Cuando florezca tu nombre

Capítulo XXV: Las palabras que no se dicen

El amanecer llegó sin permiso.

El cielo se teñía de un gris suave que se disolvía lentamente en dorado, y yo ya estaba despierta desde mucho antes.

No podía dormir, cada vez que cerraba los ojos veía el reflejo de Elisa junto a la ventana, con la guitarra en brazos, su voz deslizándose entre las notas, su risa contenida cuando decía algo para romper el silencio.

El ramo de flores que me había regalado descansaba sobre la mesa, dentro de un pequeño florero de vidrio.

Las campañillas se habían abierto un poco más durante la noche, y los lirios aún conservaban gotas de agua en sus pétalos.

Era absurdo, pero desde que estaban ahí, el lugar parecía distinto.

Menos frio, menos vacío.

Encendí la cafetera y comencé la rutina habitual.

El aroma del café llenó la cocina, pero no tenía el mismo efecto de siempre.

Mis movimientos eran automáticos: sacar la harina, preparar la masa, cortar frutas, revisar la lista de ingredientes.

Todo en orden, todo igual que siempre.

Y, sin embargo, cada paso se sentía distinto.

Kendra fue la primera en llegar, con su energía inagotable y ese silbido que usaba cuando sabía que algo andaba mal.

—Buenos días, jefa de sonrisa nueva.

—¿Qué? —pregunté, levantando la vista.

—Nada, nada… —sonrió de lado —. Pero esa expresión tuya es nueva. Como si hubieras visto algo bonito y no quisieras admitirlo.

No respondí.

Solo seguí amasando, fingiendo concentración.

Lina entró poco después, con su calma habitual y una mirada que siempre parecía entender más de lo que decía.

—¿Todo bien, Diana?

—Sí, solo un poco cansada.

—¿Cansada o distraída?

Dejé caer la espátula en el cuenco y suspiré.

—No empieces tú también.

Ambas se rieron.

El sonido llenó el espacio, y por un momento sentí que el restaurante volvía a tener ese aire de hogar que a veces perdía entre la rutina.

Cuando abrimos las puertas, la mañana ya estaba viva: el murmullo de la gente, los pasos en la calle, el ruido de los puestos en el jardín del centro.

El anuncio del Festival de la Luz colgaba en cada esquina.

Apenas faltaban tres días.

Cada vez que veía el cartel con el nombre de Elisa, mi pecho se encogía.

La imaginaba sobre el escenario, cantando bajo las luces, con esa fuerza tranquila que solo ella tenía.

Y yo… yo todavía no sabía qué lugar ocupaba en su historia.

A media mañana, el restaurante estaba lleno.

Las mesas se llenaban y vaciaban sin pausa.

Yo atendía con una sonrisa mecánica, anotando pedidos, sirviendo platos, respondiendo preguntas que olvidaba segundos después.

Entre una orden y otra, noté que alguien se acercaba al mostrador.

Al principio no la reconocí.

Cabello oscuro, suelto sobre los hombros, una expresión serena pero curiosa.

Cuando habló, supe quién era.

—¿Diana? —dijo Ema, la hermana de Elisa.

Me sorprendió verla allí.

Llevaba una bufanda azul y un cuaderno entre las manos.

—Ema. Qué sorpresa. ¿Te sirvo?

—Un té, si no es molestia.

—Claro que no.

Preparé la bebida mientras ella observaba el local.

Su mirada recorría las paredes, las plantas, los cuadros; se detuvo un momento en el florero con las flores que me había dado su hermana.

Sonrió, como si entendiera algo sin que yo tuviera que explicarlo.

—Mi hermana tiene buen gusto —comentó, cuando le dejé la taza frente a ella.

—Sí. Me las dio ayer.

—Lo sé. No dejó de hablar de ti en toda la noche.

Me quedé quieta un instante.

No sabía si sonreír o salir huyendo.

Ema apoyó los codos sobre la mesa, entrelazando los dedos.

—No vine a incomodarte —dijo con voz tranquila —. Solo quería hablar un poco.

Asentí intentando mantener la calma.

—Te escucho.

—Elisa… —empezó — no es muy buena hablando de lo que siente. Siempre ha sido así. Cuando algo la emociona o la asusta, lo transforma en canciones.

—Sí, lo noté —murmuré.

—Pero hay cosas que ni siquiera las canciones logran decir del todo.

La miré sin atreverme a interrumpir.

Ema tomó un sorbo de su té antes de continuar.

—Sé que ella te aprecia más de lo que está dispuesta a admitir —dijo con suavidad —. Y que tú también sientes algo por ella.




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