Cuando la Vida te vuelve a llamar

Capítulo 7 La esperanza que renace cada mañana

Hay un milagro que ocurre todos los días.

Es tan cotidiano que casi nadie lo nota.

Cada amanecer.

El sol vuelve a levantarse sobre la tierra sin preguntar quién merece su luz.

Ilumina al justo y al que se equivocó.

Al que ríe y al que llora.

Al que cree con firmeza y al que atraviesa una profunda noche espiritual.

Cada amanecer es una predicación silenciosa de Dios.

Nos recuerda que la oscuridad nunca posee la última palabra.

Por más larga que haya sido la noche, siempre llega la mañana.

Así sucede también con el alma.

Existen épocas donde todo parece cubierto por una espesa niebla.

Las fuerzas disminuyen.

La oración se vuelve difícil.

La esperanza parece esconderse detrás del cansancio.

Y el corazón comienza a preguntarse cuánto tiempo más podrá seguir caminando.

Quizá tú hayas vivido días así.

Días en los que levantarse de la cama parecía una batalla.

Días en los que sonreír exigía un esfuerzo inmenso.

Días en los que la fe no desaparecía, pero parecía convertirse en una pequeña llama luchando contra un fuerte viento.

No debes avergonzarte de esos momentos.

Ellos no significan que Dios se haya alejado.

Muchas veces indican precisamente lo contrario.

Porque cuando el alma atraviesa el desierto, Dios comienza a enseñarle a vivir de una manera completamente nueva.

El desierto siempre ha tenido un significado especial en la historia de la salvación.

Es un lugar donde desaparecen las falsas seguridades.

No hay abundancia.

No hay comodidades.

No hay distracciones.

Sólo queda lo esencial.

Y muchas veces Dios permite esos desiertos interiores para que descubramos que hemos apoyado nuestro corazón sobre cosas que no podían sostenerlo para siempre.

Tal vez confiábamos demasiado en nuestras propias fuerzas.

En nuestra estabilidad.

En el reconocimiento de los demás.

En nuestros planes perfectamente organizados.

Entonces llega una situación inesperada.

Y comprendemos que muchas de esas seguridades eran más frágiles de lo que imaginábamos.

No porque fueran malas.

Sino porque nunca debieron ocupar el lugar de Dios.

Sólo Él puede sostener completamente una vida.

Todo lo demás cambia.

Las personas cambian.

Las circunstancias cambian.

Los proyectos cambian.

Nuestro cuerpo cambia.

Los años pasan.

Pero Dios permanece.

Siempre.

Y descubrir esa permanencia transforma completamente la manera de enfrentar la existencia.

La esperanza cristiana no consiste en pensar que nunca tendremos dificultades.

Consiste en saber que ninguna dificultad podrá separarnos del amor de Dios.

Esa certeza se convierte en una roca.

Cuando llegan las tormentas, la casa puede ser golpeada por el viento.

Puede recibir la lluvia.

Puede sentir la fuerza de las olas.

Pero permanece en pie porque sus cimientos están donde nada puede destruirlos.

También nuestra vida necesita esos cimientos.

No basta con creer cuando todo marcha bien.

La fe madura precisamente cuando aprende a confiar incluso en medio de la incertidumbre.

Es allí donde deja de ser únicamente una idea y se convierte en una experiencia.

Porque hay una gran diferencia entre conocer a Dios y caminar con Dios.

Muchos conocen cosas acerca de Él.

Han escuchado enseñanzas.

Han leído libros.

Han aprendido oraciones.

Todo eso es valioso.

Pero existe un conocimiento mucho más profundo.

El que nace cuando descubrimos personalmente que Dios cumple Sus promesas.

Cuando experimentamos Su consuelo.

Cuando sentimos Su paz en medio del dolor.

Cuando comprobamos que jamás nos abandonó, aunque durante un tiempo creyéramos caminar solos.

Ese descubrimiento cambia la vida para siempre.

A partir de ese momento, la fe deja de apoyarse únicamente en lo que otros contaron.

Comienza a sostenerse también sobre la propia experiencia.

Y esa experiencia nadie puede quitárnosla.

Hay personas que creen que Dios sólo habla a través de grandes acontecimientos.

Esperan señales extraordinarias.

Milagros visibles.

Manifestaciones sorprendentes.

Sin embargo, muchas veces Él habla de maneras mucho más sencillas.

Habla en una paz inesperada.

En una palabra que llega justo cuando era necesaria.

En una conversación que devuelve esperanza.

En una lectura que ilumina una decisión importante.

En el abrazo de alguien que aparece sin saber cuánto lo necesitábamos.

En el silencio de una capilla.

En el canto de un pájaro al amanecer.

En la sonrisa de un niño.

En el perfume de la lluvia sobre la tierra.

Toda la creación habla continuamente de Dios.

Sólo necesitamos volver a aprender a escuchar.

Vivimos demasiado ocupados.

Miramos el teléfono antes que el cielo.

Escuchamos las noticias antes que el Evangelio.

Prestamos más atención a nuestras preocupaciones que a las promesas del Señor.

Y poco a poco el ruido ocupa el lugar donde antes habitaba la paz.

Por eso Jesús buscaba frecuentemente el silencio.

No escapaba del mundo.

Regresaba al Padre.

Sabía que ninguna misión podía sostenerse sin momentos de encuentro con Dios.

Nosotros también necesitamos esos espacios.

No hacen falta muchas horas.

A veces bastan unos minutos vividos con el corazón completamente abierto.

Cinco minutos de verdadera oración pueden cambiar el rumbo de un día entero.

Porque la oración no cambia únicamente las circunstancias.

Primero cambia al que ora.

Y cuando una persona cambia por dentro, comienza a mirar la realidad de una manera diferente.

Descubre oportunidades donde antes veía únicamente obstáculos.

Aprende a agradecer aquello que antes consideraba insignificante.




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