Cuando la Vida te vuelve a llamar

Capítulo 13 Descubrir a Dios en las pequeñas cosas

Vivimos esperando grandes acontecimientos.

Creemos que Dios llegará envuelto en un milagro extraordinario.

Esperamos una señal que cambie nuestra vida de un instante para otro.

Una respuesta inmediata.

Una solución inesperada.

Un acontecimiento que despeje todas nuestras dudas.

Y mientras esperamos lo extraordinario, muchas veces dejamos pasar lo más importante.

La presencia silenciosa de Dios en las pequeñas cosas.

El Señor tiene una manera muy especial de actuar.

No suele imponerse.

No necesita hacer ruido para demostrar Su poder.

Prefiere hablar en la sencillez.

En aquello que el mundo considera insignificante.

Porque el amor verdadero nunca necesita exhibirse.

Simplemente está.

Acompaña.

Abraza.

Permanece.

Cada mañana, cuando el primer rayo de sol atraviesa la ventana, Dios ya está diciendo:

“Aquí estoy.”

Cuando una madre abraza a su hijo.

Cuando un padre trabaja con honestidad para sostener a su familia.

Cuando una persona dedica unos minutos para escuchar a quien sufre.

Cuando alguien perdona en silencio.

Cuando una mano se extiende para levantar a otra.

Allí está Dios.

No siempre con gestos espectaculares.

Muchas veces escondido detrás de actos sencillos que cambian vidas sin aparecer en ninguna noticia.

Vivimos en una sociedad que admira lo visible.

El éxito.

La fama.

Los aplausos.

Las grandes cifras.

Las historias que llaman la atención.

Pero el Reino de Dios crece de otra manera.

Crece como una semilla.

En silencio.

Sin hacer ruido.

Mientras nadie parece notar que algo extraordinario está ocurriendo bajo la superficie.

Así trabaja también el Espíritu Santo dentro del corazón.

No transforma a una persona de un día para otro.

Va moldeándola lentamente.

Con paciencia.

Con delicadeza.

Con un amor infinito.

Cada oración sincera cambia algo.

Aunque no lo percibamos inmediatamente.

Cada acto de bondad deja una huella.

Aunque nadie lo agradezca.

Cada sacrificio ofrecido por amor produce frutos que muchas veces sólo conoceremos en la eternidad.

Dios nunca desperdicia una sola obra hecha con un corazón limpio.

Nunca.

Existe una tendencia muy humana a comparar nuestra vida con la de los demás.

Miramos lo que otros tienen.

Los talentos que poseen.

Las oportunidades que recibieron.

Los caminos que recorren.

Y comenzamos a pensar que nuestra historia vale menos.

Que nuestra misión es pequeña.

Que nuestra vida carece de importancia.

Es una mentira que el enemigo repite desde hace siglos.

Porque sabe que una persona que deja de valorar su propia misión termina escondiendo los dones que Dios puso en sus manos.

Pero el Padre jamás compara a Sus hijos.

Cada uno posee una belleza irrepetible.

Cada historia tiene un propósito único.

No existen dos almas iguales.

Así como no existen dos amaneceres exactamente idénticos.

Cada vida refleja un aspecto distinto del amor de Dios.

Por eso nunca intentes vivir la misión de otra persona.

Descubre la tuya.

Cuídala.

Ámala.

Hazla crecer.

No necesitas parecerte a nadie para ser valioso.

Sólo necesitas parecerte cada día un poco más a Cristo.

Y ese camino comienza en lo cotidiano.

En la manera de saludar.

De escuchar.

De responder.

De trabajar.

De servir.

De rezar.

La santidad no se construye únicamente en los grandes momentos de la existencia.

Se construye en miles de pequeñas decisiones.

Cuando eliges la paciencia en lugar del enojo.

La comprensión en lugar del juicio.

La generosidad en lugar del egoísmo.

La verdad en lugar de la mentira.

La esperanza en lugar del desánimo.

Cada una de esas decisiones fortalece el alma.

Como una gota de agua que, día tras día, termina modelando una inmensa roca.

La transformación interior casi nunca sucede mediante acontecimientos extraordinarios.

Sucede a través de la fidelidad diaria.

Jesús pasó la mayor parte de Su vida en el silencio.

Durante años no realizó milagros públicos.

No predicó multitudes.

No recorrió ciudades.

Simplemente vivió.

Trabajó.

Amó.

Obedeció al Padre.

Eso también es una enseñanza.

Dios no mide la importancia de un día por la cantidad de acontecimientos que contiene.

La mide por la cantidad de amor que sembramos en él.

Hay días aparentemente sencillos que poseen un valor inmenso.

Un día en que decides no responder con dureza.

Un día en que ayudas a alguien sin esperar reconocimiento.

Un día en que vuelves a rezar después de mucho tiempo.

Un día en que eliges confiar aunque todavía no entiendas el camino.

Esos días transforman el corazón.

Y un corazón transformado termina transformando el mundo que lo rodea.

Existe una imagen muy hermosa de la naturaleza.

Después de una lluvia intensa, aparecen pequeñas gotas suspendidas sobre las hojas.

Cada una refleja la luz del sol.

No generan la luz.

Simplemente la reflejan.

Así estamos llamados a vivir.

No somos la fuente del amor.

Cristo lo es.

Nuestra misión consiste en reflejar Su luz.

Allí donde estemos.

Con quienes encontremos.

En cada palabra.

En cada decisión.

En cada mirada.

Cuando una persona descubre esa verdad, desaparece la necesidad constante de buscar reconocimiento.

Ya no necesita demostrar que es importante.

Comprende que el mayor privilegio consiste en permitir que Dios actúe a través de ella.

Y eso puede suceder en cualquier lugar.

En una casa humilde.

En un hospital.

En una escuela.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.