Cuando florezca tu nombre

Capítulo XVI: El río y el vuelo

El aire olía a agua y a hierba.

El parque se extendía ante nosotras como una pintura que respiraba: el río murmuraba a un costado, los árboles se mecían con una lentitud antigua, y el cielo estaba cubierto por una bruma ligera que hacía temblar la luz.

Extendí la manta sobre el pasto y la canasta quedó abierta entre las dos.

Elisa se quitó los zapatos y hundió los pies en la hierba húmeda.

Sonrió con esa libertad que siempre me ha desconcertado.

Yo la observé, tratando de grabar cada detalle: el mechón suelto que le caía sobre la mejilla, el brillo suave, la manera en que parecía pertenecer al paisaje.

—Hace tiempo que no venía aquí —dije.

—¿Por qué?

—No me gusta estar donde el silencio pesa.

—¿Y ahora?

—Ahora no pesa. —La miré—. Ahora… suena.

Ella rió, bajito, como si el río le hiciera cosquillas a la voz.

Comimos sin prisa.

El pan aún estaba tibio, y las frambuesas dejaban manchas dulces en sus dedos. Yo no hablaba mucho; me limitaba a escuchar cómo el viento jugaba con las hojas.

De vez en cuando, Elisa tarareaba algo.

Un fragmento de melodía, apenas un hilo de sonido.

Tenía forma curiosa de cantar: no para impresionar, sino para liberar algo que no podía guardarse.

—¿Es nueva? —pregunté, cuando la escuché repetirla por tercera vez.

—Sí —respondió, mirando el río—. La empecé anoche. Aún no tiene letra completa.

—¿Puedo oírla?

—Claro.

Cerró los ojos, respiro profundo y comenzó.

Su voz se alzó despacio, como si naciera del agua:

“Si me quedo aquí,

tal vez el viendo me aprenda.

Si te miro así,

tal vez el miedo se duerma.

Y si el silencio nos cubre,

que no sea para callar,

sino para escucharnos.”

El último verso se deshizo en el aire como una pluma.

Me quedé inmóvil.

No era solo su voz. Era lo que decía sin decirlo.

Sin pensarlo, me acerqué.

No de golpe, sino como quien teme romper un hechizo.

Elisa abrió los ojos y me miró; no se movió, no retrocedió.

El sonido del río llenaba el espacio entre nosotras, y las aves comenzaron a volar en círculos sobre el agua, como si el cielo quisiera escucharla cantar.

Extendí la mano y la tomé.

Sus dedos eran cálidos, delgados, un poco temblorosos.

Yo también temblaba, pero no por miedo.

Por fin entendí que se podía temblar de calma.

Ella entrelazó sus dedos con los míos, sin decir nada.

El contacto no pedía permiso, no exigía explicación.

Simplemente existía, como el rumor del agua o el roce del viento.

Las aves levantaron vuelo.

Una bandada blanca contra el cielo pálido.

Las seguí con la mirada, sintiendo cómo el pecho se me abría despacio, como si algo que había estado dormido dentro de mí por fin despertara.

Elisa apretó mi mano.

—Siempre quise volar así —dijo, casi en un susurro.

—No necesitas alas. —Me escuché decirlo sin pensar.

—¿No?

—No. Ya las tienes en la voz.

Ella sonrió, apenas, y apoyó la cabeza en mi hombro.

El gesto fue tan natural que no tuve tiempo de asustarme.

Solo la dejé estar.

El calor de su cuerpo contra el mío, el murmullo del río, el batir de las alas a lo lejos…

Por primera vez, no me sentí fuera del mundo.

Estaba exactamente donde debía estar.

Pasó un largo rato así, sin palabras.

Yo le acaricie el hombro, despacio, con una torpeza que me hizo sonreír.

Ella no se movió; simplemente respiro más hondo, como si ese toque hubiera hecho más real el momento.

—Diana —susurró—.

—¿Sí?

—¿Te das cuenta de que ya no te escondes?

No supe qué responder.

Miré nuestras manos unidas, la brisa jugando con su cabello, el reflejo del sobre el río.

Y comprendí que tenía razón.

No había muros.

No había máscaras.

Solo nosotras, y el sonido del agua diciendo todo lo que yo no podía decir.




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