Cuando la Vida te vuelve a llamar

Capítulo 27 Convertirse en un reflejo del amor de Dios

Existe un momento en el camino espiritual en el que la pregunta deja de ser:

“Señor, ¿qué puedes hacer por mí?”

Y comienza a transformarse lentamente en otra mucho más profunda:

“Señor, ¿qué puedes hacer a través de mí?”

Ese cambio parece pequeño.

Pero en realidad marca el nacimiento de una nueva manera de vivir.

Hasta ese momento, el alma ha aprendido a sanar.

Ha descubierto el valor del perdón.

Ha comprendido la fuerza de la gratitud.

Ha recuperado la esperanza.

Ha aprendido a confiar.

Ha comenzado a levantarse después de cada caída.

Ahora Dios la invita a dar un paso más.

Salir de sí misma.

Porque una fe que solo permanece dentro del corazón termina debilitándose.

Una fe compartida se fortalece.

Un amor entregado crece.

Una esperanza ofrecida se multiplica.

Así actúa el Reino de Dios.

Nunca permanece inmóvil.

Siempre se expande.

Siempre alcanza a otros.

Siempre encuentra un nuevo corazón donde sembrar vida.

Durante mucho tiempo quizá pensaste que Dios solamente llamaba a personas extraordinarias.

A grandes predicadores.

A misioneros.

A santos conocidos.

A personas capaces de realizar obras admirables.

Sin embargo, el Evangelio muestra otra realidad.

Cristo comenzó cambiando el mundo con personas sencillas.

Pescadores.

Trabajadores.

Hombres y mujeres con temores.

Con dudas.

Con heridas.

Con una historia parecida a la nuestra.

No los eligió porque fueran perfectos.

Los eligió porque estaban dispuestos a dejarse transformar.

Esa sigue siendo la única condición.

Dios no busca perfección.

Busca disponibilidad.

Hay una vela encendida en una habitación oscura.

Mientras permanece sola, ilumina un espacio pequeño.

Pero cuando esa llama enciende otra vela, no pierde su propia luz.

Al contrario.

La claridad aumenta.

Y si esa segunda vela enciende una tercera, y luego una cuarta, muy pronto toda la habitación queda iluminada.

Así ocurre con el amor.

Nunca disminuye cuando se comparte.

Siempre crece.

Siempre se multiplica.

Cada palabra de aliento puede convertirse en una chispa.

Cada gesto de misericordia puede iniciar una transformación que jamás llegaremos a conocer completamente.

Nunca sabemos cuánto bien puede producir una simple sonrisa ofrecida a quien estaba perdiendo la esperanza.

Tal vez una conversación de pocos minutos cambie una vida.

Quizá una oración hecha en silencio sostenga a alguien que está atravesando la noche más difícil de su existencia.

Dios trabaja muchas veces a través de gestos que el mundo considera insignificantes.

Por eso no subestimes jamás la fuerza de la bondad cotidiana.

Vivimos en una sociedad donde muchas personas desean ser importantes.

Ser reconocidas.

Ser admiradas.

Ser recordadas.

Pero Jesús enseñó un camino completamente diferente.

Quien quiera ser grande, que aprenda primero a servir.

Qué revolucionaria resulta esta enseñanza.

Porque cambia el centro de nuestra existencia.

Ya no vivimos preguntándonos qué podemos recibir.

Comenzamos a descubrir la alegría de ofrecer.

Y cuanto más damos desde el amor, más comprendemos que el verdadero tesoro nunca estuvo en acumular, sino en compartir.

Existe un árbol que da sombra durante toda su vida.

Jamás pregunta quién descansará bajo sus ramas.

No exige reconocimiento.

No selecciona a quienes pueden acercarse.

Simplemente ofrece.

Así también el corazón que ha sido transformado por Cristo.

Aprende a amar sin calcular.

A servir sin esperar aplausos.

A perdonar sin llevar cuentas.

A sembrar el bien incluso cuando nadie parece notarlo.

Porque ha descubierto que Dios sí lo ve.

Y eso basta.

Hay personas que creen no tener nada para ofrecer.

Dicen:

“No soy suficientemente sabio.”

“No tengo dinero.”

“No poseo grandes talentos.”

Pero olvidan algo esencial.

El mayor regalo que puedes entregar al mundo es un corazón lleno de Dios.

Una persona que escucha con paciencia.

Que acompaña sin juzgar.

Que ofrece esperanza.

Que transmite paz.

Que sabe guardar silencio cuando el otro necesita llorar.

Ese tipo de presencia vale más que muchos discursos.

Jesús pasaba tiempo con las personas.

Las miraba.

Las escuchaba.

Las llamaba por su nombre.

Las hacía sentir valiosas.

Hoy también el mundo necesita esa clase de amor.

Vivimos rodeados de tecnología que acerca pantallas, pero muchas veces aleja corazones.

Hay miles de mensajes.

Pero poca escucha verdadera.

Muchas palabras.

Pero poco encuentro.

Mucha información.

Pero escasa compasión.

Quizá Dios te esté llamando precisamente a llenar ese vacío.

No con grandes obras.

Sino con pequeños actos realizados con inmenso amor.

Existe una lluvia suave que cae sobre un campo seco.

Cada gota parece insignificante.

Sin embargo, al cabo de algunos días, la tierra comienza a cambiar.

Aparecen brotes.

Luego flores.

Después frutos.

También el bien actúa así.

No siempre vemos resultados inmediatos.

Pero cada acto de amor deja una huella.

Cada palabra de esperanza alimenta un corazón.

Cada oración sostiene una historia.

Nada de lo realizado por amor se pierde jamás.

Hay una misión que todos compartimos.

Ser reflejos de Cristo.

No copias perfectas.

Eso sería imposible.

Sino espejos que permitan a otros descubrir un poco de Su ternura.

Su paciencia.

Su misericordia.

Su alegría.

Su paz.

Quizá alguien nunca abra una Biblia.




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