Dormí poco esa noche.
No porque tuviera pesadillas, sino porque cada vez que cerraba los ojos volvía a ver su rostro iluminado por las farolas del jardín, la manera en que me abrazó antes de marcharse, el leve temblor en sus dedos cuando nuestros brazos se rozaron.
Era como si mi mente no quisiera soltar nada de lo que había vivido con ella.
La mañana me recibió con un aire tibió, con ese aroma a tierra húmeda que deja la niebla al retirarse.
El restaurante aun estaba cerrado, y por primera vez en mucho tiempo no sentí prisa por abrir.
Me quedé sentada frente a la ventana, viendo cómo el pueblo despertaba.
Había algo diferente en mí, algo que no podía nombrar, pero que me mantenía viva.
Mientras preparaba café, sonó el teléfono del local.
Contesté con la voz aún somnolienta.
—¿Diana? —era Elisa.
Su tono era alegre, pero había un temblor en cada palabra.
—Hola —respondí, intentando no sonar demasiado sorprendida —. Buenos días.
—Buenos días —repitió —. ¿Tienes planes hoy?
—Solo sobrevivir al día.
Rió suavemente.
—Entonces podías venir a mi casa… si quieres.
El silencio que siguió fue breve, pero bastó para que mi corazón tropezara con su propio ritmo.
—¿A tu casa?
—Sí. Quiero mostrarte algo.
—¿Algo?
—Mi rincón —dijo. Donde escribo, practico, me escondo cuando el mundo me exige demasiado.
Su voz bajó un poco—. Prometo que hay café y algo de pastel.
Sonreí sin poder evitarlo.
—No tienes que convencerme con comida.
—Entonces ven —dijo—. Te espero después del mediodía.
Colgué el teléfono y me quedé quieta un momento, con la taza en las manos.
Mi reflejo en el vidrio mostraba a alguien que, sin darse cuenta, estaba empezando a dejar caer las defensas.
El sol estaba en lo alto cuando cerré el restaurante.
Kendra y Lina se quedaron a cargo, no sin antes lanzarme miradas cómplices.
—¿Así que vas “a ver algo”? —preguntó Kendra, exagerando las comillas con los dedos.
—Sí. Algo.
—Ajá. “Algo” que te tiene sonriendo desde ayer.
—Deja de imaginar cosas.
Lina intervino con su serenidad habitual.
—No la presiones, Kendra. Todos tenemos derecho a un poco de misterio.
—Misterio mis ojos, eso huele a cita —dijo Kendra entre risas.
No respondí. Tal vez porque, en el fondo, también lo sentía así.
La casa de Elisa quedaba al borde del pueblo, justo donde comenzaban los caminos de tierra.
Era una construcción antigua, con paredes color marfil y enredaderas trepando por los muros.
En la entrada, un jazmín se abría paso entre las macetas, llenando el aire con un perfume suave.
Toqué el timbre.
La puerta se abrió y ella pareció, con el cabello suelto y una camisa blanca de mangas arremangadas.
Sonreía, y la luz del mediodía parecía seguirla a donde fuera.
—Llegaste —dijo.
—Te lo prometí.
Me dejó pasar.
El interior era cálido, lleno de vida.
Había libros apilados en los rincones, partituras abiertas sobre una mesa, y fotografías enmarcadas en las paredes: paisajes, rostros, instantes.
Cada objeto parecía tener una historia que solo ella conocía.
—Es… hermoso —murmuré.
—Es un desastre —corrigió, riendo—. Pero es mío.
Nos adentramos hasta una habitación al fondo.
Allí estaba su guitarra, apoyada contra la pared, y un pequeño escritorio cubierto de notas y hojas.
En una esquina, una planta florecida daba un toque de verde al espacio.
—Aquí nacen las canciones —dijo ella, con cierta timidez.
—Y los sueños —agregué.
Elisa me miró de reojo, como si no esperara la respuesta.
—A veces pienso que los sueños son como notas sueltas: si no las tocas a tiempo, se pierden.
—O cambian de forma —dije, tocando una de las partituras —.
—Como el amor.
La frase quedó flotando entre las dos, silenciosa, viva.
Intenté desviar la atención hacia la guitarra.
—¿Me tocarás algo?
—Solo si prometes no reírte si me equivoco.
—No sé reírme de eso.
Se sentó y empezó a tocar.