Cuando la Vida te vuelve a llamar

Capítulo 19 La gratitud que transforma la manera de vivir

Existe un milagro silencioso que puede comenzar hoy mismo.

No necesita grandes recursos.

No depende de la edad.

No exige una vida perfecta.

No requiere que todos los problemas desaparezcan.

Ese milagro tiene un nombre.

Gratitud.

Muchas personas creen que agradecer es una consecuencia de la felicidad.

Piensan que primero deben alcanzar sus metas.

Resolver sus dificultades.

Recuperar la salud.

Encontrar estabilidad.

Ver cumplidos sus sueños.

Y recién entonces dar gracias.

Sin embargo, Dios nos enseña un camino completamente distinto.

La gratitud no nace cuando todo está bien.

La gratitud tiene el poder de comenzar a transformar el corazón incluso cuando todavía existen dificultades.

Porque agradecer cambia la manera en que miramos la vida.

Y cuando cambia nuestra mirada, cambia también nuestra forma de caminar.

Vivimos rodeados de noticias que destacan el dolor, la violencia, el miedo y la incertidumbre.

Cada día recibimos cientos de mensajes que parecen recordarnos únicamente aquello que falta.

Aquello que salió mal.

Aquello que todavía no conseguimos.

Sin darnos cuenta, el corazón comienza a acostumbrarse a mirar solamente las ausencias.

Entonces aparece la tristeza.

La comparación.

La frustración.

Y lentamente dejamos de contemplar los innumerables regalos que Dios sigue poniendo delante de nosotros.

Respirar.

Abrir los ojos cada mañana.

Escuchar la voz de alguien que amamos.

Sentir una caricia.

Compartir una comida.

Contemplar un amanecer.

Recibir una sonrisa.

Disfrutar unos minutos de silencio.

Poder rezar.

Poder volver a empezar.

Nada de eso es un derecho asegurado.

Todo es un regalo.

Y cuando comenzamos a reconocer esos pequeños regalos cotidianos, el corazón despierta de una especie de sueño.

Descubre que la vida contiene mucho más bien del que había imaginado.

La gratitud no niega el sufrimiento.

Sería una mentira hacerlo.

Hay pérdidas que duelen profundamente.

Hay enfermedades.

Hay despedidas.

Hay noches donde las lágrimas parecen no terminar nunca.

Dios conoce ese dolor.

No nos pide fingir que no existe.

Nos invita a descubrir que incluso en medio de la prueba siguen existiendo motivos para confiar.

Una pequeña luz.

Una mano tendida.

Una palabra oportuna.

Una fuerza inesperada.

Una paz que aparece durante la oración.

Todo eso también forma parte de la realidad.

Y quien aprende a descubrirlo encuentra un motivo para seguir adelante.

Existe una diferencia enorme entre quien vive diciendo:

“No tengo suficiente.”

Y quien cada día repite:

“Gracias, Señor, por lo que hoy me regalas.”

Ambos pueden atravesar exactamente las mismas circunstancias.

Pero sus corazones recorrerán caminos completamente diferentes.

El primero vivirá mirando constantemente lo que falta.

El segundo descubrirá la abundancia escondida en las cosas sencillas.

Y esa abundancia no siempre se mide con dinero.

Muchas veces se mide con paz.

Con amor.

Con salud recuperada.

Con una amistad sincera.

Con una conciencia tranquila.

Con la posibilidad de comenzar nuevamente.

Jesús agradecía.

Antes de multiplicar los panes.

Antes de compartir la última cena.

Antes de realizar tantos milagros.

Primero daba gracias.

Qué enseñanza tan profunda.

El agradecimiento abre el corazón para recibir con mayor plenitud la acción de Dios.

No porque Él necesite nuestras palabras.

Sino porque nosotros necesitamos reconocer Su presencia.

Cada vez que agradecemos, recordamos que no caminamos solos.

Que existe un Padre que continúa sosteniendo nuestra historia.

Que la vida no depende únicamente de nuestras fuerzas.

Que cada nuevo día es una oportunidad inmerecida para amar más.

Hay personas que esperan acontecimientos extraordinarios para sentirse bendecidas.

Pero el Evangelio revela otra verdad.

La mayor parte de la vida está formada por momentos aparentemente pequeños.

Y precisamente allí se esconden las mayores bendiciones.

Una conversación sincera.

El aroma del pan recién hecho.

La lluvia golpeando suavemente una ventana.

La risa de un niño.

El abrazo de un amigo.

El perdón recibido.

La posibilidad de contemplar el cielo.

La paz de una iglesia en silencio.

La lectura de una página que toca el alma.

Dios suele esconder Sus regalos en aquello que el mundo considera demasiado simple.

Por eso un corazón agradecido desarrolla una capacidad extraordinaria.

Aprende a descubrir milagros donde otros solamente ven rutina.

Hay una imagen muy hermosa.

Imagina dos personas caminando por el mismo jardín.

La primera observa únicamente las espinas.

La segunda contempla las flores.

Las espinas existen.

Las flores también.

La diferencia está en aquello sobre lo que cada uno decide detener su mirada.

Así ocurre con nuestra vida.

Siempre existirán dificultades.

Pero también existirán motivos para agradecer.

La gratitud no elimina las espinas.

Nos ayuda a no olvidar las flores.

Y eso cambia profundamente la manera de vivir.

La gratitud también fortalece la esperanza.

Porque cuando recordamos las veces que Dios ya nos sostuvo en el pasado, el miedo al futuro comienza a disminuir.

Cuántas situaciones parecían imposibles.

Cuántas noches parecían interminables.

Cuántas puertas parecían definitivamente cerradas.

Y, sin embargo, aquí estamos.

Seguimos caminando.

Seguimos respirando.

Seguimos creyendo.

Eso también merece un inmenso agradecimiento.




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