No sé exactamente cuándo empezó gustarme su voz.
Quizás desde el primer día, o tal vez fue algo que se fue infiltrando con el tiempo, entre taza y taza de té, entre palabra y palabra.
Pero ese día —el de su invitación— fue cuando me di cuenta de que ya no podía fingir que era solo simpatía.
Fue una tarde clara, de esas que el cielo parece lavarse solo para brillar un poco más. Elisa llegó con el cabello suelto, una blusa azul y una sonrisa que, sin razón aparente, me puso nerviosa.
—Hoy no vengo a comer —dijo apenas cruzó la puerta.
—¿Ah, no? Entonces estás en el lugar equivocado.
—No exactamente. Vengo a secuestrarte.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Quiero que salgas conmigo. Solo un rato.
Mi primer impulso fue decir que no.
No por desinterés, sino por miedo.
Fuera del restaurante, no tenía dónde esconderme. Allí no podía refugiarme en el horno, en el ruido de los platos, ni en las excusas de “tengo trabajo”.
—Tengo que revisar la masa —dije, casi por reflejo.
—Ya la revisaste tres veces esta semana —respondió, cruzándose de brazos—. Vamos, Diana. Prometo que no te secuestraré por mucho tiempo.
Suspiré.
—¿A dónde?
—Al jardín. Solo eso. Está lleno de flores, y hay una feria pequeña hoy. Quiero que lo veas.
La miré.
Era imposible resistirse a esa manera suya de pedir las cosas: directa, pero con ternura. Como si el mundo entero se detuviera a esperarte mientras lo piensas.
—Cinco minutos —dije finalmente.
—Te doy diez —respondió sonriendo.
El jardín central del pueblo estaba más vivo de lo que recordaba. Hacía años que no lo visitaba con calma. El aire olía a pan recién horneado, a fruta y a flores. Niños corrían entre los puestos, y los colores se mezclaban con las risas. Elisa caminaba delante de mí, saludando a medio pueblo como si los conociera de toda la vida.
Yo, en cambio, seguía con las manos dentro de los bolsillos, intentando pasar desapercibida.
—¿Hace cuánto que no venias aquí? —me preguntó, girándose hacia mí.
—Mucho.
—Demasiado, diría yo.
—No me gusta el ruido.
—El ruido no te está mirando.
La frase me hizo sonreír.
—Fácil para ti decirlo.
—No creas. Yo también me escondo, solo que lo hago cantando.
Nos detuvimos frente a un puesto de helados.
Ella pidió dos sin preguntarme.
—¿Fresa o vainilla? —preguntó el vendedor.
—Fresa —respondió ella por mí.
—¿Cómo sabes que me gusta la fresa?
—No lo sé. Solo adiviné.
Y acertó.
Nos sentamos en una banca frente a la fuente. El agua caía con un murmullo constante, y por primera vez en mucho tiempo, me sentí parte de ese paisaje.
—¿No te pasa que a veces da miedo ser feliz? —preguntó ella de pronto, sin mirarme.
—Sí —respondí, sincera—. Siempre.
—¿Por qué?
—Porque cuando llega, uno empieza a esperar el momento en que se acabe.
Elisa guardó silencio.
Luego se giró hacia mí.
—Entonces tal vez la felicidad no es algo que se mantiene. Solo algo que se visita.
—¿Y tú la visitas seguido?
—Últimamente, sí.
Su mirada me encontró, y en ese instante, el mundo pareció detenerse.
No había ruido, ni gente, ni niños corriendo.
Solo ella, con el sol reflejándose en los ojos.
—¿Por qué me miras así? —pregunté, apenas un susurro.
—Porque a veces también quiero entenderte —dijo.
Tuve que apartar la vista.
Mi pecho latía con fuerza, y el aire se volvió más espeso.
No era incomodidad, era otra cosa.
Algo que dolía bonito, como si me abrieran una ventana por dentro.
Caminamos un rato más entre los puestos.
Elisa compró un pañuelo color vino y me lo colocó en la muñeca.
—Para que recuerdes que saliste.
—¿Crees que lo olvidaré?
—Tú olvidas las cosas que no te gustan. Así que, si lo haces, sabré la respuesta.
Reí, aunque su tono tenía un dejo de verdad que me desarmó.
Nos detuvimos junto a un musico callejero.
Elisa, sin pensarlo mucho, comenzó a tararear la melodía. Su voz era suave, casi un suspiro, pero lograba llenar todo el espacio entre nosotros. La gente la miraba, sonriendo. Y yo… yo solo podía mirarla.