El pueblo despertó antes que el sol. Desde la ventana de mi habitación, podía ver el movimiento de las primeras personas bajando cajas, extendiendo manteles de colores y levantando toldos que pronto cubrirían las calles principales. El aire olía a madera recién humedecida y a pan horneado. Los sonidos eran suaves al principio: pasos apresurados, voces que se mezclaban con el canto de los gallos, el crujido de las tablas mientras montaba los escenarios.
Bajé las escaleras todavía con el cabello recogido y las mancas de la camisa arremangadas. En la cocina ya había vida. Kendra movía una olla enorme con una sonrisa exagerada, y Lina acomodaba los envases con esa calma suya que siempre contrarrestaba la energía de Kendra.
—Buenos días, jefa —dijo Kendra fingiendo formalidad mientras me miraba con las manos en la cintura—. ¿Lista para alimentar a medio pueblo?
—Ya casi —respondí, tomando una cuchara para probar la salsa. Esta perfecta, aunque no lo dije.
Lina rió por lo bajo. —Si te mira así, Kendra, es que aprobó.
—Claro, su silencio dice más que mil palabras —bromeó Kendra—. Aunque podrías sonreír un poco, Diana. Hoy es día de fiesta, no de funeral.
Negué con la cabeza, pero sentí el leve tirón en las mejillas. Era cierto: el aire de ese día tenía algo diferente.
Salimos al frente del restaurante y el jardín central ya se llenaba de puestos. Los niños corrían con guirnaldas de papel y las mujeres colocaban macetas rebosantes de flores. Había un olor dulce en el aire, mezcla de miel, pétalos y tierra húmeda.
Lina se encargó de revisar los postres, mientras Kendra decoraba la mesa con cintas verdes y naranjas. Yo solo observaba. Ver el movimiento del pueblo, la gente sonriendo, las risas que se escapaban de cada rincón… hacía tiempo que no sentía algo tan ligero.
—No te escondas detrás de los platos, Diana —dijo Lina de pronto, sacándome de mis pensamientos—. Hoy podrías disfrutar un poco.
—Disfruto cocinando —respondí, sin pensarlo.
—Mientes —replicó Kendra con una carcajada—. Disfrutas mirando, pero no participando.
No dije nada. Tenían razón. A veces sentía que era parte del lugar solo a medias, como si mis pies siempre estuvieran listos para dar un paso atrás.
El sol ya se elevaba cuando el bullicio creció. Los músicos probaban los instrumentos, los niños ensayaban bailes improvisados, y el aroma de las frituras llenaba el aire. Lina trajo una jarra de agua fresca, y las tres nos sentamos un momento bajo la sombra.
Fue ahí cuando la vi.
Entre los puestos de flores, una figura familiar se movía con suavidad. Elisa.
Llevaba el cabello recogido en una trenza, con algunos mechones sueltos que el viento jugaba enredar. Estaba ayudando a colocar los adornos en el escenario principal, si riza mezclándose con las voces de los demás.
Sentí algo en el pecho, una presión leve pero constante, como si el aire se volviera más denso.
No esperaba verla tan pronto. Ni así.
Kendra siguió mi mirada y, con una sonrisa que no necesitaba palabras, me dio un suave codazo.
—¿Quieres que le lleve algo de comer? —susurró.
—No —dije rápido. Demasiado rápido.
Lina me miró con esa calma suya que a veces desarma. —Entonces ve tú. No puedes evitarla para siempre.
No respondí. Me levanté con la excusa de revisar las mesas, pero mis pasos me guiaron hacia el otro extremo del jardín, justo donde ella estaba.
Elisa se inclino para colocar una guirnalda cuando alguien la llamó desde el escenario. Se giró, y sus ojos se cruzaron con los míos.
No hubo sorpresa. Solo esa expresión suya, suave, que parecía decir “te estaba esperando”.
Me acerque despacio.
—Buenos días —fue lo único que se me ocurrió decir.
—Buenos días —respondió, sonriendo. Su voz tenía ese tono amable que siempre me desarma—. Se ve hermoso todo esto, ¿verdad?
Asentí. —Sí, el pueblo parece otro.
Por un momento quedamos en silencio, mirando cómo los demás terminaban de decorar. Luego, ella bajó la vista y jugó con los dedos, nerviosa.
—Voy a cantar esta tarde —dijo al fin, como si necesitara recordárselo a sí misma—. Será mi tercera presentación en público.
No supe qué decir. Solo escuché cómo el sonido del viento movía las guirnaldas sobre nosotras.
Elisa respiró hondo y, con una valentía temblorosa, agregó:
—Quisiera que vinieras.
Mis manos se tensaron por reflejo, pero no aparté la mirada. vi la ilusión en sus ojos, esa chispa que había echado tanto de menos.
No dije nada.
Solo asentí, muy despacio.
Su sonrisa se ensanchó, suave, genuina.
—Entonces te buscaré entre la gente —dijo antes de que alguien más la llamara desde el escenario.
La vi alejarse, su trenza balanceándose con cada paso. Cuando desapareció entre los demás, que quedé quieta unos segundos, mirando el cielo.