

El sol comenzaba a bajar cuando el bullicio se volvió más cálido, más íntimo. Las luces amarillas de los puestos encendieron un resplandor suave sobre las flores y los caminos de piedra. Las risas se mezclaban con el sonido del viento y el crujir de los papeles de feria.

Decidí tomar un descanso. Dejé a una de las ayudantes encargada del puesto y caminé hacia el jardín. Necesitaba aire.

Los árboles proyectaban sombras largas sobre los adoquines, y las hojas caían lentamente, revoloteando como si danzaran al ritmo de una música que solo ellas escuchaban. Había un banco vacío frente a una fuente pequeña. Me senté allí, con un suspiro que me supo a descanso y melancolía.

Cerré los ojos. No pensaba en nada, o tal vez en todo. En cómo la vida se había vuelto una repetición ordenada, en cómo los días se parecían entre sí, y en cómo algo dentro de mí pedía, en silencio, que algo —o alguien — interrumpiera esa calma perfecta.

—Disculpa, ¿puedo sentarme aquí? —dijo una voz, suave pero clara.

Abrí los ojos. Era ella. Lo supe sin haberla visto antes.

La joven traía el cabello castaño claro, suelto, con mechones que el viento movía con suavidad. Tenía en las manos una botella de agua y una carpeta de partituras dobladas. Su rostro estaba enrojecido, como si acabara de cantar o de correr.

—Claro —respondí, intentando sonar natural.

Ella sonrió, y algo en su sonrisa me desarmó un poco. No era una sonrisa de cortesía; era abierta, luminosa, como si llevara el sol en los labios.

Nos quedamos en silencio un momento. Ella bebió un trago de agua, respiró profundo, y miró hacia la fuente.

—Canté hace un rato —dijo, sin que yo preguntara —. Era la primera vez que me presentaba en público. Creí que me iba a desmayar.

Su voz tenía esa mezcla de nerviosismo y ternura que sol aparece cuando alguien está contando una verdad.

—Dicen que lo hiciste muy bien —respondí sin mirarla directamente.

—¿Ah, sí? —se rio, bajando la vista —. Ojalá no lo digan solo por lastima.

Sonreí sin querer. Había algo en ella, una energía que contrastaba con mi calma tensa, con mi silencio acostumbrado.

—¿Y tú? —preguntó de repente, girándose hacia mí —. ¿También participas en el festival?

—Sí. Tengo un restaurante. Estoy en la feria gastronómica.

—¿El restaurante del jardín? ¿El de los postres con flores?

Asentí.

Sus ojos se iluminaron.

—¡Entonces eres tú! Probé uno de tus pasteles hace un rato. Dios… pensé que era lo más bonito que había comido. Bueno, bonito y delicioso —corrigió, riendo.

No supe qué responder. Las palabras se me quedaron atoradas entre la garganta y el pecho. No estaba acostumbrada a los halagos, mucho menos a ese tono sincero, como si hablara directamente a lo que soy, no solo a lo que hago.

—Gracias —logré decir al fin.

—¿Tú los haces todos? —preguntó, curiosa.

—Sí. Cada uno.

—Eso se nota. Tienen algo… no sé cómo explicarlo. Como si contaran una historia.

—Tal vez —murmuré, mirando mis manos —. Cada uno tiene su parte de silencio.

Ella rió, una risa ligera que hizo eco en la fuente.

—Eso suena muy poético.




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