El cielo parecía contener la respiración.
Las nubes, bajas y pesadas, habían comenzado a agruparse sobre el pueblo, como si también esperaran algo. Desde la terraza, el aire olía a lluvia, a tierra dispuesta a abrirse.
A mi lado, Elisa hablaba en voz baja, pero su tono tenía esa tibieza que atraviesa el ruido del viento y llega directo al pecho.
Yo apenas la escuchaba.
No por desinterés, sino porque me era imposible concentrarme cuando sus palabras se mezclaban con el sonido de su respiración y con la forma en que la luz temblaba en sus ojos.
Sobre el alfeizar, la pequeña maceta descansaba quita. Una hoja recién abierta temblaba como una pestaña a punto de cerrarse.
No había flor todavía, solo promesa.
—¿Crees que mañana llueva de verdad? —preguntó Elisa, mirando al cielo, como si buscara entre las nubes alguna respuesta amable.
—Ya casi se siente —respondí, una media sonrisa—. El aire cambia antes de la primera gota… siempre avisa.
Ella asintió, acercándose un poco más, lo suficiente para que su hombro rozara el mío. Fue un leve roce, pero sentí el calor que dejó, como si mi piel hubiera esperado esa chispa toda la noche.
Me obligue a apartar la vista.
El viento jugaba con el borde de su blusa y con algunos mechones sueltos que parecía reírse del silencio.
—No sabía que te gustara mirar las tormentas —dijo ella.
—No me gustan las tormentas —respondí despacio—, me gusta lo que dejan después. El olor, la calma… esa sensación de que el mundo respira de nuevo.
Ella sonrió, pero no me miró.
Estaba tan cerca que podía ver cómo su garganta se movía al tragar, cómo la respiración se volvía un poco más lenta.
—Diana… —su voz titubeó, y por un instante pensé que iba a decir algo más, algo que yo tal vez llevaba semanas queriendo escuchar —. Gracias por hoy.
—¿Por hoy? —repetí, intentando que mi voz no sonara tan nerviosa.
—Por todo. —Sus labios formaron una sonrisa pequeña, de esas que no se sostienen mucho tiempo pero dejan una marca invisible —. Hacía mucho tiempo que no me sentía así… tranquila.
Tranquila.
Yo también debería sentirme así, y sin embargo algo dentro de mí se revolvía, como si las palabras no bastaran.
La miré. Y fue entonces cuando noté lo cerca que estábamos, lo sencillo que sería inclinarme apenas un poco, rozar su boca, borrar la distancia que tanto nos había constado mantener.
El trueno llegó justo entonces.
Un rugido profundo que pareció partir el cielo en dos. Elisa dio un pequeño salto, y nuestras frentes chocaron torpemente.
Nos reímos. Fue una risa breve, nerviosa, pero real.
Cuando intentamos levantarnos del suelo —porque, sin saber cómo, habíamos terminado sentadas una frente a la otra, riendo entre los cojines de la terraza—, ella tropezó con una de las mantas. Yo traté de sujetarla y terminé cayendo también.
Nuestros rostros quedaron tan cerca que podía contar las pestañas que tenía, sentir su respiración temblando contra la mía.
Por un instante, el tiempo no avanzó.
Solo existían sus ojos y el leve temblor de su boca.
No hubo beso.
Solo el casi. El roce suspendido, el deseo contenido en el espacio diminuto que todavía nos separaba.
Elisa fue la primera en apartarse, riendo para disimular el temblor de su voz.
—Parece que la tormenta nos ganó.
Yo asentí, intentando recuperar el aire.
—Sí… pero no me molesta. —Mi voz sonó más suave de lo que esperaba.
Recogí las cosas, fingiendo calma. Pero mis manos temblaban. Cada pequeño gesto parecía tener más peso del que debía.
Cuando terminé de guardar la comida, extendí mi mano hacia ella.
—Ven, te llevo a casa antes de que empiece a llover de verdad.
Elisa la tomó.
Su mano era cálida, firme. Y, por alguna razón, no la soltó en todo el camino de regreso.
Caminamos despacio, hablando de cualquier cosa: los gatos que se escondían bajo los puestos, el sonido de las ramas movidas por el viento, la forma en que el pueblo parecía contener el aliento ante la inminencia de la lluvia.
Frente a su casa, la dejó con una sonrisa nerviosa.
—Gracias por acompañarme —dijo ella.
—No tienes que agradecer. —Hice una pausa, dudando—. Elisa…
Pero no terminé la frase.
Ella me miró con esos ojos suyos que siempre parecen saber más de lo que dicen, y con un gesto pequeño, casi imperceptible, me rozó la mano antes de entrar.
Cuando la puerta se cerró, el cielo por fin cedió.
La primera gota cayó sobre mi rostro, fría, limpia, como un recordatorio.
Al regresar al restaurante, subí otra vez a la terraza. La maceta seguía allí, en silencio, con la hoja temblando bajo la lluvia.