Cuando florezca tu nombre

Capítulo XXX: Luces, música y alegría

El aire del festival estaba cargado de risas, de luces parpadeando como luciérnagas inquietas, de aromas dulces que se mezclaban con el polvo del suelo. Todo el pueblo parecía moverse al mismo ritmo, como si esa noche no existiera otra preocupación que disfrutar.

Yo no recordaba haber visto tantas sonrisas juntas desde hacía años.

Aun así, mis manos temblaban ligeramente.

No sabía si por el frío o por la espera.

Desde la esquina del escenario, observaba cómo los grupos pasaban uno tras otro.

Algunos bailaban, otros recitaban poemas o tocaban guitarras mal afinadas. Pero cuando dijeron el nombre de Elisa, el murmullo se apagó como si alguien hubiera cerrado el mundo con una sola respiración.

Ella subió al escenario con paso firme, aunque sus dedos jugaban nerviosos con el micrófono. Vestía de blanco, con una cinta azul atada al cabello. Su mirada buscó algo entre la gente, y cuando me encontró, sonrió.

No fue una sonrisa cualquiera. Fue una de esas que se quedan grabadas en los huesos.

La música comenzó suave, una melodía que reconocí al instante.

Era una versión distinta de la canción que había estado componiendo.

Más viva, más segura.

Cada palabra parecía llevar un mensaje escondido, uno que solo yo entendía.

“Y si florece el miedo, que florezca también la esperanza…”

Mi pecho se tensó.

Sentí que el aire se volvía más denso, más cálido.

Y cuando ella cantó la ultima línea, su voz se quebró apenas, no por error, sino por emoción. El aplauso fue tan fuerte que casi me hizo retroceder, pero yo no podía moverme.

Solo miraba.

Cuando bajó del escenario, la multitud la rodeó. Felicitaciones, risas, abrazos.

Yo permanecí a un lado, sin atreverme a acercarme.

Hasta que la vi abrirse paso entre la gente, caminando directo hacia mí.

Tenía las mejillas rojas, los ojos brillantes, y un trozo de cinta azul en la mano.

—¿Qué te pareció? —me preguntó, con una risa que parecía no caberle en la voz.

—Increíble —respondí, intentando no decir “me hiciste temblar”.

—¿En serio? —me miró con esa mezcla de duda y esperanza—. Porque cada nota… cada palabra, era para ti.

Mi corazón se detuvo por un segundo.

No supe qué responder, así que hice lo que mi cuerpo decidió por mí.

La abracé.

Fue un gesto natural, sin pensar, sin miedo.

Ella no se movió, solo apoyó su cabeza en mi hombro.

Todo el ruido alrededor se desvaneció, como si el mundo nos diera un breve permiso de existir sin disimulos.

El calor de su piel, el aroma de su cabello, la tranquilidad que se apoderó de mí…

Era la primera vez en mucho tiempo que me sentía completamente viva.

Cuando nos separamos, las luces del escenario cambio de color, tiñendo el cielo de naranja y violeta. Elisa levantó la mirada y susurró:

—¿Te gustaría quedarte a ver las últimas presentaciones conmigo?

—Claro —dije, sin dudar.

Y por primera vez, la palabra “claro” no me sonó como un compromiso, sino como una promesa.

Nos quedamos juntas hasta que las luces comenzaron a apagarse una por una.

El festival terminó, pero algo dentro de mí seguía encendido.

Mientras la acompañaba entre los puestos que ya cerraban, me di cuenta de que mis labios aún recordaba la forma de su nombre.

Y por primera vez, no me dio miedo admitirlo:

Estaba enamorada.




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