Cuando la Vida te vuelve a llamar

Capítulo 15 La luz que Dios enciende en medio de la noche

Existe una noche que todos atravesamos alguna vez.

No siempre ocurre cuando el cielo se oscurece.

Muchas veces sucede a plena luz del día.

Las personas nos ven caminar.

Nos escuchan hablar.

Observan nuestra sonrisa.

Pero desconocen que, por dentro, el alma está atravesando una profunda oscuridad.

Es la noche de las preguntas sin respuesta.

La noche del cansancio.

La noche de las lágrimas silenciosas.

La noche donde parece que las oraciones rebotan contra el cielo.

La noche donde el corazón comienza a preguntarse si todavía vale la pena seguir creyendo.

Todos, en algún momento, conocemos esa oscuridad.

No distingue edades.

No diferencia entre ricos y pobres.

Entre jóvenes y ancianos.

Entre quienes recién comienzan a caminar con Dios y quienes llevan muchos años de fe.

Porque la noche espiritual no es un castigo.

Es una etapa del camino.

Y comprender esto cambia completamente nuestra manera de vivirla.

Cuando llega la oscuridad, lo primero que solemos hacer es luchar contra ella.

Queremos escapar.

Encontrar una salida inmediata.

Recuperar cuanto antes la tranquilidad que habíamos perdido.

Pero Dios, muchas veces, no elimina inmediatamente la noche.

En cambio, enciende una luz.

Y esa luz suele ser suficiente para seguir avanzando.

No ilumina todo el horizonte.

No responde todas las preguntas.

No revela cada paso del futuro.

Simplemente permite caminar un poco más.

Y después otro poco.

Y luego otro.

Así crece la confianza.

No viendo el final del camino.

Sino descubriendo que Dios jamás deja de acompañarnos mientras avanzamos.

Existe una diferencia muy grande entre la oscuridad y la ausencia de Dios.

Muchas personas creen que son lo mismo.

No lo son.

La oscuridad puede envolver nuestras emociones.

Puede ocultar nuestras certezas.

Puede debilitarnos.

Pero jamás puede separar al alma del amor del Padre.

Él permanece.

Incluso cuando no logramos sentir Su presencia.

Incluso cuando el silencio parece ocupar todo el espacio.

Porque el amor de Dios no depende de nuestras emociones.

Depende de Su fidelidad.

Y Su fidelidad jamás cambia.

Piensa en el sol durante un día completamente nublado.

Las nubes cubren el cielo.

La luz parece desaparecer.

El paisaje se vuelve gris.

Sin embargo, el sol continúa allí.

No dejó de existir.

Simplemente quedó oculto por un tiempo.

Lo mismo sucede con Dios.

Hay momentos en que las preocupaciones, el dolor, el miedo o la tristeza cubren nuestro horizonte interior.

Pero el Señor continúa iluminando nuestra vida desde detrás de esas nubes.

Y tarde o temprano, cuando llegue el momento oportuno, volveremos a contemplar con claridad aquello que nunca dejó de estar presente.

La fe madura precisamente durante esos días.

Es muy sencillo confiar cuando todo sale bien.

Cuando las puertas se abren.

Cuando la salud acompaña.

Cuando la familia vive en armonía.

Cuando los sueños comienzan a cumplirse.

Pero existe una fe mucho más profunda.

La que continúa diciendo:

“Señor, sigo creyendo en Ti.”

Aunque todavía no vea el milagro.

Aunque las lágrimas continúen cayendo.

Aunque la respuesta parezca demorarse.

Esa fe conmueve profundamente el corazón de Dios.

Porque nace del amor.

No de la conveniencia.

Vivimos en una cultura que busca resultados inmediatos.

Queremos soluciones rápidas.

Cambios instantáneos.

Respuestas inmediatas.

Sin embargo, el alma posee otro ritmo.

Dios trabaja lentamente.

Como el artesano que pule una piedra preciosa.

Cada movimiento parece pequeño.

Pero ninguno es inútil.

Con el tiempo aparece una belleza que antes permanecía escondida.

También el Señor trabaja así con nosotros.

Cada prueba pule el orgullo.

Cada espera fortalece la paciencia.

Cada dificultad despierta una confianza más profunda.

Cada herida, cuando es entregada a Dios, puede convertirse en una fuente de misericordia hacia los demás.

Nada queda sin sentido en las manos del Padre.

Nada.

Incluso aquello que hoy no alcanzas a comprender.

Hay personas que viven preguntándose:

“¿Por qué me ocurrió esto?”

Es una pregunta natural.

Humana.

Pero existe otra pregunta que puede transformar completamente el corazón.

“Señor, ¿qué quieres enseñarme a través de esto?”

Observa la diferencia.

La primera permanece mirando únicamente el pasado.

La segunda abre una puerta hacia el futuro.

Y Dios siempre trabaja mirando hacia adelante.

No porque olvide nuestras heridas.

Sino porque desea sanarlas para que dejen de gobernar nuestra existencia.

Cada experiencia difícil puede convertirse en una escuela.

No porque el sufrimiento sea bueno.

Sino porque el amor de Dios posee la capacidad de sacar luz incluso de la oscuridad más profunda.

Eso hizo Cristo en la Cruz.

Lo que parecía el mayor fracaso de la historia terminó convirtiéndose en la mayor victoria del amor.

Desde entonces ninguna noche tiene la última palabra.

Siempre existe una mañana preparada por Dios.

Quizá todavía no la veas.

Pero ya viene caminando hacia ti.

Nunca olvides eso.

La esperanza cristiana no consiste en pensar que nunca sufriremos.

Consiste en saber que ningún sufrimiento será eterno.

Y que Dios nunca desperdicia una sola lágrima ofrecida con fe.

Existe un hermoso detalle en la naturaleza.

Las estrellas solamente pueden contemplarse cuando llega la noche.

Durante el día siguen allí.

Pero la luz del sol las oculta.

Es en la oscuridad donde descubrimos su brillo.




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