Los días siguientes fueron extraños.
No malos, solo… distintos.
Como si todo en mí se hubiera desplazado unos milímetros hacia la luz.
Elisa venía al restaurante por las mañanas, a veces con sus libretas, otras solo a mirar por la ventana mientras tomaban café.
No hablábamos mucho.
Pero no hacía falta.
Había algo nuevo entre nosotras, algo que respiraba sin necesidad de palabras.
Como si el aire mismo hubiera aprendido a decir lo que callábamos.
Aun así, Kendra y Lina no me dieron tregua.
Era cuestión de tiempo para que empezaran su pequeña conspiración.
—Te veo mirando la puerta cada cinco minutos —dijo Kendra una mañana, mientras cortaba frutas.
—Estoy vigilando el horno.
—Claro. Y el horno se parece mucho a una chica con libretas.
Lina sonrió, sin levantar la vista de la masa que estaba estirando.
—Deberías invitarla a salir, Diana.
Casi dejé caer la cuchara de madera.
—¿Qué?
—Eso. A una cita. Una salida, como quieras llamarlo —repitió Kendra—.
Negué con la cabeza.
—No sé hacer eso.
—No se hace, se siente —replicó Lina con calma.
—¿Y si se ríe? —pregunté.
—¿De ti? —Kendra soltó una carcajada—. ¡Por favor! Si te ha mirado como si fueras un poema vivo.
Me quedé en silencio.
El pensamiento me revolvió el pecho.
El resto del día, traté de concentrarme en el trabajo.
Pero cada vez que pasaba una hoja del cuaderno o servía un plato, la idea regresaba: invítala a salir.
Por la tarde, cuando el restaurante quedó vacío y el sol teñía de naranja las paredes, me encontré escribiendo su nombre una y otra vez en una hoja suelta.
Elisa.
Corto, redondo, lleno de música.
Un nombre que no necesitaba adornos.
Suspiré, dejé la pluma a un lado y me miré en el reflejo de cristal.
Mis ojos ya no parecían tan duros.
Ni mi expresión tan cerrada.
Kendra tenía razón: estaba sonriendo sin darme cuenta.
Así que, sin pensarlo más, tomé una decisión.
Esa noche, al cerrar el restaurante, empecé a preparar una canasta.
Nada demasiado elaborado, pero hecho con intención.
Pan casero con romero, una ensalada fresca con miel y nueces, pastelillos de frambuesa —sus favoritos— y una jarra pequeña de limonada con hierbabuena.
Mientras lo hacía, recordé algo que Lina solía decirme:
“A veces, el amor no necesita valentía. Solo necesita presencia.”
Y tal vez era eso lo que quería ofrecerle: un espacio donde pudiéramos ser, sin miedo, sin máscaras.
El parque estaba a las afueras del pueblo, más allá del puente viejo y el camino de tierra.
Un lugar donde casi nadie iba ya.
Allí las flores crecían sin orden, las mariposas revoloteaban sin prisa, y el sonido del río acompañaba al viento.
Lo recordaba de cuando era niña, cuando buscaba refugio del ruido del mundo.
Quizá era hora de volver… pero no sola.
Al día siguiente, cuando Elisa entró al restaurante, el aire cambió.
Traía el cabello recogido y una sonrisa tímida, de esas que parecen esconder algo bonito.
—Buenos días —dijo.
—Buenos —respondí.
Nos miramos un segundo más de lo necesario.
No hacía falta disimular.
Me limpié las manos con el delantal y, antes de perder el valor, lo dije:
—¿Tienes algo que hacer mañana?
Ella parpadeó, sorprendida.
—Creo que no… ¿por qué?
—Quería invitarte a un lugar.
—¿Un lugar? —repitió, sonriendo—.
—Un parque. Fuera del pueblo. Hay flores, sombra, y casi nadie va.
—¿Y eso?
—Pensé que te gustaría cantar sin público.
Elisa rió, suave.
—¿Y tú? ¿Qué harás mientras canto?
—Escucharte —respondí.
El silencio que siguió no fue incomodo.
Era una especie de sí que no necesitaba pronunciarse.
Ella asintió, y el brillo en sus ojos fue suficiente para hacerme olvidar el miedo.
Esa noche casi no dormí.
Preparé la canasta de nuevo, revisé los postres tres veces, y elegí cuidadosamente una manta de tela con bordes azules.