Cuando la Vida te vuelve a llamar

Capítulo 28 Aprender a ver los milagros de cada día

Cuando escuchamos la palabra milagro, casi siempre pensamos en acontecimientos extraordinarios.

Imaginamos situaciones imposibles que cambian de un instante a otro.

Enfermedades que desaparecen.

Puertas que se abren inesperadamente.

Tormentas que cesan de golpe.

Y es cierto.

Dios puede realizar todo eso.

Nada es imposible para Él.

Pero existe una clase de milagros mucho más silenciosa.

Más discreta.

Más constante.

Y, paradójicamente, muchas veces más transformadora.

Son los milagros cotidianos.

Aquellos que ocurren sin hacer ruido.

Los que pasan desapercibidos para quien vive con prisa.

Los que solamente descubre un corazón agradecido.

Cada mañana en que despiertas y puedes respirar profundamente ya existe un milagro.

Cada abrazo sincero.

Cada palabra de consuelo.

Cada lágrima que deja de caer porque alguien decidió escuchar.

Cada reconciliación.

Cada niño que sonríe.

Cada anciano que encuentra compañía.

Cada persona que recupera la esperanza cuando estaba a punto de rendirse.

Todo eso también son milagros.

Porque el mayor milagro no siempre consiste en cambiar las circunstancias.

Muchas veces consiste en cambiar el corazón.

Y cuando un corazón cambia, comienza a transformar todo lo que toca.

Vivimos acostumbrándonos demasiado rápido a los regalos de Dios.

Nos acostumbramos al amanecer.

Al canto de los pájaros.

Al aire que respiramos.

A las personas que nos aman.

Al alimento sobre la mesa.

A la posibilidad de caminar.

De pensar.

De aprender.

De rezar.

Solo cuando alguna de esas cosas falta comprendemos el inmenso valor que tenía.

Por eso la gratitud es una de las formas más profundas de sabiduría.

El corazón agradecido aprende a descubrir la presencia de Dios donde otros solamente ven rutina.

Existe una antigua historia sobre un peregrino que caminaba todos los días por el mismo sendero.

Al principio admiraba cada flor, cada árbol y cada amanecer.

Con el paso del tiempo dejó de mirar.

Todo le parecía igual.

Un día perdió temporalmente la vista.

Durante semanas solo pudo recordar aquellos paisajes.

Cuando finalmente recuperó la visión, volvió a llorar frente a la belleza que antes ignoraba.

Nada había cambiado.

Había cambiado su manera de mirar.

También nuestra vida necesita recuperar esa mirada.

La mirada del asombro.

La mirada que descubre a Dios escondido en las cosas sencillas.

Jesús vivía contemplando esos pequeños signos.

Hablaba del trigo.

De los lirios del campo.

De las aves del cielo.

Del sembrador.

De la levadura.

Del pastor.

Encontraba en lo cotidiano una oportunidad para revelar el amor del Padre.

Eso significa que Dios no habita únicamente en los grandes acontecimientos.

También camina entre nuestras tareas diarias.

En el trabajo realizado con honestidad.

En la comida compartida.

En una conversación llena de respeto.

En el silencio de la oración.

En una sonrisa ofrecida sin esperar recompensa.

Cada momento puede convertirse en un encuentro con Él.

Hay personas que pasan la vida esperando el gran milagro.

Mientras tanto, dejan escapar cientos de pequeños milagros que Dios coloca delante de sus ojos.

Esperan una respuesta extraordinaria.

Pero no agradecen las pequeñas respuestas que reciben cada jornada.

Y el corazón que deja de agradecer termina creyendo que todo le falta.

En cambio, quien aprende a agradecer descubre que ya ha recibido muchísimo más de lo que imaginaba.

La gratitud no elimina los problemas.

Pero cambia completamente la forma de enfrentarlos.

Porque nos recuerda que Dios ha sido fiel muchas veces antes.

Y quien fue fiel ayer también lo será mañana.

Existe una semilla diminuta que permanece escondida bajo la tierra.

Durante mucho tiempo parece que no sucede nada.

Sin embargo, debajo de la superficie ocurre un trabajo silencioso.

Las raíces comienzan a crecer.

La vida empieza a abrirse camino.

Después aparece un pequeño brote.

Más tarde un árbol.

Finalmente llegan los frutos.

También los milagros de Dios suelen comenzar así.

Primero dentro del corazón.

Después se reflejan lentamente en la vida.

No te desesperes si todavía no ves grandes cambios.

Quizá el Señor ya esté obrando en lo más profundo de tu alma.

Hay transformaciones que necesitan tiempo para florecer.

Y el tiempo de Dios siempre produce frutos más sólidos que nuestra impaciencia.

Una de las mayores señales de madurez espiritual consiste en dejar de preguntar continuamente:

“¿Dónde está Dios?”

Y comenzar a preguntarnos:

“¿Dónde no está Dios?”

Porque cuando abrimos verdaderamente los ojos de la fe, descubrimos Su presencia en todas partes.

En quien nos ayuda.

En quien necesita nuestra ayuda.

En la belleza de la creación.

En el perdón recibido.

En el silencio de una iglesia.

En la paz que sentimos después de una buena confesión.

En la fuerza inesperada que aparece cuando pensábamos que ya no podíamos continuar.

Todo habla de Él.

Todo conduce hacia Él.

Todo refleja Su inmenso amor.

Hay momentos donde los milagros no consisten en recibir aquello que pedíamos.

Sino en descubrir que Dios tenía preparado algo mejor.

Cuántas veces una puerta cerrada evitó un sufrimiento mayor.

Cuántas veces una espera fortaleció nuestro carácter.

Cuántas veces una pérdida nos acercó más profundamente al Señor.

Con el paso de los años comprendemos que muchas de las aparentes demoras de Dios eran, en realidad, expresiones de Su infinita sabiduría.




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