Cuando la Vida te vuelve a llamar

Capítulo 17 Aprender a esperar el tiempo perfecto de Dios

Hay pocas pruebas tan difíciles para el corazón humano como aprender a esperar.

Vivimos en un mundo donde casi todo sucede de inmediato.

Un mensaje llega en segundos.

Una respuesta aparece con solo tocar una pantalla.

Las distancias parecen desaparecer.

La velocidad se ha convertido en una de las características de nuestro tiempo.

Sin darnos cuenta, comenzamos a creer que toda la vida debería funcionar de la misma manera.

Queremos respuestas rápidas.

Cambios inmediatos.

Milagros instantáneos.

Puertas abiertas sin demora.

Pero el corazón de Dios no sigue el reloj de la impaciencia humana.

Él trabaja con los tiempos de la eternidad.

Y esos tiempos, aunque muchas veces nos resulten difíciles de comprender, siempre están llenos de sabiduría y de amor.

La espera puede parecer un desierto.

Un lugar donde todo permanece inmóvil.

Donde las oraciones parecen no recibir respuesta.

Donde los días se suceden unos tras otros sin que ocurra aquello que tanto anhelamos.

En esos momentos surge una pregunta que muchas personas guardan en silencio.

“Señor, ¿hasta cuándo?”

No es una pregunta nacida de la falta de fe.

Es el grito sincero de un corazón cansado que sigue creyendo, aunque todavía no alcance a comprender el camino.

Y Dios nunca rechaza ese clamor.

Lo escucha.

Lo abraza.

Lo transforma.

Porque el Padre sabe que muchas veces la espera no existe para retrasar la bendición.

Existe para preparar a quien la recibirá.

Hay regalos que solamente pueden sostenerse cuando el alma ha madurado.

Un árbol joven no soportaría el peso de una gran cosecha.

Primero necesita fortalecer sus raíces.

Crecer lentamente.

Aprender a resistir el viento.

Solo entonces llegará el tiempo del fruto.

También Dios fortalece nuestras raíces antes de confiarnos aquello que tanto hemos pedido.

Desde nuestra mirada limitada, la demora parece un obstáculo.

Desde la mirada del Señor, muchas veces es una expresión de Su infinita misericordia.

Porque Él conoce no solo lo que deseamos.

También conoce aquello que verdaderamente necesitamos.

Y existe una diferencia enorme entre ambas cosas.

Hay peticiones que nacen del miedo.

Otras nacen del orgullo.

Algunas provienen de la impaciencia.

Pero cuando permanecemos junto a Dios durante la espera, nuestro corazón comienza lentamente a cambiar.

Los deseos se purifican.

Las prioridades se ordenan.

La confianza crece.

Y descubrimos que el mayor regalo no era únicamente aquello que pedíamos.

El mayor regalo era convertirnos en personas nuevas.

Existe una escena maravillosa en la naturaleza.

Durante el invierno parece que los árboles han perdido toda su belleza.

Las ramas permanecen desnudas.

No hay flores.

No hay frutos.

No hay hojas.

Todo parece inmóvil.

Sin embargo, la vida continúa trabajando en silencio.

Las raíces siguen creciendo.

La savia continúa recorriendo el interior del árbol.

Nada está muerto.

Simplemente está preparándose.

Cuando llega la primavera, la vida que permanecía escondida aparece con una fuerza sorprendente.

Así ocurre también con nosotros.

Existen inviernos espirituales donde creemos que nada está sucediendo.

Pero Dios continúa obrando.

Aunque nuestros ojos todavía no puedan verlo.

Cada oración pronunciada en medio de la espera fortalece el alma.

Cada acto de confianza desarrolla una fe más profunda.

Cada día vivido con esperanza hace crecer raíces que sostendrán los frutos futuros.

Nunca pienses que Dios está inactivo porque guarda silencio.

Su silencio nunca significa ausencia.

Muchas veces significa que está trabajando donde nosotros todavía no podemos mirar.

Jesús mismo pasó largos años de vida oculta antes de comenzar Su misión pública.

Treinta años de sencillez.

De trabajo.

De obediencia.

Y solamente tres años de predicación.

Qué enseñanza tan inmensa.

El Padre no tenía prisa.

Sabía exactamente cuándo llegaría el momento.

Nosotros solemos desesperarnos cuando las cosas no suceden según nuestros planes.

Queremos abrir puertas antes de tiempo.

Forzar situaciones.

Acelerar procesos.

Pero aquello que nace antes del momento adecuado suele carecer de la fortaleza necesaria para permanecer.

Dios nunca adelanta el amanecer.

Tampoco retrasa el sol cuando debe salir.

Cada cosa llega en el instante perfecto.

Aunque nosotros no siempre lo comprendamos.

Hay personas que hoy agradecen profundamente puertas que en otro tiempo les parecieron cerradas.

Agradecen oportunidades que no llegaron.

Planes que cambiaron.

Esperas que parecían interminables.

Porque con el paso de los años descubrieron que, si aquellas cosas hubieran ocurrido antes, probablemente no habrían estado preparadas para recibirlas.

Entonces comprendieron que Dios no estaba diciendo “no”.

Simplemente estaba diciendo:

“Todavía no.”

Y ese “todavía no” escondía un inmenso acto de amor.

La paciencia no consiste únicamente en esperar.

Consiste en esperar con confianza.

Porque una espera llena de desesperación desgasta el corazón.

En cambio, una espera sostenida por la fe fortalece el espíritu.

Es como un agricultor que siembra.

No permanece cada día desenterrando las semillas para comprobar si están creciendo.

Confía.

Riega la tierra.

La cuida.

Y deja que el tiempo haga su trabajo.

También nosotros debemos aprender esa sabiduría.

Sembrar.

Rezar.

Trabajar.

Amar.

Y permitir que Dios haga florecer aquello que sembramos.

No podemos controlar el tiempo de la cosecha.




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