Cuando florezca tu nombre

Capítulo XXI: El sabor de la espera

No dormí.

No porque no quisiera, sino porque cada vez que cerraba los ojos veía su rostro.

Elisa, con esa mirada entre curiosa y serena, sosteniendo mi cuaderno como si protegiera un pedazo de mi alma.

A veces pensaba que lo había imaginado todo, que mis manos nunca habían escrito aquel poema. Que la tinta no había confesado lo que mi boca aún no se atrevía a pronunciar.

Pero entonces recordaba su mensaje:

Mañana, al mediodía, en el parque.

Llevaré mi voz.

No necesitaba más.

Era simple, pero escondía una promesa.

Me quedé un rato mirando la pantalla del teléfono, las palabras grabadas ahí como si tuviera peso propio.

Después lo dejé sobre la mesa y fui a la cocina. El reloj marcaba las tres de la mañana.

Encendí una luz tenue, suficiente para ver los ingredientes que había dejado listos.

No podía dormir, pero sí podía cocinar.

Cocinar era mi forma de respirar.

Saqué harina, huevos, un poco de miel y frutas frescas. Decidí preparar un pastel pequeño, algo que pudiera compartir sin parecer un gesto exagerado.

Pero al mezclar la masa, me di cuenta de que no era un pastel lo que estaba preparando.

Era una manera de decir te estuve esperando.

Cada movimiento era lento, medido, casi reverente.

Me sorprendía lo cuidadosa que estaba siendo con los detalles: la forma, el brillo del glaseado, la temperatura exacta del horno.

El silencio de la madrugada solo era interrumpido por el sonido del batidor y el golpeteo suave de la cuchara de madera.

Afuera, la lluvia comenzaba a caer.

No fuerte, sino como un murmullo.

Pensé en ella.

¿Estaría despierta también? ¿Pensaría en mÍ?

Sonreí sin querer.

Cuando el pastel estuvo listo, lo dejé enfriar y me senté frente a la ventana.

La calle vacía, las luces tenues, el olor a pan recién horneado… todo me pareció distinto esa noche.

Como si el pueblo también supiera lo que iba a pasar.

Amaneció sin que me diera cuenta.

El cielo se tiño de naranja y el aire se volvió más ligero.

Lavé mis manos, recogí el cabello y abrí la puerta para dejar entrar la brisa fresca.

No tardaron en aparecer Kendra y Lina, como si el destino las hubiera mandado a interrumpir mis pensamientos.

—¿No dormiste, verdad? —preguntó Kendra, apoyándose en el marco de la puerta con su sonrisa traviesa.

—No tenía sueño.

—Mentira —intervino Lina, con tono suave pero certero —. Cuando dices eso, es porque te pasaste la noche pensando en algo… o en alguien.

Suspiré. No tenía energía para esquivar preguntas.

—Solo estuve cocinando —dije, y traté de sonar tranquila.

Las dos se miraron, y su silencio fue una risa contenida.

Kendra caminó hasta la barra y olió el aire.

—¿Miel y fresas?

—Sí.

—Y flores… —añadió, señalando el ramo que descansaba junto al horno.

Lo había preparado al amanecer: campanillas azules, tulipanes rojos, claveles rosados y lirios blancos.

Cada flor tenía un significado.

Y aunque no creía en el lenguaje de las flores, esa mañana sentí que las necesitaba para hablar por mí.

—Entonces… ¿la cita es hoy? —preguntó Lina, arqueando una ceja.

—No es una cita —respondí automáticamente.

—Claro —rió Kendra —, solo vas a encontrarte con la chica que te inspira poemas y para la que horneas pasteles a las tres de la mañana.

No respondí.

Solo respiré hondo, intentando disimular la sonrisa que me temblaba en los labios.

—Deberías llevar un suéter —dijo Lina, más seria —. Está nublado y te conozco, siempre terminas con frío cuando estás nerviosa.

Asentí. Tomé el ramo con cuidado, como si fuera algo vivo, y lo envolví en un pañuelo de lino blanco.

Luego puse el pastel en una caja de madera junto con dos vasos y una jarra pequeña de jugo.

Sencillo.

Cálido.

Como ella.

Cuando salí, Kendra se asomó a la calle.

—¡Suerte, jefa!

—Y sonríe —añadió Lina, riendo —. Ya no tienes esa cara de piedra. Aprovecha antes de que vuelva.

Les lancé una mirada que intentó ser seria, pero la risa se me escapó igual.

El camino hacia el parque era corto, pero esa mañana pareció eterno.




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