Existe una palabra que muchas personas pronuncian con miedo.
Comenzar.
Parece sencilla.
Está formada por apenas unas letras.
Sin embargo, para un corazón herido puede sentirse como una montaña imposible de escalar.
Porque volver a empezar significa aceptar que algo terminó.
Que un proyecto cambió.
Que un sueño tomó otro rumbo.
Que una etapa quedó atrás.
Y despedirse nunca resulta fácil.
El ser humano fue creado para amar.
Por eso también le duele perder.
Cada despedida deja una huella.
Algunas son suaves, como una hoja que cae lentamente en otoño.
Otras parecen arrancar una parte del alma.
Pero incluso en esos momentos existe una verdad que Dios repite una y otra vez a través de toda la historia de la salvación:
Después de cada noche, Él prepara un nuevo amanecer.
Nunca una oscuridad es definitiva para quien permanece tomado de Su mano.
Sin embargo, aceptar un nuevo comienzo requiere vencer un enemigo silencioso.
La nostalgia.
No esa nostalgia sana que agradece los buenos recuerdos.
Sino aquella que paraliza.
La que convence al corazón de que el pasado era el único lugar donde podía existir la felicidad.
Cuando eso ocurre, dejamos de mirar el regalo del presente.
Vivimos comparando.
Extrañando.
Lamentando.
Y sin darnos cuenta dejamos pasar las bendiciones que Dios coloca delante de nosotros cada día.
El enemigo sabe que no necesita robarnos el futuro.
Le basta con mantener nuestra mirada atrapada en el ayer.
Porque un corazón que sólo mira hacia atrás termina tropezando con las oportunidades que Dios pone delante de él.
Por eso Jesús invitaba constantemente a caminar.
A seguirlo.
Nunca dijo: “Quédate contemplando lo que perdiste.”
Siempre llamó a avanzar.
No porque el pasado carezca de valor.
Sino porque Dios todavía tiene mucho por hacer.
Hay personas que viven creyendo que sus mejores días quedaron atrás.
Piensan que ya es demasiado tarde para cambiar.
Que ya no poseen la misma fuerza.
Que las oportunidades terminaron.
Pero Dios nunca trabaja con el calendario humano.
Él trabaja con corazones disponibles.
Mientras exista un corazón dispuesto, existe una misión.
Mientras exista aliento, existe propósito.
Mientras exista fe, existe camino.
Eso explica por qué tantas veces Dios eligió personas que el mundo consideraba incapaces.
No buscó a los más poderosos.
Ni a los más admirados.
Buscó corazones humildes.
Personas que comprendieran que la verdadera fuerza no nace del orgullo, sino de la confianza.
Porque cuando una persona reconoce que necesita a Dios, deja espacio para que Dios actúe.
Y allí comienzan los milagros.
No siempre milagros espectaculares.
Muchas veces son milagros silenciosos.
Una tristeza que poco a poco desaparece.
Una familia que vuelve a dialogar.
Una persona que recupera el deseo de vivir.
Un corazón que aprende nuevamente a confiar.
Son milagros discretos.
Pero inmensos.
El cielo celebra cada uno de ellos.
Vivimos en una sociedad que nos exige resultados inmediatos.
Queremos sanar rápido.
Perdonar rápido.
Crecer rápido.
Resolver todo cuanto antes.
Sin embargo, Dios sigue utilizando el ritmo de la naturaleza.
Todo crece lentamente.
Los grandes árboles tardan años en fortalecerse.
Los ríos moldean las montañas gota tras gota.
Las estrellas iluminan la noche sin hacer ruido.
La creación entera nos recuerda que lo verdaderamente importante necesita tiempo.
También el alma.
Por eso no te desesperes si todavía estás aprendiendo.
No te juzgues porque aún existan heridas.
No te desanimes si algunas caídas vuelven a repetirse.
Dios no está contando tus tropiezos.
Está contemplando tu deseo de levantarte.
Y cada vez que decides volver a intentarlo, el cielo sonríe.
Porque la perseverancia es una de las formas más hermosas de la fe.
No consiste en nunca caer.
Consiste en levantarse una vez más.
Hay una imagen que puede ayudarte a comprenderlo.
Imagina un escultor trabajando sobre un enorme bloque de mármol.
Quien observa desde lejos únicamente ve golpes.
Pedazos que caen.
Polvo.
Parece destrucción.
Sin embargo, el artista sabe exactamente lo que está haciendo.
Cada golpe elimina aquello que impide revelar la obra escondida dentro de la piedra.
Así trabaja Dios con nosotros.
Muchas experiencias que interpretamos como pérdidas, en realidad son desprendimientos necesarios.
Orgullo.
Autosuficiencia.
Rencor.
Vanidad.
Miedo.
Todo aquello que impide reflejar el rostro de Cristo comienza lentamente a caer.
A veces duele.
Porque estamos acostumbrados a aferrarnos incluso a aquello que nos hace daño.
Pero Dios nunca quita por capricho.
Cuando permite un desprendimiento, siempre prepara un crecimiento.
La poda nunca destruye el árbol.
Lo fortalece.
Aunque el árbol todavía no pueda comprenderlo.
También nosotros muchas veces atravesamos podas espirituales.
Se cierran puertas.
Cambian proyectos.
Desaparecen seguridades.
Y pensamos que todo terminó.
Tiempo después descubrimos que precisamente allí comenzó una vida nueva.
Cuántas bendiciones nacieron de acontecimientos que primero parecían desgracias.
Cuántas personas encontraron su verdadera vocación después de una gran crisis.
Cuántos corazones aprendieron a amar después de haber conocido el dolor.
Dios tiene la extraordinaria capacidad de escribir esperanza donde nosotros sólo vemos finales.
Ese es uno de los mayores misterios de Su Providencia.