Han pasado cuatro días desde la tormenta.
El pueblo volvió a llenarse de luz, de esos cielos limpios que dejan la lluvia cuando ya ha dicho todo lo que tenía que decir.
Y, sin embargo, dentro de mí, el aire seguía nublado.
No he visto ha Elisa desde aquella noche.
No porque no quiera, sino porque no sé cómo hacerlo. Cada vez que paso por la calle donde vive, mi paso se vuelve más lento, como si mis pies se resistieran a seguir. A veces llevo una canasta de pan, como excusa para acercarme… pero siempre termino doblando antes de llegar.
Y en las noches, cuando el silencio pesa, me descubro pensando qué estará haciendo, si aún recuerdo cómo sonaba su risa bajo los truenos.
El restaurante ha estado más lleno de lo habitual.
El festival se acerca, y todos parecen querer probar los platos “de la poeta”, como dicen algunos.
No sé en qué momento empecé a ser “la poeta” para el pueblo, pero la etiqueta me sigue resultando incómoda. Escribir nunca fue una forma de mostrarme, sino de esconderme.
Kendra y Lina lo notan, claro.
Intentan distraerme con sus bromas o con nuevas recetas.
Esta mañana, mientras amasaba el pan, Kendra me miro con una sonrisa de esas que avisan problemas.
—¿Vas a seguir con esa cara o vas a ir a buscarla de una vez?
—¿A quién? —pregunté, aunque la respuesta era obvia.
—A la cantante que te tiene viendo las nubes desde hace días.
Lina soltó una risa suave, limpiándose las manos con un trapo.
—Deja que se le pase. Cuando Diana se enamora, el mundo se le vuelve un poema, pero uno de esos que no quiere leer en voz alta.
No respondí.
Solo seguí amansando, intentando ignorar cómo se me calentaban las mejillas. El silencio entre los tres se llenó con el aroma del pan y el sonido de la masa al chocar contra la mesa.
Por la tarde, el sol caía despacio sobre el jardín central. Desde la ventana podía ver a los niños jugando entre los puestos, las flores recién regadas, y el aire lleno de ese brillo que deja el verano cuando todavía no se ha ido del todo.
Me gustaba mirar a la gente sin que me vieran, imaginar historias para cada una de sus sonrisas. Pero ese día, la mía se sintió prestada.
Una clienta me comentó que Elisa había estado ayudando a su hermana en la tienda de libros.
Otra, que la había escuchado cantar en el ensayo para el festival.
Yo asentí sin decir nada, aunque por dentro todo se agitaba.
Era raro. Bastaba que alguien pronunciara su nombre para que el ruido del restaurante desapareciera.
Esa noche, cuando subí a la terraza, el aire estaba más fresco.
La maceta seguía en el alféizar, y esta vez, algo había cambiado.
Entre las hojas verdes, un pequeño brote de color comenzaba a abrirse paso.
No una flor completa, solo el inicio de un pétalo, apenas visible, como si el mundo hubiera decidido susurrar en lugar de hablar.
Me quedé mirándola largo rato.
Había algo profundamente injusto en que una flor floreciera sin avisar, mientras yo seguía esperando una señal para atreverme.
Me serví un poco de té y abrí el cuaderno donde había escrito el poema de la lluvia.
Leí los versos y me descubrí sonriendo.
Ya no me dolían como antes.
Había una ternura en ellos, una calma nueva, como si el silencio también pudiera cuidar lo que siembra.
Pensé en escribirle a Elisa, pero no lo hice.
A veces, el impulso más fuerte es el que uno debe guardar un poco más.
No por miedo, sino porque algunas cosas crecen mejor cuando no se fuerzan.
El viento sopló, levantando algunas hojas de papel que tenía sobre la mesa.
Las recogí antes de que fueran volando y, entre ellas, encontré una hoja vieja, con una receta escrita por Lina. Al reverso, había un verso mío de hace años, uno que nunca terminé:
“El amor no llega con ruido,
a veces florece en la sombra,
mientras creemos estar solos.”
No recordaba haberlo escrito, pero esa línea me golpeó con una suavidad conocida.
Quizás siempre he estado esperando algo que ya estaba aquí, creciendo sin que me diera cuenta.
Cerré el cuaderno y miré el horizonte.
El sol se escondía detrás de los tejados, y por un momento, creí escuchar su voz, lejana, mezclada con el viento.
Tal vez era solo mi memoria jugando conmigo.
O tal vez, Elisa, también estaba pensando en mí, en otro rincón del pueblo, mirando el mismo cuelo.
Cuando bajé las luces y me preparé para dormir, me detuve frente a la maceta una vez más.