Cuando florezca tu nombre

Capítulo XX: El eco de las palabras. (Desde la perspectiva de Elisa)

Nunca había entendido por qué el silencio pesa más que el ruido, hasta esa tarde.

Caminaba de regreso a casa con la bolsa del restaurante en los brazos y el corazón latiendo rápido, sin razón aparente.

O tal vez sí había una razón.

El cuaderno.

Diana me lo había entregado casi sin mirarme, como si fuera algo que debía descubrir por mi cuenta.

“Te dejé algo ahí”, me dijo, en voz baja.

Su tono había sido tan suave que parecía un susurro del viento, algo que se decía solo si una parte de ti deseaba que no se escuchara del todo.

El sol se ocultaba detrás de los dejados cuando entré en casa. Ema me saludó desde la cocina, distraída con sus papeles.

—¿Te fue bien? —preguntó.

—Sí, fui por el pedido de Diana.

—¿La poeta? —pregunto con una sonrisa.

—La cocinera —corregí, aunque mis mejillas me traicionaron.

Subí a mi habitación antes de que pudiera seguir hablando. Cerré la puerta y dejé la bolsa sobre la cama.

El cuaderno estaba ahí, simple, con manchas de harina y el aroma leve del pan. Lo tomé con cuidado, como si pudiera deshacerse entre mis manos.

Por un momento dudé. ¿Y si no era para mí? ¿Y si solo era una nota de trabajo? Pero su voz seguía repitiéndose en mi cabeza: “Te dejé algo ahí.”

Me senté en el borde de la cama, respiré hondo y abrí la libreta.

Las primeras líneas eran limpias, cuidadas, escritas con esa letra firme que parecía esculpida en piedra:

A veces pienso que el silencio también sabe cocinar,

que toma mis manos cuando no sé qué preparar.

Que amasar pan es otra forma de hablar,

de decirte que pienso en ti cada vez que el horno respira.

Leí esos versos una y otra vez.

No podía cree que fueran para mí.

Había algo en esas palabras, una mezcla de ternura y contención, como si cada línea hubiera sido escrita con la misma paciencia con la que ella cocina: lenta, precisa, con amor.

Seguí leyendo.

Si vienes, prometo no decir nada,

solo dejar que el viento te cuente mis secretos.

Hay un parque donde el río canta más despacio,

y el pan sabe distinto cuando se comparte.

El corazón me dio un vuelco.

El parque.

El río.

Nosotras.

Era una invitación.

Pero también era algo más.

Una promesa, tal vez.

Una forma de decir “quiero verte otra vez” sin decirlo.

Toqué el papel con la yema de los dedos, sintiendo el relieve leve de la tinta.

Nunca nadie me había hablado así.

Nunca nadie me había mirado con tanta honestidad sin siquiera usar la mirada.

Me reí sola, nerviosa.

—Eres una tonta, Diana —susurré —. Y yo también.

Guarde silencio, esperando que el aire me dijera qué debía hacer.

Y entonces encontré la última parte:

Si aceptas, lleva tu voz.

El resto… lo pondrá el río.

Cerré los ojos.

Sentí una calidez que no venía del cuerpo, sino de algo más profundo, algo que había estado dormido demasiado tiempo.

Me levanté, caminé hasta la ventana. Afuera, el jardín del pueblo estaba encendido de luces pequeñas, los puestos cerrando, los niños corriendo detrás de las sombras. Recordé cómo me había mirado ella esa tarde, cómo su sonrisa se asomaba apenas, como si todavía no supiera que podía hacerlo.

Y supe que quería verla otra vez.

Abrí mi cuaderno, el de las canciones que no me atrevo a terminar. Busqué la hoja donde había dejado una melodía a medias, la misma que había cantado en el parque.

La toqué con los dedos, tarareando en voz baja.

Y sin pensarlo, escribí en la margen:

Para Diana.

Las palabras se veían pequeñas, pero firmes.

Ema tocó la puerta.

—¿Todo bien, Eli?

—Sí —respondí, secándome una lágrima que no sabía que había salido —. Todo bien.

Cuando se fue, me quedé mirando el cuaderno de Diana.

Tenía miedo, claro.

Pero también tenía ganas.

Y hacía mucho que el miedo no me daba ganas de seguir adelante.

Esa noche no dormí.

La luna entraba por la ventana y caía sobre las páginas abiertas, iluminando las palabras como si quisieran seguir hablándome.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.