Cuando florezca tu nombre

Capítulo XXXII: Lo que florece con la tormenta

El sonido de la lluvia fue lo primero que escuché al despertar.

No era una llovizna suave como la de anoche, sino una tormenta completa, con relámpagos que hacían vibrar los cristales del restaurante y un viento que parecía venir de muy lejos. El cielo estaba tan gris que el día apenas existía.

Me quedé unos minutos mirando por la ventana.

El jardín del pueblo se veía difuso, cubierto por un velo de agua. Los puestos estaban cerrados, las luces apagadas.

Todo parecía detenido… salvo la pequeña maceta en el alféizar.

El brote verde que había visto la noche anterior se mantenía erguido, temblando, pero firme.

Suspiré.

Había dormido poco. Cada vez que cerraba los ojos, revivía el momento frente a su puerta. Elisa, mojada por la lluvia, mirándome con esa mezcla de sorpresa y ternura que me desarma.

Y yo, incapaz de hacer lo que mi corazón me pedía.

“Fue especial”, dijo.

Y lo fue. Tanto, que me asusta pensar que, si la vuelvo a ver, ya no podré fingir que no la amo.

Tomé mi delantal y bajé a la cocina. Preparar café siempre me ayuda a ordenar los pensamientos, aunque esta vez no sirvió de mucho.

El silencio del restaurante me pesaba, interrumpido solo por el golpeteo del agua contra el techo.

No esperaba visitas, ni siquiera a mis amigas. Pero a mitad de la mañana, escuché el sonido de la campanita de la puerta.

Me giré y la vi.

Elisa estaba ahí.

Empapaba de pies a cabeza, con el cabello pegado al rostro y una expresión entre nerviosa y decidida.

Traía un paraguas roto en la mano y respiraba agitada, como si hubiera corrido desde su casa.

—No podía quedarme encerrada —dijo apenas cruzó el umbral—. Sentí que tenía que verte.

Mi corazón se detuvo.

No supe qué decir.

—Vas a resfriarte —alcancé a murmurar mientras buscaba una toalla.

Ella sonrió, temblando.

—Ya estoy acostumbrada. Pero tú… tú no te escondas, ¿sí?

Esa frase me golpeó más fuerte que la tormenta afuera.

No supe si se refería a mi miedo o a algo más profundo.

Le pasé la toalla y la invité a sentarse junto a la barra. Serví dos tazas de café, aunque mis manos no dejaban de temblar.

Elisa las observó, pero no dijo nada.

—¿Dormiste bien después del festival? —pregunté, intentando sonar natural.

—Un poco. Estuve pensando mucho.

Sus ojos buscaron los míos.

Yo bajé la mirada hacia el vapor del café.

—¿En qué pensabas?

—En ti.

Sentí el aire escaparse de mis pulmones.

El sonido de la lluvia llenó el silencio entre nosotras, cada gota mercando el tiempo que tardé en atreverme a levantar la vista.

Elisa seguía ahí, mirándome con una calma que me desarmaba.

—No sé cuándo empezó —continuó ella—. Tal vez aquella vez en que probé tus postres por accidente, o cuando descubrí que tú eras Pluma. Pero desde entonces… no puedo evitar quererte.

El mundo pareció detenerse.

Solo escuchaba su voz, suave pero firme, y el retumbar del trueno lejano.

—Elisa… —susurré— no sabes cuánto temía escuchar eso.

—¿Por qué? —preguntó, acercándose un poco.

—Porque también te quiero —confesé al fin—. Y no sé si sabré hacerlo bien.

Ella dio la vuelta a la barra y se quedó frente a mí.

Sus manos estaban frías cuando tomaron las mías, pero el contacto fue tan real, tan necesario, que todo lo demás desapareció.

—No tienes que saberlo —dijo—. Solo sentirlo.

La miré.

Su cabello húmedo caía en mechones sobre sus mejillas, y sus labios temblaban ligeramente.

Hubo un momento —apenas un suspiro— en que creí que íbamos a besarnos. Pero un relámpago iluminó todo el lugar, seguido por un trueno que hizo vibrar los ventanales.

Ambas reímos, nerviosas, y el momento se disolvió como el vapor del café.

—Parece que la tormenta no piensa irse pronto —dije, intentando recuperar la calma.

—Entonces me quedaré aquí —respondió ella, con una sonrisa que me desarmó—. No quiero estar en ningún otro lugar.

Nos sentamos frente a la ventana.

El mundo afuera era una cortina gris, pero entre los relámpagos, la pequeña maceta del alféizar seguía ahí, resistiendo.

Elisa lo notó.

—¿Todavía no florece?

—Aún no —contesté—. Pero… creo que está cerca.

Ella apoyó la cabeza en mi hombro, y por primera vez, no me tensé.




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