Cuando la Vida te vuelve a llamar

Capítulo 23 La paz que nace cuando aprendemos a confiar plenamente

Existe un tesoro que el mundo entero busca.

Algunos creen encontrarlo acumulando riquezas.

Otros persiguen el éxito.

Muchos lo buscan en los aplausos.

Algunos intentan alcanzarlo mediante el poder.

Otros creen que llegará cuando desaparezcan todos sus problemas.

Sin embargo, pasan los años y descubren que ese tesoro continúa escapándose de sus manos.

Porque aquello que buscan no puede comprarse.

No puede imponerse.

No depende de las circunstancias.

Ese tesoro tiene un nombre.

La paz del corazón.

No hablamos de una paz superficial.

No es la ausencia de dificultades.

No es una vida donde nunca existan lágrimas.

No es un camino sin incertidumbres.

La paz que Dios ofrece es mucho más profunda.

Es la certeza de que, aun cuando el mundo parezca desmoronarse, existe una roca firme sobre la cual apoyar el alma.

Esa roca es Cristo.

Vivimos rodeados de ruido.

El ruido de las preocupaciones.

El ruido de las noticias.

El ruido de las comparaciones.

El ruido de las exigencias.

El ruido de las redes sociales.

El ruido de las opiniones ajenas.

Hay tanto ruido que muchas personas ya no recuerdan cómo suena el silencio.

Y cuando el corazón pierde el silencio, comienza lentamente a perder también la paz.

Porque Dios rara vez grita.

Él habla con la suavidad del viento.

Con la delicadeza de una oración.

Con la calma de una conciencia limpia.

Con el consuelo que llega mientras abrimos el Evangelio.

Con una inspiración que nace en medio del silencio.

Por eso el enemigo intenta llenar nuestra vida de distracciones.

Sabe que un corazón constantemente agitado encuentra dificultades para escuchar la voz del Padre.

Existe una escena que todos hemos vivido alguna vez.

Después de una tormenta muy intensa, llega un momento en que el viento se detiene.

Las nubes comienzan lentamente a abrirse.

El cielo recupera su color.

Los pájaros vuelven a cantar.

Todo parece respirar nuevamente.

También el alma necesita experimentar ese amanecer.

Y ese amanecer comienza cuando dejamos de intentar controlar aquello que solamente pertenece a Dios.

Gran parte de nuestras angustias nacen precisamente allí.

Queremos resolverlo todo.

Entenderlo todo.

Preverlo todo.

Evitar cualquier dificultad.

Pero la vida nunca podrá ser completamente controlada.

Y cuanto más intentamos hacerlo, más aumenta nuestra ansiedad.

Confiar significa aceptar que somos limitados.

Y reconocer que Dios no lo es.

Qué inmensa libertad aparece cuando comprendemos esta verdad.

No tenemos que sostener el universo.

No tenemos que cargar solos el peso del mañana.

No tenemos que resolver cada interrogante de la existencia.

Existe un Padre que ya está obrando incluso allí donde nosotros todavía no vemos ninguna salida.

Jesús repetía constantemente a Sus discípulos:

“No tengan miedo.”

No era una simple frase de consuelo.

Era una invitación a vivir desde una certeza distinta.

Quien sabe que Dios está presente deja de interpretar cada dificultad como una amenaza definitiva.

Comienza a verla como una oportunidad para crecer en la fe.

No porque el sufrimiento sea agradable.

Sino porque sabe que ninguna prueba tiene más fuerza que el amor del Padre.

Hay personas que viven con el corazón permanentemente acelerado.

Se preocupan por aquello que ocurrió ayer.

Se angustian por lo que podría suceder mañana.

Y sin darse cuenta dejan escapar el único momento donde realmente pueden vivir.

El presente.

Dios siempre habita el presente.

No puede amarse mañana.

Se ama hoy.

No puede perdonarse ayer.

Se perdona hoy.

No puede confiarse en un futuro imaginario.

Se confía hoy.

Cada jornada contiene la gracia suficiente para ser vivida.

No necesitamos la fuerza de toda una vida.

Solo la de este día.

Y Dios jamás deja sin ayuda a quien busca caminar junto a Él.

Existe una antigua lámpara de aceite.

Su pequeña llama apenas ilumina unos pocos pasos delante del caminante.

No muestra todo el camino.

No revela el destino final.

Pero basta para dar el siguiente paso.

Y luego otro.

Así funciona la fe.

No siempre responde todas nuestras preguntas.

Pero siempre ofrece la luz necesaria para continuar avanzando.

Muchas veces queremos conocer todo el futuro antes de obedecer a Dios.

Él, en cambio, nos invita primero a caminar.

Las respuestas suelen aparecer durante el camino.

No antes.

La confianza madura precisamente cuando seguimos adelante aun sin comprender completamente el plan.

Hay una diferencia inmensa entre preocuparse y ocuparse.

Preocuparse significa gastar energía imaginando problemas que quizá nunca lleguen.

Ocuparse significa hacer con amor aquello que hoy está en nuestras manos.

La preocupación roba la paz.

La responsabilidad la fortalece.

Dios nunca nos pidió controlar el futuro.

Nos pidió ser fieles en el presente.

Y esa fidelidad cotidiana construye una vida extraordinaria.

Cada pequeño acto realizado con amor posee un valor eterno.

Una oración.

Una sonrisa.

Un gesto de servicio.

Una palabra de esperanza.

Una decisión correcta tomada en silencio.

Nada de eso pasa desapercibido ante los ojos del Padre.

Todo forma parte del inmenso mosaico de nuestra transformación.

Hay personas que llevan años buscando la paz en lugares equivocados.

Cambian de trabajo.

Cambian de ciudad.

Cambian de amistades.

Cambian de proyectos.

Pensando que el problema siempre está afuera.

Pero descubren que la inquietud continúa acompañándolas.




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