Cuando la Vida te vuelve a llamar

Capítulo 30 Cuando descubres que Dios nunca dejó de caminar contigo

Hay una verdad que muchas veces solo comprendemos después de atravesar largas temporadas de la vida.

Mientras caminábamos creyendo que estábamos solos, alguien avanzaba silenciosamente a nuestro lado.

No siempre lo vimos.

No siempre lo sentimos.

En ocasiones incluso pensamos que nos había abandonado.

Pero nunca fue así.

Dios jamás se aleja de Sus hijos.

Somos nosotros quienes, muchas veces, dejamos de reconocer Su presencia.

Hay momentos en que el dolor parece levantar un muro entre el cielo y la tierra.

La oración parece no encontrar respuesta.

Las lágrimas parecen caer sobre un silencio interminable.

Las preguntas se multiplican.

Las fuerzas disminuyen.

Y el corazón comienza a preguntarse:

“Señor, ¿dónde estás?”

Es una pregunta profundamente humana.

Muchos hombres y mujeres de fe la pronunciaron antes que nosotros.

No nace de la falta de amor.

Nace del deseo inmenso de volver a sentir la cercanía de Dios.

Y el Padre comprende ese clamor mejor que nadie.

Porque conoce cada rincón de nuestra alma.

Él sabe que existen noches donde la fe no se sostiene por las emociones.

Se sostiene únicamente por la confianza.

Y esa confianza, aunque parezca pequeña como una semilla, posee una fuerza capaz de mover montañas invisibles.

Con el paso de los años descubrirás algo sorprendente.

Las etapas donde más creciste espiritualmente quizá fueron precisamente aquellas donde menos comprendías lo que estaba ocurriendo.

No porque el sufrimiento sea bueno en sí mismo.

Sino porque Dios supo transformar ese sufrimiento en una escuela de amor.

Las heridas comenzaron a enseñarte compasión.

Las pérdidas despertaron gratitud.

Las esperas fortalecieron la paciencia.

Las incertidumbres hicieron más profunda tu oración.

Y poco a poco descubriste que Cristo no había venido únicamente para cambiar tus circunstancias.

Había venido para transformar tu corazón.

Existe una antigua costumbre de los peregrinos.

Después de recorrer un largo camino, suelen detenerse unos minutos antes de llegar a su destino.

Miran hacia atrás.

Observan las montañas atravesadas.

Los ríos cruzados.

Las noches difíciles.

Los amaneceres inesperados.

Y entonces comprenden que jamás habrían llegado hasta allí por sus propias fuerzas.

También nosotros necesitamos detenernos de vez en cuando para mirar nuestra historia.

¿Cuántas veces pensaste que no podrías continuar?

¿Cuántas noches creíste que el dolor sería eterno?

¿Cuántas veces imaginaste que ya no existía salida?

Y, sin embargo, aquí estás.

Respirando.

Aprendiendo.

Esperando.

Amando.

Eso no significa que nunca hayas sufrido.

Significa que Dios sostuvo tus pasos incluso cuando no podías verlo.

Muchas veces esperamos encontrar a Dios únicamente en los grandes milagros.

Pero Él suele revelarse en la sencillez.

En la persona que apareció justo cuando más la necesitabas.

En aquella llamada inesperada.

En un abrazo silencioso.

En una página del Evangelio abierta en el momento preciso.

En una confesión que devolvió paz al corazón.

En la Eucaristía recibida con lágrimas en los ojos.

En una fuerza interior que parecía imposible explicar.

Todo eso era Él.

Siempre fue Él.

Hay una escena del Evangelio que resume maravillosamente esta experiencia.

Dos discípulos caminaban desanimados después de la muerte de Jesús.

Creían que todo había terminado.

Mientras conversaban llenos de tristeza, Cristo resucitado comenzó a caminar junto a ellos.

Pero no lo reconocieron.

Escuchó sus penas.

Respondió sus preguntas.

Les devolvió esperanza.

Y solamente al partir el pan comprendieron quién había estado caminando con ellos desde el principio.

Cuántas veces sucede exactamente lo mismo en nuestra vida.

Solo mirando hacia atrás descubrimos que Dios jamás dejó de acompañarnos.

Él estaba allí cuando llorábamos.

Cuando dudábamos.

Cuando esperábamos.

Cuando volvíamos a levantarnos.

Siempre estuvo.

Hay personas que buscan señales extraordinarias para creer.

Sin embargo, la mayor señal ya ha sido dada.

Cristo entregó Su vida por nosotros.

No existe prueba de amor más grande.

Cada vez que dudes del amor de Dios, mira la cruz.

No para quedarte contemplando el sufrimiento.

Sino para descubrir cuánto vales para Él.

La cruz nunca fue una derrota.

Fue la demostración definitiva de que el amor puede vencer incluso aquello que parecía imposible.

También tu historia posee cruces.

Algunas visibles.

Otras escondidas.

Pero ninguna de ellas está vacía.

Cristo camina contigo cargando cada una.

Y cuando ya no puedes sostenerlas, Su gracia hace aquello que tus fuerzas no alcanzan.

No siempre elimina el peso.

Muchas veces fortalece los hombros.

Y esa fortaleza también es un milagro.

Existe una lámpara que permanece encendida durante toda la noche en una pequeña capilla.

Aunque nadie la mire.

Aunque todo permanezca en silencio.

Su luz continúa brillando.

Así es la presencia de Dios.

No depende de que la sintamos.

No desaparece cuando llegan las dudas.

No se extingue durante nuestras noches interiores.

Permanece.

Siempre.

Porque Su fidelidad nunca cambia.

Con frecuencia creemos que somos nosotros quienes buscamos a Dios.

Pero la realidad es mucho más hermosa.

Él nos buscó primero.

Desde antes de nuestro nacimiento.

Desde el primer latido de nuestro corazón.

Desde el instante en que pronunció nuestro nombre en la eternidad.

Toda nuestra vida ha sido una respuesta a esa búsqueda amorosa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.