Existe una de las pruebas más difíciles para el corazón humano.
No es el dolor.
No es la pobreza.
No es la enfermedad.
No es siquiera la pérdida.
La prueba más difícil es continuar confiando cuando no entendemos lo que Dios está haciendo.
La mente humana necesita respuestas.
Busca explicaciones.
Quiere ordenar cada acontecimiento dentro de una lógica comprensible.
Sin embargo, llega un momento en la vida en que descubrimos que existen caminos que sólo pueden recorrerse con la luz de la fe.
Porque hay preguntas que la inteligencia no logra responder.
Pero el amor sí.
Cuando un niño pequeño toma la mano de su padre para cruzar una calle muy transitada, no comprende el movimiento de los vehículos, ni calcula velocidades, ni analiza riesgos.
Simplemente confía.
No porque conozca el camino.
Sino porque conoce a quien lo guía.
Esa es la esencia de la fe cristiana.
No consiste en comprender todos los misterios de Dios.
Consiste en conocer Su corazón.
Y quien conoce el corazón del Padre descubre que jamás será conducido hacia un lugar donde no pueda florecer.
Muchas veces creemos que Dios nos conduce únicamente por caminos fáciles.
Pero basta observar la vida de los grandes hombres y mujeres de fe para descubrir una realidad diferente.
Ellos también conocieron el cansancio.
También experimentaron noches oscuras.
También lloraron.
También sintieron que algunas respuestas tardaban demasiado.
Sin embargo, hubo algo que nunca dejaron de hacer.
Continuaron caminando.
Porque comprendieron una verdad inmensa.
La fe no elimina la incertidumbre.
La atraviesa.
Y cuando el alma aprende a caminar en medio de la incertidumbre, comienza a descubrir una libertad que antes no conocía.
La libertad de no depender completamente de aquello que puede controlar.
Vivimos intentando controlar demasiadas cosas.
Queremos prever cada detalle.
Organizar cada paso.
Evitar cualquier sorpresa.
Y, sin embargo, la vida posee una manera maravillosa de recordarnos que no somos dueños del mañana.
Eso podría llenarnos de miedo.
Pero, cuando Dios ocupa el centro del corazón, ocurre exactamente lo contrario.
Comenzamos a descansar.
No porque ignoremos nuestras responsabilidades.
Sino porque entendemos que existe una Providencia infinitamente más sabia que nuestros propios planes.
La Providencia no significa que todo sucederá exactamente como deseamos.
Significa algo mucho más profundo.
Que Dios es capaz de sacar un bien incluso de aquello que nosotros jamás habríamos elegido vivir.
Ésa es una de las mayores manifestaciones de Su amor.
No necesita que todo sea perfecto para comenzar a obrar.
Trabaja también entre nuestras limitaciones.
Entre nuestras dudas.
Entre nuestras equivocaciones.
Incluso entre nuestras lágrimas.
Porque ninguna lágrima derramada con esperanza cae en el vacío.
Cada una es recogida por el Señor.
Cada una posee un valor eterno.
Quizá hoy recuerdes algún momento de tu vida en el que todo parecía perdido.
Tal vez una puerta se cerró inesperadamente.
Un proyecto terminó.
Una ilusión desapareció.
En aquel instante pensaste que Dios guardaba silencio.
Sin embargo, si hoy vuelves la mirada hacia atrás, probablemente descubras algo sorprendente.
Aquello que parecía una derrota terminó conduciéndote hacia un bien mayor.
No siempre ocurre de inmediato.
A veces pasan meses.
A veces años.
Pero la fidelidad de Dios termina revelándose con una claridad que antes era imposible comprender.
Eso no significa que el sufrimiento haya sido bueno en sí mismo.
El dolor nunca deja de ser dolor.
Pero Dios tiene el poder de transformar incluso el sufrimiento en un camino de crecimiento.
Como el carbón que, sometido a una enorme presión durante mucho tiempo, termina convirtiéndose en un diamante.
La presión no crea el valor.
Lo revela.
También las pruebas revelan aquello que habita en nuestro interior.
Descubren fortalezas que desconocíamos.
Nos enseñan a depender menos de nosotros mismos.
Nos vuelven más sensibles al dolor ajeno.
Nos hacen valorar las pequeñas bendiciones cotidianas.
Un abrazo.
Una conversación sincera.
Un amanecer.
El silencio de una iglesia.
Una Biblia abierta.
Una oración sencilla.
La sonrisa de alguien que también decidió no rendirse.
Es curioso.
Muchas veces perseguimos grandes milagros y olvidamos que Dios está llenando nuestra vida de pequeños milagros todos los días.
El simple hecho de respirar.
Poder comenzar nuevamente.
Recibir una nueva oportunidad.
Tener un corazón capaz de amar.
Todo eso ya es gracia.
Todo eso ya es un regalo.
Sin embargo, la costumbre puede volvernos ciegos.
Nos acostumbramos tanto a los dones de Dios que dejamos de agradecerlos.
Y cuando desaparece la gratitud, lentamente también comienza a desaparecer la alegría.
Porque la alegría auténtica nace de un corazón agradecido.
No de un corazón que posee todo.
Sino de uno que reconoce el amor escondido en las cosas sencillas.
Jesús vivió así.
Agradecía antes de multiplicar los panes.
Agradecía antes de realizar milagros.
Agradecía incluso sabiendo que el camino hacia la cruz estaba cada vez más cerca.
Su gratitud no dependía de las circunstancias.
Dependía de Su comunión con el Padre.
Nosotros estamos llamados a recorrer el mismo camino.
No porque sea fácil.
Sino porque es el único que conduce a una paz verdadera.
La paz del mundo depende de que todo salga bien.
La paz de Cristo permanece incluso cuando todavía existen preguntas sin respuesta.