El amanecer llegó con una calma extraña, de esas que parecen quedarse suspendidas en el aire. No dormí mucho. Cada vez que cerraba los ojos, veía la escena del parque repetirse: el vuelo de las aves, el roce de sus dedos, la caída torpe que casi nos llevó a un beso.
Cada detalle me seguía como una melodía que se niega a desaparecer.
Bajé al restaurante antes de que el sol terminara de asomar. La cocina estaba fría, cubierta con el aroma apagado de lo que se había cocinado el día anterior. Encendí la cafetera y me quedé mirando el vapor elevarse, lento, como si también dudara en irse.
“Invítala a salir”, había dicho Kendra.
“Una cita de verdad”, había insistido Lina.
No era tan simple. No para mí.
Nunca supe cómo poner en palabras lo que siento sin que sonara torpe o fuera de lugar. Las emociones me pesaban en la lengua, como si al pronunciarlas pudieran perder su forma.
Aun así, algo dentro de mí quería intentarlo.
Dejé el café sobre la barra y tomé una de mis libretas. Tenía la tapa manchada de harina y un par de versos sueltos escritos en las esquinas. Siempre había sido mi refugio. Si no podía hablar, al menos podía escribir.
Abrí una página en blanco. La miré durante un rato.
“¿Qué quiero decirle?” me pregunté.
No era solo una invitación. Era… un paso. Un riesgo.
Empecé a escribir, sin pensar demasiado, dejando que las palabras cayeran como migas de pan sobre el camino.
A veces pienso que el silencio también sabe cocinar,
que toma mis manos cuando no sé qué preparar.
Que amasar pan es otra forma de hablar,
de decirte que pienso en ti cada vez que el horno respira.
Me quedé mirando esas líneas. Había sinceridad, pero también miedo.
No quería que pareciera un poema de amor. O tal vez sí, pero uno que no se atreviera a llamarse así.
Seguí escribiendo.
Si vienes, prometo no decir nada,
solo dejar que el viento te cuente mis secretos.
Hay un parque donde el río canta más despacio,
y el pan sabe distinto cuando se comparte.
Apoyé la frente sobre el cuaderno. El sonido del reloj llenaba la cocina.
No sabía si aquello era una invitación o una confesión disfrazada. Tal vez ambas.
De repente, el ruido de la puerta me hizo sobresaltar. Era Kendra, medio dormida, con el cabello despeinado y una sonrisa de quien ya sabe demasiado.
—¿Otra noche en vela, jefa? —bostezó.
—No podía dormir.
—¿Por ella? —preguntó sin rodeos, sirviéndose café.
No respondí. Kendra me miró de reojo y vio la libreta abierta.
—¿Un poema?
—No es nada.
—Si dices “no es nada”, es porque es todo. —Se sentó frente a mí —. ¿Puedo leerlo?
—No.
—Entonces es definitivamente sobre ella.
Sus risas llenaron la cocina. Yo negué con la cabeza, pero no pude evitar sonreí.
—Solo quiero… invitarla a salir —dije, por fin.
—¡Bravo! —Kendra levantó la taza, como si brindara —. ¿Y cómo lo harás?
—Pensé en escribirlo. En dejarle una nota.
—Diana, eso es tan tú —rió —. Poético, misterioso, y probablemente incomprensible para cualquiera que no te conozca.
Le lancé una mirada, pero ella no se calló.
—No, no, me gusta —añadió —. Pero asegúrate de que entienda que la estás invitando, no recitando una despedida.
“Que entienda”. Esa era la parte difícil.
Tomé el lápiz otra vez y añadí unas líneas más, más claras, sin tanta metáfora:
Si te gustaría volver al parque,
puedo preparar algo para compartir.
Esta vez prometo no tropezar.
Kendra leyó por encima de mi hombro.
—Perfecto. Romántico y torpe. Eres tú en papel.
Suspiré, fingiendo molestia. Pero dentro de mí sentí algo tibio.
Por primera vez, no me parecía tan imposible invitar a alguien.
Kendra se levantó para revisar los estantes, buscando pan o excusas para no irse.
—¿Y cuándo piensas dárselo?
—Hoy. —Lo dije sin pensarlo, pero al escucharlo, algo en mi pecho se aceleró —. Tal vez cuando venga por el encargo que hizo ayer.
—Eso es en unas horas —dijo Kendra, divertida —. ¿Lista para morir de nervios?
—Siempre.
Ella se rió y salió, dejando la puerta abierta.