La noche nos envolvía con una suavidad tibia, como si el aire todavía conservara la calma del río. No había prisa en volver; nuestros pasos sonaban despacio sobre el camino de tierra, acompañados por el murmullo de los grillos y el eco lejano del agua. Elisa caminaba a mi lado, con la mirada encendida por algo que no sabría nombrar.
Todavía podía sentir el roce leve de su mano entre mis dedos, el temblor que quedó en mi pecho cuando tropezamos y casi… casi cruzamos ese límite que tantas veces había temido. No nos besamos, pero el silencio posterior tuvo el sabor de algo prohibido y dulce.
—Gracias por acompañarme —dijo Elisa con voz baja.
—Era lo correcto —respondí, aunque sabía que lo que en verdad quería era quedarme un poco más a su lado.
A medida que nos acercábamos al pueblo, las luces de las casas se volvían puntos cálidos entre la oscuridad. Su calle estaba silenciosa, apenas un perro durmiendo junto a una puerta y el aroma de pan recién horneado escapando de alguna ventana.
Nos detuvimos frente a su casa. Elisa jugaba con la correa de su bolso, como si buscara algo que decir y no lo encontrara.
—Fue un bonito día —murmuró.
—Sí… lo fue.
—Tú cocinas con el corazón. Se siente —añadió.
—Y tú cantas con el alma —respondí, y entonces me di cuenta de que mis palabras habían salido más suave de lo que pretendía.
Ella levantó la vista, sorprendida, y por un segundo creí que volveríamos a quedarnos demasiado cerca. Pero solo asintió, con una sonrisa tímida, y retrocedió hasta la puerta.
—Buenas noches, Diana.
—Buenas noche, Elisa.
Esperé hasta que cerró la puerta. Solo entonces solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.
El camino de regreso fue distinto: más largo, más silencioso. La brisa olía a tierra húmeda, y las sombras parecían observarme con curiosidad. Cada paso resonaba en el eco de mis pensamientos.
“¿Qué estás haciendo, Diana?”, me dije. “¿Desde cuándo sonríes sin motivo? ¿Desde cuándo te tiemblan las manos por alguien?”
Intenté distraerme mirando el cielo; las estrellas parecían guiñarme los ojos. Pensé en su voz, en cómo el sonido se enredaba con el viento, en cómo su risa parecía borrar la dureza en que durante años me cubrió el rostro.
No quería admitirlo, pero Elisa había empezado a desmontar mis muros sin siquiera tocarlos.
Cuando llegué al restaurante, todo estaba oscuro. Dejé las llaves sobre la barra y me serví un poco de agua. En el reflejo de la ventana me vi distinta: los labios apenas curvados, la expresión más tranquila. Tal vez era eso lo que decían mis amigas cuando me molestaban: que tenía cara de piedra, pero que bajo ella aún quedaba calor.
Me senté un momento en la barra vacía. Había silencio, pero dentro de mí no.
Y justo entonces escuché el sonido familiar de dos voces riendo afuera.
—¿No te dije que estaría despierta? —dijo Kendra.
—Sí, pero no creí que a esta hora —respondió Lina, empujando la puerta.
Las dos entraron con el descaro de quien se siente en casa.
—¿Y tú que haces tan seria? —pregunto Kendra, apoyándose en la barra.
—Pensando.
—¡Uy, peligro! —bromeó Lina —. Cuando Diana piensa, alguien termina con poema triste o una receta nueva.
Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír.
—¿Y ustedes qué hacen aquí?
—Te seguimos —confesó Kendra, alzando las cejas —. Bueno, no exactamente, pero vimos que regresabas tarde con Elisa y… bueno, teníamos curiosidad.
Me quedé en silencio. La sonrisa de Kendra se amplió, y Lina cruzó los brazos, expectante.
—¿Y bien? —preguntó Lina —. ¿Qué paso?
—Nada —dije, pero mis mejillas me traicionaron.
—Ohhh, eso significa que algo pasó —canturreó Kendra.
—No pasó nada.
—Diana, si vas a mentirnos, al menos no sonrías así —dijo Lina, divertida.
No me había dado cuenta de que estaba sonriendo, hasta que las vi mirarme con una mezcla de ternura y sorpresa.
—¿Qué? —pregunté, incómoda.
—Nada —dijo Kendra —, solo… hace mucho que no te veíamos así.
Bajé la mirada. El corazón me dio un vuelco extraño, como si me hubieran descubierto.
—¿Así cómo?
—Viva —susurró Lina.
El silencio que siguió fue suave, casi cálido. Ellas se miraron entre sí, luego me miraron a mí, y supe que no tenía sentido negarlo.
—Está bien —admití —. Tal vez… siento algo por ella.
Las dos soltaron un grito de celebración que me hizo reír.
—¡Lo sabíamos! —dijo Kendra, palmoteando —. ¡Dios mío, Diana enamorada!
—No es gracioso —protesté, aunque la risa se me escapó.