Cuando florezca tu nombre

Capítulo XIII: El sabor del nombre

No dormí.

El amanecer me encontró sentada en la cocina, con el delantal puesto y las manos manchadas de harina.

El silencio de la madrugada tenía algo de confesión.

Cada sonido parecía exagerado: el reloj, el burbujeo de la cafetera, el crujir del pan en el horno.

Y en medio de todo eso, su voz.

Aún la escuchaba.

No la canción entera, sino ese tono al final, cuando parecía que cantaba solo para el viento… o para mí.

Había ido al festival sin planearlo, pero volví con una certeza que no sabía cómo cargar.

No era curiosidad.

No era admiración.

Era algo que dolía en el pecho cuando intentaba nombrarlo.

Por eso, en vez de dormir, cociné.

Tanía que transformar lo que sentía en algo tangible.

Algo que pudiera ofrecerle sin miedo.

El platillo empezó como un capricho y terminó siendo una declaración.

Elegí los ingredientes con cuidado, como si cada uno tuviera que decir lo que yo no me atrevería a pronunciar.

Una base de masa ligera con un toque de miel —por su dulzura—, una reducción de frutos rojos —por la intensidad— y pétalos comestibles —por lo efímero.

Lo serví sobre un plato blanco, limpio, sin adornos innecesarios.

“Simple, pero con alma”, pensé.

Así era ella.

Mientras cocinaba, el sol comenzó a filtrarse por las ventanas del restaurante. El pueblo amanecía despacio, con el eco de festival aún en las calles.

Los niños corrían con serpentinas, los ancianos comentaban la presentación de la noche anterior, y todos hablaban de la “chica que cantó como si el cielo la escuchara”.

Sonreí sin querer.

No sabían que esa chica también me había hecho escucharme a mí misma.

A medio mañana, salí al jardín central.

Los puestos estaban medio desmontados, pero las flores seguían frescas.

Compré un ramo grande, casi torpe de sostener: campanillas, tulipanes rojos, claveles rosados y lirios.

—¿Para alguien especial? —preguntó la florista, una mujer de cabello gris y mirada pícara.

—Para alguien… que merece ser nombrada —respondí sin pensar.

Ella sonrió.

—Entonces escoge bien las flores. Algunas dicen más que las palabras.

Asentí.

No sabía si era consciente de que acababa de resumir mi vida entera.

Volví al restaurante con el ramo envuelto en papel blanco y cinta roja.

Lo coloqué sobre la mesa junto al ventanal, donde la luz del mediodía lo hacía brillar. El aroma llenó el lugar, y por un instante, sentí que el aire se había vuelto más liviano.

Pasado el mediodía, la puerta se abrió.

El sonido de la campanilla me sobresaltó, aunque lo estaba esperando.

Era ella.

—Buenos días, Diana. —Su voz tenía ese brillo cálido que ni el cansancio podía borrar.

—Buenos días —respondí, intentando que mi tono no delatara el temblor.

Traía el cabello suelto y los labios ligeramente pintados.

Parecía radiante, pero sus ojos… esos ojos estaban llenos de algo más que alegría.

De cansancio, de alivio, de incredulidad.

De haber vivido algo tan grande que todavía no terminaba de asimilarlo.

—Te vi en el escenario —quise decirle.

Pero lo que salió fue:

—¿Dormiste algo?

Ella rió.

—Poco. Pero creo que ni siquiera quiero dormir todavía.

—Fue una noche intensa.

—¿Lo dices porque estuviste ahí? —preguntó de pronto, ladeando la cabeza.

El corazón me dio un salto.

—¿Qué?

—No sé… tuve la sensación de que me mirabas. No sé de dónde. Pero lo sentí.

Guardé silencio.

No sabía mentir, pero tampoco sabía admitirlo.

Así que desvié la mirada y fingí acomodar el ramo sobre la mesa.

—Tal vez —deje al fin, en voz baja.

Elisa sonrió, pero no insistió.

Se acerco al ramo y acarició los pétalos con delicadeza.

—Son hermosas.

—Lo sé.

—¿Y el motivo?

—Un… agradecimiento.

Ella alzó la vista, confundida.

—¿Por qué?

—Por cantar. Por no rendirte. Por… recordarme que aún hay cosas que pueden sentirse sin miedo.

Elisa no respondió.




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