Cuando la Vida te vuelve a llamar

Capítulo 25 La fuerza de volver a empezar

Hay palabras que poseen el poder de cambiar una vida.

No porque sean extraordinarias.

Sino porque llegan en el momento exacto.

Una de ellas es esta:

“Comienza.”

No mañana.

No cuando desaparezcan todos los problemas.

No cuando te sientas completamente preparado.

No cuando tengas todas las respuestas.

Comienza hoy.

Porque uno de los mayores engaños que puede experimentar el ser humano es creer que necesita que todo sea perfecto para dar el primer paso.

Y la vida nunca ha funcionado así.

Los grandes cambios siempre comienzan en medio de la incertidumbre.

Con manos temblorosas.

Con preguntas sin responder.

Con miedo.

Pero también con esperanza.

Muchos corazones viven prisioneros de un solo pensamiento:

“Ya es demasiado tarde.”

Lo dicen quienes sienten que desperdiciaron años.

Lo dicen quienes tomaron malas decisiones.

Lo dicen quienes vieron derrumbarse proyectos que amaban profundamente.

Lo dicen quienes todavía cargan el peso de antiguos errores.

Pero Dios jamás pronuncia esas palabras.

Nunca dice que es demasiado tarde para volver a empezar.

Mientras exista vida, existe esperanza.

Mientras el corazón siga latiendo, la gracia continúa obrando.

Mientras puedas elevar una oración, el cielo permanece abierto.

Esa es una de las verdades más hermosas del Evangelio.

Nuestro Dios no es el Dios de los finales.

Es el Dios de los nuevos comienzos.

Observa la naturaleza.

Después del invierno llega la primavera.

Después de la noche aparece el amanecer.

Después de la lluvia vuelve a salir el sol.

Después de la semilla enterrada nace una nueva planta.

Toda la creación parece repetir una misma enseñanza:

La vida siempre encuentra un camino para renacer.

También tu alma.

Quizá hoy sientas que algunas partes de tu corazón quedaron marchitas.

Tal vez haya sueños que nunca se cumplieron.

Personas que ya no están.

Oportunidades que parecían irrepetibles.

No niegues ese dolor.

Entrégaselo al Señor.

Porque Dios no necesita que ocultes tus heridas.

Necesita que se las confíes.

Solo aquello que ponemos en Sus manos puede ser verdaderamente transformado.

Jesús nunca rechazó a quien deseaba comenzar de nuevo.

Recibió al pecador.

Levantó al caído.

Abrazó al rechazado.

Escuchó al que todos ignoraban.

Perdonó al que había perdido la esperanza.

Cada encuentro con Él era una oportunidad para escribir una página nueva.

No porque el pasado desapareciera.

Sino porque el amor era más grande que ese pasado.

Y sigue siéndolo hoy.

Hay personas que creen que Dios ama solamente a quienes nunca se equivocan.

Nada más lejos de la verdad.

Dios ama con especial ternura a quien reconoce su fragilidad y decide levantarse una vez más.

La santidad no consiste en no caer jamás.

Consiste en no dejar de volver al Padre.

Pedro cayó.

Negó a Jesús.

Lloró profundamente.

Sin embargo, Cristo no escribió el final de su historia con aquella caída.

Escribió un nuevo comienzo.

Porque donde el ser humano contempla un fracaso, Dios puede descubrir el inicio de una misión.

También tú puedes estar viviendo un capítulo difícil.

Pero no confundas un capítulo con el libro entero.

Todavía quedan muchas páginas por escribir.

Y el Autor de tu vida continúa sosteniendo la pluma.

Existe una antigua tradición entre quienes trabajan la tierra.

Cuando una tormenta destruye parte de la cosecha, el agricultor no abandona el campo.

Limpia la tierra.

Vuelve a sembrar.

Confía nuevamente.

Porque sabe que una mala temporada no determina toda la historia del cultivo.

También nosotros debemos aprender esa sabiduría.

No permitir que una derrota defina toda nuestra existencia.

Las derrotas enseñan.

Las pérdidas fortalecen.

Las pruebas purifican.

Y cuando son vividas junto a Dios, terminan convirtiéndose en una fuente inesperada de crecimiento.

Muchas veces pensamos que volver a empezar significa regresar al lugar donde todo comenzó.

Pero no es así.

Nunca volvemos siendo los mismos.

Regresamos con más experiencia.

Con mayor humildad.

Con heridas que nos hicieron más compasivos.

Con lágrimas que nos enseñaron a comprender mejor el dolor ajeno.

Con una fe que ya no depende únicamente de las emociones.

Eso cambia completamente la manera de caminar.

El segundo comienzo suele ser más sabio que el primero.

Porque ahora conocemos el valor de aquello que antes dábamos por sentado.

Hay una palabra que Dios pronuncia constantemente sobre nuestra vida.

“No temas.”

No porque el camino sea sencillo.

Sino porque Él promete recorrerlo junto a nosotros.

Qué diferencia tan grande existe entre caminar solo y caminar acompañado por Cristo.

Las mismas dificultades continúan existiendo.

Pero el corazón ya no carga el mismo peso.

Porque sabe que no depende únicamente de sus propias fuerzas.

Existe una fuente inagotable de gracia.

Y esa fuente jamás se seca.

Cada vez que rezas.

Cada vez que participas de los sacramentos.

Cada vez que eliges el bien.

Cada vez que perdonas.

Cada vez que vuelves a confiar.

Esa fuente vuelve a llenar tu alma.

Hay personas que permanecen detenidas por miedo a equivocarse nuevamente.

Prefieren no intentar.

No amar.

No servir.

No soñar.

Creen que así evitarán sufrir.

Pero también renuncian a vivir plenamente.

El Evangelio nunca propone una vida encerrada en el miedo.

Propone una vida abierta al amor.

Y amar siempre implica correr algún riesgo.




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