Cuando florezca tu nombre

Capítulo XI: Ecos del silencio

No pensé que una simple tarde pudiera cambiarme tanto. Desde ese día, el jardín se quedó conmigo, incluso cuando regresé al restaurante.

Era como si el aire del lugar se hubiera mezclado con el mío, con su voz, con la luz que caía sobre su rostro.

Todo seguía igual… pero yo ya no.

Durante la mañana, los ruidos del restaurante llenaban el espacio: el chisporroteo del aceite, el golpeteo del cuchillo, los pasos de los clientes entrando y saliendo.

Pero en medio de todo eso, mi mente insistía en regresar a ella.

A su risa frente a la fuente.

A cómo el sol se reflejaba en su cabello.

A cómo me había mirado, sin miedo, sin juicio, solo esa curiosidad que desarma.

A veces las personas te miran, pero no te ven.

Otras te ven, pero no se quedan.

Ella… hizo ambas cosas.”

Escribí esa frase en el cuaderno que guardo bajo la caja registradora, donde nadie puede leerme.

La tinta se corrió un poco por el calor del día.

O tal vez por mis manos temblando.

Elisa volvió tres días después.

No avisó.

No necesitaba hacerlo.

La campanilla de la puerta sonó y, sin mirarla, supe que era ella.

Traía un vestido claro, el cabello recogido y una carpeta en la mano.

Parecía más nerviosa que de costumbre.

—¿Interrumpo? —preguntó desde la entrada.

—Depende—respondí, intentando sonar tranquila.

—De qué.

—De si traes hambre o problemas.

—Un poco de ambos —dijo, sonriendo.

Me reí sin querer.

Elisa tenía ese poder: lograr que incluso mi seriedad se quebrara por un segundo.

—Ven —le dije, señalando una mesa junto a la ventana—. Siéntate.

—¿Te ayudo?

—Ya lo haces.

Me miró confundida, pero no insistió.

Comencé a servirle una sopa y, mientras lo hacía, noté cómo sus ojos se movían por el lugar, observando cada detalle como si fuera nuevo.

—Huele distinto hoy —comentó.

—Le cambié las hierbas.

—No, no eso.

—¿Entonces?

—El aire.

No supe qué responder.

A veces, ella decía cosas que me dejaban sin defensa.

Durante la comida, me contó que había sido elegida oficialmente para cantar en la apertura del festival.

Su voz temblaba de emoción y miedo a la vez.

—Va a ser la primera vez que mi padre me escuche cantar —dijo en voz baja.

—¿Eso te alegra o te asusta?

—Ambas cosas.

—Te entiendo.

—¿Tú también le temes a alguien?

—A mí misma, la mayoría del tiempo.

Ella bajó la mirada, como si no esperara esa respuesta.

—No pareces tener miedo de nada.

—Porque aprendí a esconderlo.

Hubo un silencio suave después.

Uno de esos que no incomodan, pero tampoco se llenan con palabras inútiles.

Solo el sonido de la cuchara, el viento entrando por la ventana y el latido torpe de mi pecho.

—Diana —dijo de pronto—, ¿por qué escribes?

La pregunta me tomó por sorpresa.

—Porque si no lo hago, me ahogo.

—¿Y por qué no lo publicas más? Hace meses que no sale nada nuevo de “Pluma”.

—Porque algunas palabras solo sirven para sanar, no para ser leídas.

Elisa sonrió, y su mirada fue tan cálida que tuve que mirar hacia otro lado.

Pasó la tarde, y el restaurante quedó casi vacío. Ella seguía allí, hojeando la carpeta que había traído.

De vez en cuando me pedía opinión sobre las canciones del festival, sobre la ropa, sobre cómo debía presentarse.

Yo respondía con frases cortas, intentado no dejar que mi voz temblara.

Pero cada vez que levantaba la vista y la encontraba mirándome, algo dentro de mí se desordenaba.

Cuando por fin se levantó para irse, se acercó al mostrador.

—¿Te puedo pedir un favor? —preguntó.

—Depende del favor.

—Que vengas al festival.

—¿Qué?

—Quiero que estés ahí. No solo como vecina o cliente… sino como tú.

No supe qué decir.

Ella se mordía el labio, nerviosa.




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