La mañana amaneció con una neblina ligera sobre el jardín.
Las hojas húmedas reflejaban la luz suave del sol, y las flores, todavía cerradas, parecían guardar secretos.
Abrí el restaurante más temprano de lo normal, aunque no tenía reservas ni encargos especiales.
Tal vez solo necesitaba ocupar mis manos, mantener la mente lejos de lo que había ocurrido el día anterior.
Me repetía, mientras acomodaba las tazas y encendía el horno, que no debía pensar en ella.
En su sonrisa, en sus ojos atentos, en esa manera de mirar como si cada palabra que dijera tuviera un significado más profundo del que yo pretendía darle.
Pero era inútil.
Elisa había dejado algo en el aire, algo que ni el olor del café podía disolver.
A media mañana, el restaurante seguía vacío.
Solo se escuchaba el tic-tac del reloj y el sonido leve del horno encendido.
Tomé mi cuaderno de notas, el de las recetas, y comencé a escribir con más fuerza de la necesaria. Pero las letras terminaban torcidas, manchadas de tinta.
No podía concentrarme.
La frase del día anterior seguía dándome vueltas:
“Como si cada palabra tuviera miedo de salir.”
Quizás era cierto.
Quizás mis palabras habían aprendido a esconder porque cada vez que las dejaba libres, algo en mí se rompía un poco.
Me obligué a concentrarme en la masa de pan.
Amasar era mi forma de pensar sin pensar.
Mis manos se hundían en la mezcla tibia, sintiendo su textura, su ritmo.
Era un lenguaje que entendía mejor que las conversaciones.
Pero incluso así, su voz regresaba.
Ligera, cálida, con esa dulzura que parecía llenar los huecos del silencio.
La campanilla de la puerta sonó.
Un sonido tan pequeño y, sin embargo, capaz de alterar todo el aire a mi alrededor.
Levante la vista.
Era ella.
Llevaba un suéter blanco, el cabello recogido en una trenza floja.
Se detuvo junto a la entrada, indecisa, como si no supiera si debía entrar o salir.
Sus ojos me buscaron, y cuando los nuestros se cruzaron, vi en su mirada una mezcla de duda y esperanza.
Por un momento, el tiempo se detuvo.
Ninguna de las dos habló.
Solo el murmullo del horno y el crujir de la puerta al cerrarse rompieron el silencio.
—Hola —dijo al fin.
Su voz sonada más baja que la última vez, como si temiera irrumpir en algo sagrado.
—Hola —respondí, limpiándome las manos en el delantal.
—No estaba segura de si debía venir…
—Siempre eres bienvenida —dije, rápido, casi atropellando las palabras.
Ella sonrió, apenas.
—Ayer… creo que dije algo que te molestó.
—No. —Negué enseguida—. Fui yo quien habló mal. No soy buena para… —hice un gesto vago con las manos—. Para decir lo que realmente quiero decir.
Elisa dio un paso hacia adelante, y la luz de la ventana iluminó su rostro.
—Entonces estamos iguales. Yo tampoco soy buena para callar.
Esa confesión me sacó una sonrisa involuntaria.
Una de esas que salen cuando el corazón se adelanta al pensamiento.
Ella pareció notarlo, porque su mirada se suavizó.
—¿Puedo sentarme? —preguntó.
—Claro.
Le serví un té sin preguntarle cuál quería. No sé por qué lo hice, pero elegí el mismo de la tarde anterior: jazmín.
Tal vez esperaba, de alguna forma, retomar algo que no había terminado bien.
Elisa observó el lugar con atención.
El restaurante, aunque pequeño, tenía su encanto: las paredes color crema, las flores secas en jarrones de cristal, las fotografías antiguas del pueblo colgado junto al reloj.
A través de los ventanales, el jardín se veía cubierto de luz y hojas caídas.
—Tu restaurante es bonito —dijo—. Tiene un aire… tranquilo.
—Tranquilo o aburrido.
—No. Tranquilo, como tú.
Me detuve al escuchar eso.
Nadie había descrito mi calma sin juzgarla antes.
Ella no lo decía como crítica, sino como si lo entendiera.
—¿Sabes? —continuó—. Ayer pensé que te había caído mal.
—¿Por qué?
—No lo sé. A veces la gente se incomoda conmigo. Hablo demasiado, y tú… bueno, tú no.
—No me caíste mal —respondí, sin mirarla directamente—. Solo me cuesta hablar cuando algo me importa.