Cuando florezca tu nombre

Capítulo VI: Entre el brillo y el silencio

La tarde siguiente, el jardín del pueblo aún conservaba el eco del festival. Aunque las carpas se habían desmontado y las luces ya no colgaban de los árboles, el aire seguía oliendo a azúcar, a flores pisadas y a algo más difícil de describir: esa nostalgia tibia que deja la alegría después de marcharse.

Desde la terraza del restaurante, observaba cómo el viento arrastraba los papeles de colores y los restos de cintas que habían decorado los puestos. El silencio había vuelto, pero no del todo. Había una calma distinta, como si el pueblo respirara más despacio, intentando guardar un recuerdo.

Yo también respiraba más despacio. Quizás porque todavía sentía, en lo más profundo, la voz de aquella chica en mi pecho.

Elisa.

Había repetido su nombre varias veces en mi mente durante la noche anterior, sin admitirlo.

Era un nombre que se quedaba, como una melodía que no puedes olvidar, aunque solo la hayas escuchado una vez.

Ese día el restaurante estaba tranquilo. Algunos vecinos venían por café o pan dulce, los mismos de siempre. Las sombras del atardecer se extendían por el suelo y teñían las mesas de tonos dorados. Era una de esas horas en las que el tiempo parece detenerse, donde las palabras se vuelven innecesarias.

Al principio no levanté la vista.

Estaba ordenando las cuentas del día, fingiendo que no esperaba nada, aunque algo en mí sí lo hacía.

Pero cuando escuché esa voz, supe que el aire había cambiado.

—Hola… ¿te acuerdas de mí?

La reconocí antes de verla.

Giré lentamente, intentando que no se notara la sorpresa.

Era ella, de pie frente al mostrador, con el cabello suelto y un vestido azul claro que parecía atrapar la luz de la tarde. Llevaba una sonrisa nerviosa, y sus ojos, grandes y expresivos, recorrían el lugar con curiosidad.

—Sí —respondí, un poco más seca de lo que pretendía —. La del festival.

Ella rió suavemente.

—Sí, la del festival. Suena como si hubiera pasado un siglo —dijo, apoyando las manos sobre el mostrador —. Vine a agradecerte por los postres de ayer. No alcancé a verte después.

—No hacía falta —contesté, bajando la mirada hacía las tazas que estaba ordenando. No era que no quisiera verla… simplemente no sabía qué decirle.

Elisa guardó silencio unos segundos.

Luego, con esa naturalidad que parecía suya por completo, añadió:

—Quería probar algo más, si no te molesta. ¿Tienes pastel de lavanda? Ese fue el que más me gustó.

Asentí.

—Sí. —Salí de detrás del mostrador y fui hacia la vitrina—. Justo queda uno.

Tome el plato con cuidado, intentando no mirar demasiado. Pero podía sentir su mirada sobre mí, ligera y curiosa, como si intentara leer algo en mis movimientos.

—¿Te ayudo con algo?

—No, gracias.

—Eres muy formal. —Su tono tenía una sonrisa, pero había algo más detrás, una pequeña nota de inseguridad.

—Supongo que es costumbre.

Le serví el pastel y un té de jazmín. Cuando lo coloqué frente a ella, nuestros dedos rozaron apenas el borde del plato. Un contacto mínimo, pero suficiente para que el aire se volviera más denso, más consciente.

Elisa lo notó. Lo sé porque bajo la mirada y sonrió, como si ese gesto la hubiera tomado por sorpresa también.

Se sentó junto a la ventana. La luz dorada caía sobre su cabello, haciéndolo brillar. Yo fingí ocuparme de otras cosas: limpiar una mesa, revisar una factura inexistente. Pero mis ojos volvían a ella, inevitablemente.

Comió despacio, con una especie de reverencia silenciosa.

—Es igual de bueno que ayer—dijo finalmente—. No sé cómo haces para que algo tan sencillo tanga tanto… no sé, alma.

Me quedé quieta un momento. Nadie me hablaba así. Nadie se detenía a pensar en lo que había detrás de lo que cocinaba.

—Tal vez porque no es tan sencillo—respondí sin pensar.

Ella levantó la vista, curiosa.

—¿Qué quieres decir?

—Que a veces, las cosas que parecen simples son las que más pesan.

—Eso suena triste.

—A veces lo es.

Hubo un silencio.

De esos que no duelen, pero dejan un hueco en el pecho.

Elisa apartó la taza, entrelazó los dedos sobre la mesa y me miró directamente.

—Diana… ¿siempre hablas así?

—¿Así cómo?

—Como si cada palabra tuviera miedo de salir.

Esa frase me golpeó. No supe si responder o quedarme callada.

La miré, y durante un instante, pensé en decirle la verdad: que hablar nunca había sido mi fuerte, que todo lo que sentía se acumulaba en el pech y solo salía en forma de poemas o postres. Pero no lo hice. No podía.




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