El sol comenzaba a bajar, y el cielo se vestía con esos tonos que solo existen cuando el día se niega a morir: naranjas suaves, rosados que se diluyen, una luz dorada que parecía hecha para detener el tiempo.
Elisa estaba frente a mí, con el ramo de flores apoyado a un costado, mientras observaba el río. No decía nada. No hacía falta.
Yo tampoco podía hablar.
Tenía miedo de que cualquier palabra rompiera la calma que se había formado entre nosotras, tan frágil y preciosa como una burbuja.
El sonido del agua, el canto de algún ave lejana, la brisa que hacía danzar las hojas… todo parecía respirar al mismo ritmo que ella.
Elisa.
Mi caos dulce.
Mi imposible cada vez más cercano.
Tomé aire y cerró los ojos.
Sus labios se movieron, y su voz —tibia, delicada— se mezcló con el rumor del río:
“Si me pierdo, que sea en tu mirada,
donde el silencio aprende a hablar…”
era una melodía nueva, suya.
La reconocí por el temblor en sus notas, ese temblor que no era miedo, sino de sentir demasiado.
No pude evitarla mirarla.
La forma en que su cabello se movía con el viento, el leve movimiento de sus manos mientras cantaba, la emoción que se escapaba de su pecho como si cada palabra fuera un secreto revelado.
Cuando terminó, el silencio volvió.
Solo nuestras respiraciones quedaban, mezcladas con el sonido del agua.
—¿La escribiste tú? —pregunté, con la voz más baja de lo que quería.
Asintió, sonriendo apenas.
—Ayer en la noche… —dijo —. No podía dormir.
“Yo tampoco”, pensé, pero no lo dije.
—¿Te inspiró algo… o alguien? —quise saber.
Me miró.
Y por primera vez, no apartó la mirada.
—Sí —dijo, sin dudar.
Su respuesta se quedó flotando entre nosotras, sin explicación, sin nombre. Pero lo entendí.
El silencio volvió a ser nuestro refugio.
Saqué la jarra de jugo y serví dos vasos, solo para hacer algo con las manos.
Ella se acercó un poco más, tanto que pude sentir el roce de su rodilla contra la mía.
Mi respiración cambió.
La suya también.
—Gracias por venir —dijo, rompiendo la calma con esa voz que me desarma.
—No podía no hacerlo.
Elisa rió suavemente.
—Eso sonó a poema.
—Quizá lo sea —respondí, y nuestras miradas se encontraron otra vez.
Esa línea invisible que habíamos estado evitando durante semanas estaba ahí, latiendo entre nosotras.
Podía sentirla.
Podía casi tocarla.
El sol siguió bajando, tiñendo todo de cobre.
Un par de mariposas pasaron cerca, y el reflejo del agua se movía sobre su rostro.
Pensé que no había nada más hermoso que eso.
Ella bajó la mirada, y luego la levantó de nuevo.
—A veces pienso que tengo miedo —dijo de pronto.
—¿De qué?
—De sentir demasiado.
—Yo también —respondí, sin pensarlo.
No sé en qué momento ocurrió, pero nuestras manos se encontraron en medio del mantel.
Fue apenas un roce, una casualidad que duró demasiado como para serlo.
Elisa entrelazó sus dedos con los míos.
Su piel era cálida, suave.
Y el mundo entero pareció detenerse.
El río respiró con nosotras.
El viento se calmó.
Solo quedaban nuestros ojos, buscando algo que no se atrevía a nombrarse.
Ella se inclinó un poco.
Yo también.
Podía sentir su aliento, el olor dulce de las flores, la promesa que nos separaba por un hilo.
Y entonces…
Un movimiento torpe.
La jarra se inclinó, el mantel se deslizó y, entre risas y sobresaltos, terminamos cayendo hacia un costado.
Mis manos fueron a su espalda para sostenerla, y ella quedó sobre mí, tan cerca que mi corazón perdió el ritmo.
Nos miramos. La risa murió despacio, convertida en algo más.
Sus ojos bajaron hacia mi boca, y los míos hacia la suya.
No hubo beso.
Solo esa tensión, esa distancia mínima donde habita todo lo que podría ser.
Y en esa nada que nos separaba, lo entendí:
ya no había vuelta atrás.