Cuando florezca tu nombre

Capítulo XXVII: La lluvia que despierta

Desperté antes de que amaneciera del todo.

La lluvia seguía cayendo, más suave ahora, como si el cielo respirara con calma después del desahogo de la noche. El sonido del agua golpeando el tejado tenía un ritmo constante, casi maternal, que me obligaba a quedarme quieta.

No recordaba haber dormido, solo haber cerrado los ojos por un instante y ver su rostro entre el sonido de los truenos.

Elisa, con esa manera suya de mirar que parece pedir permiso hasta para soñar.

Elisa, que aún estaba cerca, incluso en la distancia.

Me levanté despacio. La terraza olía a tierra mojada, a madera húmeda, a aire limpio.

La maceta seguía en el alféizar, cubierta por diminutas gotas que brillaban como si el amanecer estuviera escondido dentro de ellas.

El brote seguía allí, firme. Y algo en su quietud me reconfortó.

Encendí una pequeña lámpara, tomé mi cuaderno y me senté a escribir.

No para entender —porque no sabía si podía entenderlo aún—, sino para no olvidar lo que sentía.

A veces escribir es la única forma de no romperse.

La lluvia no pregunta,

solo cae,

sin saber si el suelo la espera.

Yo tampoco supe si tú esperabas,

cuando el aire se detuvo entre tu boca y la mía.

No hubo beso,

solo el temblor del intento,

el roce que florece sin tocar.

Y sin embargo,

algo germinó.

Tal vez la flor aún no se atreve,

pero el agua ya sabe su nombre.

Dejé el bolígrafo sobre la mesa y suspiré.

El poema no me calmó, pero sí me hizo menos vacía.

Era como si mis palabras me devolvieran un reflejo que aún no quería mirar del todo.

Me serví una taza de café y observé la calle desde la ventana.

El pueblo estaba medio dormido, envuelto en el gris de la mañana. Algunos puestos del mercado seguían cerrados; otros abrían con lentitud, dejando que el vapor del pan recién hecho se mezclara con la neblina.

Pensé en ella.

En su voz temblando cuando dijo “gracias por hoy”.

En la manera en que su mano se quedó en la mía más tiempo del necesario.

Y en lo fácil que habría sido dar un paso más… si no me diera tanto miedo lo que podría pasar después.

Me apoyé en la baranda y miré el horizonte.

La lluvia empezaba a detenerse. Entre las nubes, una línea dorada se abría paso, delgada, casi tímida.

Era un amanecer sin ruido, uno de esos que solo los que madrugan pueden ver.

No sé si era el cansancio o la sensación de haber cruzado una frontera invisible, pero todo me parecía diferente.

Más claro.

Más vulnerable.

Pensé en escribirle, pero no lo hice.

Pensé en ir a buscarla, pero tampoco me moví.

A veces uno necesita dejar que el día se asiente antes de tomar cualquier decisión.

Me gire hacia la maceta una vez más.

El brote parecía mas alto, apenas un poco, pero lo suficiente para notar que había sobrevivido a la lluvia.

Sonreí.

Tal vez eso era lo único que necesitaba por ahora: saber que algo dentro de mí también había sobrevivido.

Bajé al restaurante y empecé a preparar el pan del día.

El olor a harina y mantequilla lleno el aire, mezclándose con el recuerdo de su risa.

Elisa probablemente aún dormía. Yo, en cambio, ya estaba despierta.

Y mientras amasaba, pensé que, quizás, la próxima vez que la viera, no necesitaría esconderme detrás de mis palabras.

Quizás podría decirlo en voz alta.

O, al menos, dejar que ella lo viera en mi sonrisa.




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