El amanecer me encontró despierta.
No fue el ruido de la calle, ni el canto del gallo que siempre se adelanta al sol.
Fue el recuerdo.
La sensación cálida que se quedó entre mis manos después de tocar las suyas.
El eco de su risa, la caída torpe, el casi beso.
Abrí los ojos y por un momento dudé si todo había sido un sueño.
Elisa, el río, su voz cantando.
Pero la flor que traje de regreso —una campanilla que se había quedado entre las páginas de mi libreta— me recordó que fue real.
El día me recibió con una luz suave.
El pueblo aún despertaba, y el aroma a pan recién horneado flotaba en el aire.
Me vestí despacio, con una camisa blanca y el delantal limpio, intentando parecer la misma de siempre, aunque sabia que ya no lo era.
Bajé al restaurante.
El silencio me acompañó los primeros minutos, hasta que los pasos ligeros de Kendra rompieron la calma.
—¡Buenos días, jefa de piedra! —dijo con ese tono burlón que siempre usa para provocarme.
No respondí. Solo serví café.
Ella me miró, ladeando la cabeza.
—Oye… —entrecerró los ojos—. ¿Acabo de ver una sonrisa?
Me giré para esconderla, pero ya era tarde.
Kendra dio un grito exagerado.
—¡Lina! ¡Ven rápido! ¡Diana está sonriendo sin que la obliguen!
Lina apareció desde la cocina, con las manos llenas de harina.
—¿Qué hiciste ahora, Kendra?
—Nada —dije, sirviendo otra taza—. Solo dormí bien.
Lina arqueó una ceja.
—¿Dormiste… bien? Eso sí que es nuevo.
Las dos me rodearon como si observaran un fenómeno raro-
Kendra apoyó el codo en la barra.
—¿Tiene nombre este milagro o seguimos fingiendo que es por el descanso?
—Tiene nombre, pero no pienso decírtelo —murmuré.
Kendra soltó una risita.
Lina, más discreta, sonrió sin decir nada.
—Sea lo que sea —dijo ella —, te hace bien. No lo arruines.
No lo arruines.
Sus palabras se quedaron en la cabeza, rebotando como una promesa.
La mañana transcurrió entre el aroma a café, el ruido de los platos y las voces de los clientes.
Pero cada vez que la puerta se abría, mi pecho se tensaba con una mezcla de nervios y esperanza.
Hasta que finalmente, la vi.
Elisa estaba en la entrada, con un vestido azul claro y el cabello recogido a medias.
Llevaba un cuaderno en una mano y una sonrisa pequeña, como si no supiera si debía entrar o no.
—Buenos días —dijo, mirándome.
—Buenos días —respondí, intentando que la voz no temblara.
Kendra y Lina se miraron, y luego a mí, con una sonrisa que no presagiaba nada bueno.
—Oh, oh —murmuró Kendra—. Ya entendí todo.
—Silencio —dije en voz baja.
Elisa se acercó al mostrador.
—¿Te interrumpo?
—Nunca —respondí.
Ella rió suavemente.
—Traje esto —dijo, mostrando el cuaderno—. Anoche terminé la canción.
Mis dedos rozaron la portada, y sentí una punzada en el pecho.
—¿Puedo leerla?
—Solo si prometes no juzgarla.
—Prometido.
Nos sentamos en una de las mesas del fondo, lejos del bullicio.
Mientras ella hablaba, mis ojos se perdían en sus gestos, en la manera en que se detenía a pensar antes de decir algo.
Había algo en su forma de estar presente que hacia que todo lo demás desapareciera.
—¿Sabes? —dijo Elisa de pronto, bajando la mirada —. Estuve pensando en ayer.
El corazón me dio un salto.
—¿Sí?
—Fue lindo —susurró.
—Lo fue —respondí, sin atreverme a decir más.
—Casi… —empezó a decir, pero se detuvo.
—Sí —dije, completando la frase en silencio.
Una pausa larga.
Elisa jugueteó con una servilleta.
—No sé si debería decirte esto —continuó—, pero cuando canté, pensé en ti.
Mi respiración se detuvo un instante.
No podía mirar directamente, así que me concentré en la taza entre mis manos.
—Entonces… la canción…
—Sí —dijo ella, y su voz se quebró apenas —. Eres tú.