La música del festival se fue apagando lentamente a nuestras espaldas. Las luces colgantes, que horas antes parecían estrellas apagadas, comenzaban a extinguirse una por una, como si el cielo recuperara su lugar natural. Caminábamos despacio, con el eco de las risas aún flotando en el aire. Elisa llevaba sus zapatos en la mano, y sus pasos descalzos sobre el empedrado hacían un sonido suave, casi imperceptible.
No hablábamos.
Pero el silencio no era incómodo.
Era ese tipo de silencio que nace cuando ya no hace falta explicar nada.
El viento comenzó a soplar más frío. Las nubes cubrieron la luna, y una gota cayó justo en su mejilla. Ella levantó la vista y sonrió.
—Parece que la lluvia quiere despedirse también —dijo con voz baja.
—O darnos prisa —respondí, medio riendo.
Aceleramos el paso. Las primeras gotas cayeron dispersas, pero pronto se volvieron constantes. Me quité la chaqueta y la extendí sobre su cabeza, cubriéndola a medias. Ella protestó al principio, pero terminó aceptando, sujetándola con una mano mientras con la otra sostenía la mía.
Y así, bajo esa lluvia que apenas empezaba, caminábamos por la calle principal del pueblo. Los faroles temblaban con el viento, y el jardín del centro, ese que tantas veces habían observado desde lejos, brillaba como si cada hoja llevara una chispa de luz.
Cuando llegamos frente a su casa, la lluvia ya era un murmullo constante.
Elisa se detuvo en el umbral y se giró hacia mí.
El cabello le caía húmedo sobre el rostro, y sus ojos tenían ese brillo que sólo se ve cuando alguien está viviendo algo que no quiere terminar.
—Gracias por acompañarme —dijo.
—No podía dejarte sola con esta lluvia —contesté, intentando sonar tranquila.
Ella dio un pequeño paso hacia mí, apenas uno.
—Diana… lo de hoy… —su voz se quebró— fue especial.
No supe si acercarme más o mantenerme firme.
Sentía el impulso de tomar su rostro, de borrar con mis dedos las gotas que resbalaban por su piel. Pero algo me detuvo. Tal vez el miedo, o tal vez la conciencia de que, si lo hacía, ya no habría vueltas atrás.
—Lo fue —respondí al fin—. Y no solo por la canción.
Elisa sonrió.
Una sonrisa leve, temblorosa, pero sincera.
—Entonces… ¿nos veremos mañana? —preguntó, como si temiera que decirlo en voz alta rompiera el hechizo.
—Por supuesto —le dije.
Nos quedamos así unos segundos más, observándonos, hasta que una ráfaga de viento nos salpicó con fuerza.
—Entra, te vas a enfermar —murmuré.
Ella asintió, pero antes de hacerlo, me tomó del brazo.
—Diana… gracias por escucharme. No solo esta noche.
No pude responder.
Solo asentí.
Y cuando la puerta se cerró detrás de ella, sentí que el silencio del pueblo se volvió más pesado.
Caminé de regreso despacio, dejando que la lluvia empapara todo: mi ropa, mi cabello, mis pensamientos.
Cada paso resonaba con una sola idea: lo que siento ya no puedo esconderlo.
Cuando llegué al restaurante, encendí una sola lámpara en la barra. Todo estaba en calma, el olor a madera mojada impregnaba el aire. Tomé una libreta del estante, una de esas donde anoto recetas y cosas que casi nunca releo, y empecé a escribir.
No una lista, no un recordatorio, sino algo distinto.
Un poema.
No sabía bien cómo empezó, pero las palabras salieron solas:
“Florece la lluvia sobre lo que callo,
y tú, tan cerca, tan mía en lo que no digo.
Si esta noche no acaba,
tal vez aprenda a llamarte destino.”
Me quedé mirando esas líneas un rato.
El sonido del agua contra los cristales era casi hipnótico.
Y en el alféizar, la pequeña maceta que Elisa me había regalado mostraba un leve brote verde, apenas visible bajo la sombra.
Una promesa silenciosa de algo que aún estaba florecer.
Apoyé la frente contra el cristal y sonreí, sin darme cuenta.
No sé si era la lluvia o la certeza que empezaba a germinar dentro de mí, pero por primera vez en mucho tiempo, no tuve miedo del mañana.