El restaurante olía a pan recién hecho y a jazmín. Había dejado el ramo de flores sobre la barra, aunque las campanillas comenzaban a marchitarse.
Aun así, no podía tirarlas.
Cada vez que las miraba, recordaba el momento exacto en que Elisa las rozó con los dedos.
No era un recuerdo doloroso, ni siquiera dulce.
Era algo tibio, persistente… como si dentro de mí todavía sonara su voz.
La mañana avanzó tranquila.
Kendra había llegado antes de la hora, como siempre, llena de energía.
Traía una sonrisa de domingo y un termo de café que olía más fuerte que su perfume.
—Buenos días, jefa —dijo, dejando su bolso sobre la barra—.
—Buenos —respondí, sin mirarla del todo.
—¿Buenos o muy buenos? —insistió, con ese tono que usa cuando huele algo raro.
No contesté.
Estaba amasando pan, y el silencio solía ser mi excusa perfecta.
Pero no funcionó.
Nunca funciona con Kendra.
—¿Qué es eso? —preguntó, señalando las flores.
—Un regalo.
—¿De quién?
—No importa.
—Entonces lo diste tú. —Sonrió—. Te conozco Diana. Tú no guardas regalos de nadie.
Suspiré.
—Eres insoportable.
—Y tú estás sonriendo. —Su voz bajó, entre sorprendida y divertida—. Estás sonriendo.
Levanté la mirada.
—¿Qué?
—No intentes borrarla, la vi. —Rió—. Por primera vez en… no sé, ¿años? ¿Siglos?
—No exageres.
En ese momento entró Lina, con su calma habitual, como si el ruido del mundo no pudiera alcanzarla.
Traía una canasta de frutas y ese aire sereno que siempre recordaba a las tardes de lluvia.
—¿Qué hacen tan temprano? —preguntó mientras dejaba la canasta en la mesa.
—Kendra dice que estoy sonriendo.
—¿Y lo estás? —preguntó con una ceja alzada.
—No lo sé.
—Sí lo sabes. —Lina sonrió apenas—. Y no es malo, Diana.
Me cruce de brazos, intentando parecer indiferente.
Pero ellas me miraban como si hubieran descubierto un secreto.
Y en parte, lo había hecho.
—¿Tiene nombre?
—¿Qué cosa?
—Esa sonrisa.
—No —mentí.
—Entonces pronto lo tendrá. —Rió.
Lina la miró de reojo.
—Deja de molestarla.
—¿Molestar? ¡Estoy celebrando un milagro! Nuestra Diana de piedra está… viva.
Ambas rieron, y yo, sin poder evitarlo, también solté una carcajada suave.
El sonido me sorprendió.
Hacía tiempo que no reía así.
—No sé de qué hablas —murmuré.
—Claro que sabes —respondió Lina con voz baja—. Y si quieres, no lo digas. Pero… se te nota.
—¿Qué cosa?
—Que alguien te hizo sentir algo.
El silencio que siguió fue largo.
Ni el ruido de la calle, ni el cuchicheo de las mesas llenas, ni el murmullo de la cocina pudieron esconder lo que flotaba entre nosotras.
Kendra me miraba con una sonrisa torcida; Lina, con ternura.
Yo… solo respiraba, sin atreverme a negar.
—Fue en el festival, ¿verdad? —preguntó Kendra al fin.
No contesté.
Solo apreté el trapo entre mis manos, sintiendo cómo el calor subía a mis mejillas.
Lina lo entendió antes que nadie.
—La chica que cantó.
—Elisa —dije, sin querer.
Su nombre salió de mis labios como si lo hubiera estado guardando demasiado tiempo.
Y en cuanto lo dije, algo dentro de mí se relajó.
Como si por fin lo hubiera aceptado.
—Así que ella —susurró Kendra, maravillada—. Lo sabía. Desde que te vi en el festival, parecías una adolescente viendo su primer amor.
—No es así —intenté replicar, pero mi voz sonó más débil de lo que quería.
—¿Entonces cómo es? —preguntó Lina, suavemente.
Tragué saliva.
Las palabras se formaron solas, como si hubieran estado esperándolo.
—No lo sé bien… pero cuando la veo, siento que el mundo deja de doler. Y cuando canta, siento que podría escucharla toda la vida sin cansarme.
—Vaya —dijo Kendra, entre asombro y ternura—. Eso sonó a poema.