Hay un instante que pasa desapercibido para casi todos.
No produce aplausos.
No aparece en las noticias.
No cambia el mundo de un momento a otro.
Sin embargo, es el instante que transforma por completo el destino de una persona.
Es el momento en que alguien decide dejar de huir de sí mismo.
Durante mucho tiempo creemos que el verdadero enemigo está afuera.
Pensamos que son las circunstancias.
Las decepciones.
Las injusticias.
Las pérdidas.
Las personas que no supieron valorarnos.
Las puertas que permanecieron cerradas.
Los sueños que nunca llegaron a cumplirse.
Y, ciertamente, muchas de esas experiencias dejan cicatrices profundas.
Sería injusto negarlo.
La vida hiere.
La vida sorprende.
La vida muchas veces rompe aquello que creíamos indestructible.
Pero existe una herida todavía más silenciosa.
Es la que aparece cuando dejamos de creer que podemos volver a empezar.
Esa herida casi nunca se ve.
No sangra.
No necesita vendas.
Pero poco a poco comienza a apagar la esperanza.
Y cuando la esperanza se debilita, también comienza a debilitarse la fe.
No porque Dios se haya alejado.
Sino porque el corazón deja de mirar hacia Él.
Es como caminar durante una noche muy oscura llevando una lámpara apagada.
La luz siempre estuvo allí.
Simplemente dejamos de encenderla.
Dios jamás deja de iluminar.
Somos nosotros quienes, muchas veces sin darnos cuenta, cerramos lentamente las ventanas del alma.
Y cuando eso sucede, el mundo empieza a verse mucho más amenazante de lo que realmente es.
Las dificultades parecen gigantes.
Los problemas se vuelven montañas.
Las pequeñas decepciones adquieren el tamaño de grandes derrotas.
No porque hayan cambiado.
Sino porque el corazón perdió la perspectiva.
Por eso Jesús hablaba tantas veces de la fe.
No como una teoría.
No como una obligación.
Sino como una manera distinta de mirar la realidad.
La fe no elimina las tormentas.
Nos enseña a descubrir que Cristo permanece dentro de la barca incluso cuando las olas parecen querer destruirlo todo.
Hay días en que el miedo habla muy fuerte.
Habla apenas despertamos.
Nos recuerda errores.
Nos muestra fracasos.
Nos anticipa desgracias que todavía no ocurrieron.
Nos convence de que el futuro será tan doloroso como algunos momentos del pasado.
Y, casi sin notarlo, comenzamos a vivir acontecimientos que únicamente existen en nuestra imaginación.
El miedo posee esa capacidad.
Hace sufrir dos veces.
Una por lo que realmente sucede.
Otra por aquello que quizá jamás suceda.
La fe actúa de otra manera.
La fe no niega el peligro.
Simplemente recuerda que Dios es más grande que cualquier dificultad.
Qué diferente sería nuestra vida si cada mañana, antes de escuchar nuestras preocupaciones, escucháramos primero la voz de Dios.
Porque Él nunca comienza recordándonos nuestras derrotas.
Siempre comienza recordándonos quiénes somos.
Sus hijos.
Y un hijo nunca pierde su dignidad por haber tropezado.
Quizá pueda ensuciar sus manos.
Quizá necesite ayuda para levantarse.
Quizá deba aprender nuevamente a caminar.
Pero jamás deja de ser hijo.
Esa verdad tiene el poder de sanar muchas heridas invisibles.
Vivimos intentando demostrar nuestro valor.
Buscamos aprobación.
Reconocimiento.
Aceptación.
Nos esforzamos por agradar.
Tememos decepcionar.
Y, mientras perseguimos esas metas, olvidamos que ya somos infinitamente valiosos ante los ojos de Dios.
No necesitamos ganar Su amor.
Ya lo tenemos.
No debemos comprar Su misericordia.
Ya nos fue ofrecida.
No hace falta fingir perfección.
Dios conoce incluso aquello que nosotros todavía no aceptamos de nosotros mismos.
Y, aun así, continúa amándonos.
Ese amor no justifica nuestros errores.
Los transforma.
Porque el amor verdadero nunca humilla.
Invita.
Levanta.
Acompaña.
Corrige con ternura.
Educa con paciencia.
Así obra Dios.
No obliga.
Propone.
No empuja.
Espera.
Y esa espera es uno de los mayores milagros del cielo.
Porque nosotros solemos cansarnos de las personas.
Perdemos la paciencia.
Nos decepcionamos.
Guardamos distancia.
Dios hace exactamente lo contrario.
Cuanto más roto llega un corazón, más desea abrazarlo.
No porque disfrute del sufrimiento.
Sino porque sabe que únicamente el amor puede reconstruir aquello que el dolor destruyó.
Hay quienes creen que la conversión ocurre de un solo golpe.
Como un relámpago.
Como un instante extraordinario.
A veces sucede así.
Pero la mayoría de las veces, la transformación es mucho más sencilla y mucho más profunda.
Comienza con pequeñas decisiones.
Decidir levantarse aunque no existan fuerzas.
Elegir agradecer antes que quejarse.
Guardar silencio antes de responder con enojo.
Perdonar aunque todavía duela.
Rezar incluso cuando parece que Dios permanece callado.
Cada una de esas decisiones cambia algo invisible.
No sólo modifica una conducta.
Moldea el alma.
La santidad no nace de los grandes acontecimientos.
Nace de la fidelidad cotidiana.
De volver a elegir el bien cuando sería más fácil responder con amargura.
De continuar sembrando amor en un mundo donde muchas veces parece más rentable sembrar indiferencia.
Las semillas nunca muestran inmediatamente el fruto.
Primero desaparecen bajo la tierra.
Luego rompen lentamente la oscuridad.
Después surge un pequeño brote casi imperceptible.
Finalmente aparece el árbol.