Cuando la Vida te vuelve a llamar

Capítulo 22 Cuando el amor vence al miedo

Hay una fuerza invisible que dirige muchas decisiones de nuestra vida.

No siempre la reconocemos.

No habla en voz alta.

No golpea la puerta.

Simplemente se instala en el corazón y comienza a influir silenciosamente en nuestra manera de pensar, de sentir y de actuar.

Esa fuerza puede llamarse miedo.

El miedo a fracasar.

El miedo a volver a sufrir.

El miedo a ser rechazado.

El miedo a perder lo que amamos.

El miedo a no ser suficientes.

El miedo al futuro.

El miedo a la enfermedad.

El miedo a la soledad.

El miedo a la muerte.

Todos, en algún momento, hemos sentido su presencia.

No existe ser humano que jamás haya experimentado temor.

Incluso las personas más valientes conocen noches donde las dudas parecen más fuertes que las certezas.

Pero existe una diferencia inmensa entre sentir miedo y permitir que el miedo gobierne la vida.

Dios nunca prometió que viviríamos sin dificultades.

Tampoco prometió que jamás sentiríamos temor.

Lo que sí prometió fue algo mucho más grande.

Prometió caminar siempre con nosotros.

Y cuando una persona descubre esa verdad, el miedo deja de ocupar el lugar principal del corazón.

Porque donde Dios permanece, nace una paz que ninguna circunstancia puede destruir.

Muchas personas han dejado de perseguir sus sueños por temor a equivocarse.

Otras dejaron de amar por miedo a sufrir nuevamente.

Algunas abandonaron su vocación por temor a no estar preparadas.

Y otras dejaron de confiar en Dios porque una prueba demasiado difícil las hizo pensar que Él estaba lejos.

El miedo tiene esa capacidad.

Nos hace imaginar finales antes de comenzar el camino.

Nos convence de que la derrota es inevitable.

Nos obliga a mirar únicamente los obstáculos.

Y así, poco a poco, reduce el horizonte de nuestra vida.

Sin embargo, el amor actúa exactamente al revés.

El amor abre caminos.

El amor devuelve esperanza.

El amor hace posible volver a comenzar.

Cuando el corazón ama profundamente, encuentra fuerzas que antes desconocía.

Una madre es capaz de pasar noches enteras despierta cuidando a su hijo.

Un padre enfrenta enormes sacrificios para proteger a su familia.

Una persona entrega años de servicio ayudando a quienes sufren.

¿Por qué?

Porque el amor siempre es más fuerte que el cansancio.

Y también puede ser más fuerte que el miedo.

Jesús conoció el temor humano.

En el huerto de Getsemaní experimentó una profunda angustia.

Sabía el dolor que se acercaba.

Sabía el peso de la cruz.

Sabía el sufrimiento que estaba por venir.

Sin embargo, eligió permanecer fiel al amor del Padre.

No permitió que el miedo decidiera por Él.

Permitió que el amor guiara cada uno de Sus pasos.

Y gracias a esa decisión, la esperanza entró para siempre en la historia de la humanidad.

Esa enseñanza continúa siendo actual.

Cada día tenemos la posibilidad de elegir.

¿Responderemos desde el miedo o desde el amor?

Cuando respondemos desde el miedo, desconfiamos.

Nos cerramos.

Nos defendemos constantemente.

Sospechamos de todos.

Vivimos preocupados por aquello que podría ocurrir.

Pero cuando respondemos desde el amor, aparece una libertad distinta.

Seguimos siendo prudentes.

Seguimos cuidándonos.

Pero dejamos de vivir esclavos de la ansiedad.

Porque comprendemos que nuestra vida descansa en las manos de Dios.

Existe una imagen muy sencilla.

Imagina una habitación completamente oscura.

Durante horas la oscuridad parece dominarlo todo.

Sin embargo, basta encender una pequeña lámpara para que las sombras comiencen a retroceder.

La oscuridad nunca puede apagar la luz.

Siempre ocurre al contrario.

La luz vence a la oscuridad.

Así sucede también con el amor.

No necesita eliminar completamente el miedo para comenzar a transformarlo.

Le basta con entrar en el corazón.

Y poco a poco las sombras pierden fuerza.

No de manera inmediata.

Pero sí constante.

Hay personas que viven anticipando desgracias.

Cada día imaginan el peor resultado posible.

Cada dificultad se convierte en una amenaza.

Cada silencio genera preocupación.

Cada cambio despierta incertidumbre.

Qué pesado resulta caminar así.

El alma termina agotada antes de comenzar la jornada.

Dios no quiere esa esclavitud para Sus hijos.

Él nos invita a vivir el presente.

Porque solamente en el presente podemos amar.

Ayer ya pasó.

Mañana todavía no llegó.

El único lugar donde podemos encontrar al Señor es este instante.

Aquí.

Ahora.

En esta respiración.

En esta oración.

En esta oportunidad de hacer el bien.

Cuando el corazón aprende a vivir así, descubre una serenidad nueva.

No porque conozca el futuro.

Sino porque sabe quién sostiene el futuro.

Y esa certeza basta.

Hay un árbol que permanece firme durante las tormentas.

No porque el viento sea débil.

Sino porque sus raíces son profundas.

También nosotros atravesaremos tormentas.

Nadie está exento.

Pero una persona profundamente unida a Dios posee raíces capaces de sostenerla.

La oración fortalece esas raíces.

La confianza las hace crecer.

Los sacramentos las alimentan.

La Palabra de Dios las vuelve firmes.

Y cuando llegan los vientos de la vida, el corazón puede inclinarse.

Puede temblar.

Puede incluso llorar.

Pero no se rompe.

Porque está sostenido por el amor eterno del Padre.

El miedo también disminuye cuando recordamos cuántas veces Dios ya nos sostuvo.

Piensa por un momento.

¿Cuántas situaciones parecían imposibles hace algunos años?




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