El sol comenzaba a bajar cuando decidimos regresar.
La brisa se había vuelto más fresca y el rumor del río se mezclaba con el sonido lejano de los grillos. Elisa recogía la manta mientras yo guardaba los restos del almuerzo en la canasta. Todo parecía ir demasiado bien. Quizás por eso el destino decidió tropezarnos.
—Déjame ayudarse con eso —dijo, intentando doblar la tela.
Se inclinó al mismo tiempo que yo y, sin querer, nuestras manos se rezaron. Fue un roce leve, casi un accidente, pero suficiente para detenernos. Alcé la mirada y me encontré con la suya: cálida, sorprendida… demasiado cerca.
Entonces, todo sucedió en un parpadeo.
Elisa perdió el equilibrio por una raíz escondida entre el pasto y yo, torpe como siempre, traté de sostenerla.
En lugar de eso, caímos juntas.
El golpe no dolió.
Solo quedamos así, una sobre la otra, riendo entre jadeos, el corazón golpeando como si quisiera escaparse de mi pecho.
Elisa se quedó inmóvil, sus ojos fijos en los míos.
Pude sentir su respiración contra mi rostro, el leve temblor en sus labios, el perfume de flores y sol que siempre la acompaña.
No había distancia.
Ni siquiera el aire se atrevía a pasar entre nosotras.
Quise besarla.
No con impulso, sino con esa calma desesperada que siente alguien que lleva años callando algo que ya no puede contener.
Vi en su mirada el mismo impulso, esa misma pregunta silenciosa.
Pero algo —quizá el miedo, quizá la cordura — nos detuvo.
Nos levantamos sin decir nada.
Ella se sacudió el polvo de la falta, y yo, todavía aturdida, fingí revisar la canasta para no tener que mirarla.
Mis manos temblaban.
No por frío, sino por todo lo que no había ocurrido.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Sí —respondió con una sonrisa tímida —. Fue una caída muy… coordinada.
—Sí, un desastre coreografiado.
Reímos.
Y fue esa risa —suave, torpe, sincera — la que rompió la tensión.
Le ofrecí mi mano.
Ella la tomó sin dudarlo.
Y esta vez, no la solté.
El camino de regreso al pueblo fue tranquilo.
Elisa caminaba a mi lado, balanceando nuestra mano unida de vez en cuando.
A veces hablábamos, a veces solo mirábamos alrededor: las mariposas sobre las flores, el vuelo bajo de los pájaros, el sonido lejano de las campanas del templo.
En una esquina, tres gatos cruzaron corriendo, persiguiéndose entre los matorrales. Uno era blanco, otro gris y el último, un pequeño atigrado que se quedó mirándonos con ojos curiosos.
—Mira, se parece a ti —dijo Elisa.
—¿Por qué?
—Porque finge ser serio, pero se nota que está disfrutando.
Tuve que reír.
—No sabía que me observabas tanto.
—Te observo siempre —respondió con naturalidad.
No dije nada, pero dentro de mí algo se encendió.
Esa frase era un fuego lento.
Cuando llegamos al restaurante, el sol ya se había ocultado detrás de los tejados.
Elisa frunció el ceño al ver el letrero de cerrado.
—¿Hoy no abriste? —preguntó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque mis locas amigas merecen descansar de mí —bromeé.
Ella sonrió, y por un instante pensé en cómo esa sonrisa había empezado a ocupar todos los rincones de mis pensamientos.
—Ven —le dije, abriendo la puerta lateral que da hacia las escaleras.
—¿Puedo?
—Hoy, sí.
Subimos juntas.
El restaurante en penumbra olía a madera y especias. En la terraza, el aire nocturno era fresco y se escuchaba el sonido de los grillos.
Las luces pequeñas colgaban sobre las macetas, dando un brillo cálido y tranquilo.
—Qué bonito —susurró Elisa, mirando alrededor.
—Es el único lugar donde puedo pensar —dije.
La dejé allí y bajé a la cocina.
Corté pan, jamón y verduras, preparé una jarra de jugo. Mientras colocaba todo en la bandeja, me descubrí sonriendo sola.
Había algo de nerviosismo, sí, pero también una paz extraña.
Por primera vez, no me importaba si estaba haciendo lo correcto. Solo quería compartir el momento con ella.
Cuando subí, la vi al fondo, junto a la pequeña librería que tengo en la esquina.
Tenía en las manos un cuaderno de tapas gastadas.