Cuando la Vida te vuelve a llamar

Capítulo 12 La paz que nace de abandonar todo en las manos de Dios

Hay un cansancio que no se cura durmiendo.

No desaparece con unas vacaciones.

No se alivia cambiando de trabajo.

No termina cuando resolvemos un problema.

Es un cansancio mucho más profundo.

El cansancio del alma.

Aparece cuando intentamos controlar aquello que nunca estuvo en nuestras manos.

Cuando queremos resolver el mañana antes de vivir el presente.

Cuando cargamos preocupaciones que todavía no existen.

Cuando revivimos una y otra vez los errores del pasado.

Entonces el corazón comienza a perder la serenidad.

La mente no descansa.

Las noches se vuelven largas.

El silencio deja de ser un refugio y se transforma en un lugar donde los pensamientos parecen multiplicarse.

Es una batalla invisible.

Nadie la observa desde afuera.

Pero quien la vive sabe cuánto pesa.

Hay personas que sonríen durante el día mientras por dentro sienten una tormenta constante.

Cumplen con sus responsabilidades.

Hablan con los demás.

Continúan avanzando.

Pero su corazón permanece agotado.

Como si llevara sobre los hombros una carga demasiado grande.

Y, en realidad, muchas veces esa carga no proviene de la realidad.

Proviene del miedo.

El miedo tiene una capacidad extraordinaria para imaginar futuros que nunca llegan a existir.

Construye escenarios.

Anticipa fracasos.

Exagera dificultades.

Convence al corazón de que está solo frente a un problema inmenso.

Y poco a poco la paz comienza a desaparecer.

Por eso Jesús repitió tantas veces una frase que sigue teniendo la misma fuerza hoy.

“No tengan miedo.”

No era una invitación a ignorar la realidad.

Era una invitación a contemplarla desde la confianza.

Porque quien mira la vida únicamente con los ojos del temor termina viendo obstáculos en cada camino.

Quien aprende a mirarla con los ojos de la fe comienza a descubrir oportunidades donde antes sólo veía amenazas.

Existe una diferencia inmensa entre preocuparse y ocuparse.

Preocuparse significa cargar hoy un peso que pertenece al mañana.

Ocuparse significa hacer con amor aquello que Dios pone delante de nosotros en este momento.

La preocupación desgasta.

La confianza fortalece.

La preocupación roba el presente.

La confianza permite vivirlo plenamente.

Dios nunca prometió revelarnos todo el futuro.

Nos regaló algo mucho más valioso.

Su presencia.

Y cuando Él está presente, el futuro deja de ser una amenaza para convertirse en un camino recorrido de Su mano.

Imagina por un momento a un viajero caminando de noche por una montaña.

Lleva una pequeña lámpara.

La luz apenas alcanza unos pocos metros.

No ilumina toda la ruta.

No muestra el final del sendero.

Sin embargo, resulta suficiente para dar el siguiente paso.

Después otro.

Y otro más.

Así actúa la fe.

Muchas veces quisiéramos conocer toda la historia antes de comenzar a caminar.

Pero Dios ilumina solamente el tramo necesario para el día de hoy.

No porque quiera mantenernos en la incertidumbre.

Sino porque desea enseñarnos a confiar.

Y la confianza sólo crece cuando aprendemos a avanzar sin tener todas las respuestas.

Vivimos en una cultura que exalta el control.

Planificamos.

Calculamos.

Organizamos.

Todo eso tiene su valor.

La prudencia también es un don de Dios.

Pero existe una frontera muy delicada.

Cuando dejamos de planificar para comenzar a obsesionarnos con controlar cada detalle, el corazón pierde la libertad.

Queremos garantizar que nada salga mal.

Y olvidamos que la vida siempre tendrá una parte que permanecerá en misterio.

Ese misterio no debe producir miedo.

Debe despertar confianza.

Porque el misterio tiene un rostro.

Y ese rostro es el de un Padre que jamás abandona a sus hijos.

Hay una imagen del Evangelio que habla profundamente al corazón.

Los discípulos atravesaban el lago cuando una fuerte tormenta comenzó a sacudir la barca.

El viento era intenso.

Las olas parecían capaces de hundirlos.

Todo indicaba que el final estaba cerca.

Mientras tanto, Jesús permanecía allí.

No había abandonado la embarcación.

Simplemente estaba en silencio.

Cuántas veces nuestra vida se parece a esa escena.

Las dificultades aumentan.

Las respuestas tardan.

Las fuerzas disminuyen.

Y comenzamos a preguntarnos dónde está Dios.

La respuesta siempre es la misma.

Está en la barca.

Nunca se fue.

Aunque el viento haga ruido.

Aunque las olas parezcan enormes.

Aunque todavía no comprendamos Su manera de actuar.

Él continúa presente.

Y esa presencia cambia completamente el significado de la tormenta.

No porque desaparezca de inmediato.

Sino porque ya no la enfrentamos solos.

Hay personas que esperan experimentar paz únicamente cuando todos los problemas hayan terminado.

Pero esa paz nunca llega.

Porque la vida siempre presentará nuevos desafíos.

La verdadera paz nace cuando comprendemos que Dios camina con nosotros en cada uno de ellos.

Es una paz distinta.

No depende de las circunstancias.

Depende de la confianza.

Es la serenidad de quien sabe que ninguna lágrima cae fuera de las manos del Padre.

Que ninguna oración sincera queda sin ser escuchada.

Que ninguna noche es eterna.

Y que ningún sufrimiento vivido con fe carece de sentido.

Abandonarse en Dios no significa renunciar a luchar.

Al contrario.

Significa luchar sabiendo que no estamos solos.

Significa trabajar con responsabilidad, pero sin permitir que la ansiedad gobierne el corazón.

Significa hacer todo lo que está en nuestras manos y dejar en las manos del Señor aquello que sólo Él puede realizar.




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