Cuando florezca tu nombre

Capítulo IX: Lo que florece en silencio

El pueblo siempre olía distinto después de la lluvia.

No era solo el aroma a tierra mojada, sino ese aire nuevo que se colaba por las ventanas, trayendo cosido una sensación de limpieza y comienzo.

Afuera, las hojas aún brillaban con gotas que parecían joyas diminutas.

Y, aunque el cielo seguía gris, yo sentía dentro de mí algo parecido a la claridad.

Desde aquella tarde de la tormenta, los días habían adquirido una forma diferente. Elisa seguía viniendo, pero ahora su presencia no era un acontecimiento: era parte de mi rutina.

No necesitaba mirarla para saber que estaba ahí; podía sentirla en la forma en que el restaurante respiraba distinto.

Llegaba siempre con algo nuevo: una historia, un libro, un gesto torpe.

Y cada vez que cruzaba la puerta, el aire cambiaba.

Era como si el mundo se detuviera un segundo ante de adaptarse a su voz.

—Te traje esto —me dijo una mañana, dejando sobre la barra una pequeña planta en una maceta.

—¿Qué es?

—No estoy segura, la compré en el mercado. Pero la señora que la vendía dijo que florece cuando quiere, no cuando debe.

La observé con una mezcla de ternura y curiosidad.

Las hojas eran delgadas, verdes, algo temblorosas.

—No soy buena cuidando plantas.

—Entonces será un reto —respondió, sonriendo—. Se parece un poco a ti.

—¿A una planta?

—No —rió—, a eso de florecer cuando quieres.

No supe qué contestar.

Pero mientras colocaba la maceta junto a la ventana, sentí algo en el pecho, como si aquella frase se quedara dando vueltas en el aire, buscando un sitio donde quedarse.

Los días trascurrieron así, entre recetas nuevas, risas breves y silencios cómodos. Kendra decía que el restaurante se veía más vivo.

Yo no lo notaba hasta que ella lo mencionó: las flores secas habían sido reemplazadas por frescas, los manteles cambiaban de color con más frecuencia, y hasta la música que sonaba de fondo era distinta.

Era verdad.

Sin planearlo, Elisa se había vuelto parte del lugar.

Y, de algún modo, también parte de mí.

Una tarde, mientras ella hojeaba un libro en una de las mesas, me sorprendí observándola más de lo necesario.

El sol entraba por el ventanal y tocaba su cabello, resaltando algunos reflejos dorados.

Tenía la costumbre de morderse el labio inferior cuando se concentraba, y de mover el pie al ritmo de una canción que solo ella parecía escuchar.

De pronto levantó la vista y me atrapó mirándola.

—¿Qué pasa? —preguntó, con una sonrisa apenas contenida.

—Nada. Pensé que te habías dormido.

—Mentirosa —dijo, entre risas—. No parpadeabas.

El calor me subió al rostro y fingí ocuparme en limpiar la barra.

Ella rió, esa risa ligera que siempre me desarma.

—Deberías sonreír más —añadió—. Te ambia la cara.

—Eso dicen todos.

—Pero yo lo digo en serio.

Esa vez no pude ocultar mi sonrisa.

Y ella, sin decir más, volvió a su libro, como si con eso bastara.

Elisa tenía la costumbre de escribir en servilletas.

No poemas, sino frases sueltas, pensamientos, ideas para canciones.

Al principio las dejaba olvidadas, pero luego empezó a hacerlo a propósito.

Decía que le gustaba que alguien más encontrara sus palabras.

Un día, mientras recogía las mesas, leí una de esas servilletas.

Decía:

“Hay miradas que duelen bonito.”

Guardé la servilleta sin pensarlo.

No sabía si lo había escrito por mí, pero quería conservarla.

A veces me preguntaba por qué no hablábamos de lo obvio.

No sobre el amor —esa palabra aún me parecía demasiado grande—, sino sobre lo que se sentía cuando ella estaba cerca.

Era como si ambas hubiéramos pactado mantener ese espacio invisible, ese borde seguro donde la cercanía no se rompía, pero tampoco avanzaba.

Aunque, en ciertos momentos, ese borde se volvía insoportable.

Como aquella tarde, cuando Elisa me ayudaba a decorar una tarta.

Estábamos en la cocina, y su risa llenaba todo el espacio.

Tenía harina en las manos, y sin querer me manchó la mejilla.

—Lo siento —dijo, acercándose para limpiarme—.

Pero no lo hizo enseguida.

Si mano se detuvo a medio camino, temblando.

Y durante un segundo, ambas respiramos el mismo aire, tan cerca que podía sentir el olor a vainilla de su piel.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.