Cuando florezca tu nombre

Capítulo VIII: Los días del té y la risa

El pueblo tiene su propio ritmo, lento y testarudo.

Las campanas de la iglesia marcan las horas, los pájaros despiertan a la misma hora cada mañana, y el viento arrastra los mismos murmullos de siempre: noticas viejas que se repiten en los puestos de comida y entre las ventanas abiertas.

Mi vida solía ir al mismo paso.

Hasta que ella empezó a venir.

No de golpe, claro. Elisa no era de esas presencias que irrumpen con fuerza, sino de las que se filtran, como el aroma de algo que se cocina despacio.

Al principio venía solo algunos días, siempre a la misma hora, justo cuando el sol empezaba a bajar y las sombras del jardín se alargaban.

Pedía té de jazmín o pastel de frutas, y hablaba poco.

A veces leía algo en su cuaderno; otras solo miraba por la ventana, en silencio.

Pero su silencio era diferente al mío.

El suyo respiraba vida.

La primera semana me limité a servirle y mantenerme ocupada.

Ella, con paciencia, parecía esperar algo.

Tal vez una palabra mía, o simplemente mi presencia más cercana.

Y poco a poco, sin que me diera cuenta, empecé a esperarla también.

Una tarde llegó antes de lo habitual, cuando el sol aún estaba alto.

Traía una carpeta bajo el brazo y una sonrisa nerviosa.

—Hola —me saludó, respirando agitada—. ¿Te molesta si me quedo un rato?

—No. Claro que no —respondí, secándome las manos.

—Estaba ensayando —dijo mientras dejaba la carpeta sobre la mesa—. Tengo que preparar una canción nueva.

—¿Para otro festival?

—Para mí —respondió, sonriendo—. Quiero probar algo distinto, sin público.

Me quedé mirándola, intentando entender su forma de decir las cosas.

A veces sus frases parecían simples, pero tenían un fondo que me obligaba a pensar.

—¿Puedo escucharla? —pregunté sin pensarlo.

Ella alzó la vista, sorprendida.

—¿De verdad quieres?

—Sí.

Abrió su carpeta y sacó una hoja con acordes y letras escritas a mano. Se aclaró la garganta y, sin instrumentos, comenzó a cantar en voz baja.

Su voz llenó el restaurante de una manera que el silencio no pudo resistir.

Era suave, como el viento que atraviesa los árboles del jardín, pero firme, con una vibración que se sentía más en el pecho que en los oídos.

No era perfecta, pero tenía alma.

Y mientras la escuchaba, me descubrí deteniendo cada movimiento, temiendo romper el hechizo.

Cuando terminó, el sonido del último verso quedó suspendido unos segundos.

—¿Y? —preguntó con una mezcla de timidez y curiosidad.

—Es hermosa —dije.

—No la canción —sonrió—. ¿La voz?

—También. Pero lo que más me gusta es cómo la sientes.

Ella bajó la mirada, y una sonrisa se dibujó en sus labios.

—Eso nunca me lo habían dicho así.

Con el paso de los días, empezó a quedarse más tiempo.

A veces me ayudaba a recoger las mesas, o se ofrecía a probar nuevos postres.

Otras simplemente hablábamos.

Me contaba historias pequeñas: de su hermana Ema, de su hermano Elías —a quien mencionaba con un tono de cansancio disfrazado de cariño—, de las calles del pueblo que le gustaban más, de los árboles que florecían más tarde.

Yo escuchaba, y cada palabra suya se me quedaba grabada como si fueran líneas de un poema que no quería olvidar.

—¿Por qué nunca te he visto fuera de aquí? —me preguntó un día mientras me ayudaba a acomodar las sillas.

—Porque no salgo mucho.

—¿Nunca?

—Solo para lo necesario.

—Eso no puede ser sano —dijo riendo—. El mundo no termina en esta calle.

—Para mí, esta calle tiene todo lo que necesito.

—¿Y si te estás perdiendo algo?

No supe qué responderle.

Tal vez tenía razón.

Pero lo cierto es que el ruido del mundo me asusta más que el silencio.

—Tú no tienes miedo del ruido —le dije.

—Claro que tengo —respondió—. Solo que lo disfrazo mejor.

Esa tarde, sin saber por qué, le conté algo que nunca le había dicho a nadie: que mi madre solía decirme que mi rostro no era de enojo, sino de miedo, que había aprendido a no mostrar lo que sentía para no darle motivos al pueblo de hablar.

Elisa escuchó sin interrumpir.

Y al final, solo dijo:

—Entonces deberías dejar que el miedo se canse un rato.




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